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Democracia en América Latina: ¿por qué “no nos representan”? | | 01.07.2021

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“No nos representan”: en pleno ciclo electoral en América Latina, este lema ha llenado plazas y calles en diversos puntos candentes, desde el norte hasta el sur del continente. Mujeres, estudiantes, indígenas, población rural, minorías, opositores. ¿Por qué, aún habiendo elecciones, la gente siente que los políticos en actividad no la representa?

Los análisis puntuales no faltan, tratando de explicar los fenómenos recientes: desde el ascenso de personalismos caudillistas, como en Brasil o El Salvador, hasta las olas de protestas en 2019, en Chile, Ecuador, México, Bolivia, Perú, Haití y Colombia, y ya antes, en 2018, también en Nicaragua. 

“La cuestión de la representación política es uno de los grandes retos de esta década en América Latina. No es algo nuevo”, dice a DW Leticia Ruiz Rodríguez, politóloga de la Universidad Complutense de Madrid. “Tiene diferentes manifestaciones: bajos niveles de confianza y baja identificación con los partidos, volatilidad elevada, es decir, ciudadanos que de una elección a otra cambian de partido. También que muchos partidos se parecen entre sí y los ciudadanos no son capaces de distinguir sus programas. Y la espiral se agrava”, afirma Ruiz Rodríguez.

El colapso de los noventa

“El proceso de la crisis de representación viene desde la década de los 90. Empezó con el discurso de “que se vayan todos. Esta clase política no nos representa”. En Venezuela, Perú, Bolivia y Ecuador. En Argentina también, de otra manera”, dice a DW Flavia Freidenberg, coordinadora del Observatorio de Reformas Políticas de América Latina. Por esos años se detecta el colapso de los partidos tradicionales que habían liderado las transiciones hacia la democracia.

“Y por colapso se entiende que no alcanzaron el 50% en la siguiente elección”, puntualiza Freidenberg, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México(UNAM). En ese terreno abonado, ascendieron en los países andinos líderes personalistas. “Usaron la democracia para acceder al poder, pero, una vez allí, no respetaron el Estado de derecho, entendiendo las urnas como un cheque en blanco”, agrega.

La representación, ¿qué es?

Muchas de esas elecciones fueron avaladas internacionalmente, también por la Unión Europea. De la revisión de sus informes se puede concluir, en líneas generales, que, por ejemplo, la participación electoral ha mejorado (El Salvador); que mejoró el acceso de poblaciones rurales a los comicios (Perú, Uruguay, Bolivia). También posibilitando el voto en el extranjero se han dado grandes pasos en cuanto a la representatividad de los resultados. Y la presencia femenina en las listas electorales se ha incrementado.

México, elecciones intermedias, junio 2021

¿Ha mejorado la representatividad? “Para la ciencia política, esas son democracias procedimentales. Son representativas en el sentido de que hay elecciones, estas permiten la competencia más o menos equitativa, y la gente va y vota, y alguien gana el período que sea. Eso en teoría política significa representación, sí”, explica Freidenberg.

Según Ruiz Rodríguez, en las quejas por falta de representación que se han agravado en los últimos tiempos hay tres factores: “Los ciudadanos perciben falta de sensibilidad por parte de los que ocupan el poder hacia los temas que les preocupan. El mal desempeño económico de algunos gobiernos que no consiguen disminuir la desigualdad, unido a la corrupción, erosiona el pacto entre representantes y representados y genera polarización con ciudadanos desafectos. Y en tercer lugar, hay partidos sin ideas, pero también ideas sin partidos: ahí las demandas de colectivos desfavorecidos, mujeres que sufren discriminación, de jóvenes que no ven futuro”.

Representación o cheque en blanco

Con todo, en este momento hay un 30% más de mujeres en los congresos que en 1990. “Es verdad, en Bolivia y México hay congresos paritarios en este momento”, señala la especialista. Sin olvidar, que aún siendo una promesa, de la Asamblea Constituyente chilena se espera -con su representación de minorías y su paridad de género- un cambio fundamental y un precedente para la región.

Entonces,¿dónde radica el problema? Freidenberg, autora de varios libros sobre partidos políticos en América Latina, afirma: “En el ejercicio del poder, la democracia necesita república”. Es decir, instituciones, Estado de derecho, división de poderes.

Guatemala, manifestaciones del ocho de marzo de 2021

Guatemala, manifestaciones del ocho de marzo de 2021

Pero, por otro lado, “hay una dimensión formal. Los países pueden contar con constituciones hermosas, republicanas, democráticas, llenas de derechos que en la práctica no se ven: derecho a vivir libremente y sin violencias, por ejemplo, y en México hay once feminicidios al día. Derecho a tener salud, y tienes que pagarte un servicio privado porque el Estado no te garantiza los servicios médicos. Derecho a moverte libremente, y no puedes entrar a determinados territorios, porque hay grupos que los controlan”, sigue Freidenberg, exdirectora del Instituto Universitario de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca.

Es decir, básicamente, se podría decir que en muchos países latinoamericanos, como en Colombia, a la gente la democracia no le ha dado los resultados de bienestar esperados. Y en el agotamiento por los problemas que los partidos tradicionales no pudieron o no quisieron resolver, los pueblos eligen a “líderes salvadores”. Es decir, en las urnas, “la gente legitima el ejercicio no democrático del poder”, puntualiza Freidenberg. 

¿Un círculo vicioso?

No obstante, el círculo se cierra. “Si bien Chile y Colombia son diferentes -el uno, por el conflicto armado,y el otro, por los dos bloques que aglutinan muchos partidos-, la gente sale a decir lo mismo que dijo hace 15 años: agotamiento de partidos cáscara, de fórmulas elitistas, poco participativas, de élites rapaces que no entienden la necesidad de distribuir recursos y bienestar”, subraya Freidenberg.

Como fuere, con gobiernos elegidos democráticamente, que la gente salga a las calles con el lema de que no los representan, ¿cómo se ve desde la ciencia política?

Freidenberg responde: “Tanto la calle como las urnas son formas de participación. Y hay que resaltar que no es fácil que la gente se anime a salir a la calle. Cuando eso ocurre, más que estigmatizar, habría que pensar en lo mal que estamos funcionando, pues no podemos canalizar la diferencias por vías pacíficas. No pueden ser las balas la respuesta a la demanda de que la gente no se siente representada”.

(cp)

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