Marrero asegura que Cuba ofrecerá un entorno “más atractivo”

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La Habana/La clausura de la 41 Feria Internacional de La Habana (Fihav 2025) dejó este viernes discursos cargados de promesas, apelaciones a la confianza del capital foráneo y una retórica de modernización que contrasta con los discretos resultados alcanzados por el evento. Pese a las expectativas generadas durante la semana, el balance concreto se redujo a tres acuerdos de inversión extranjera directa, un número modesto para una feria que La Habana presenta como su principal vitrina económica.

El encargado de cerrar la cita fue el primer ministro Manuel Marrero Cruz, quien volvió a insistir en que el país “se transforma aceleradamente” para ofrecer un entorno “más competitivo, atractivo, moderno y ágil” a los inversionistas. La frase, repetida varias veces con ligeras variaciones, sonó más como un ejercicio de autosugestión que como un diagnóstico real. Los empresarios internacionales enfrentan en Cuba un entramado regulatorio todavía rígido, así como demoras burocráticas crónicas, un sistema financiero asfixiado y una dualidad cambiaria que sigue sin resolverse.

Pese a ello, Marrero aseguró que la edición de este año se celebró en un “momento particularmente favorable”, aludiendo a un grupo de decisiones económicas anunciadas por el Gobierno en los últimos días. Aunque no especificó cuáles de esas medidas marcarían un antes y un después, prometió que abrirán “un horizonte real de oportunidades”, agilizarán la evaluación de proyectos y ampliarán “los espacios para el capital foráneo”. No es la primera vez que La Habana promete sacudidas normativas que finalmente se diluyen en decretos poco claros o que llegan tarde para revertir la crisis estructural. A cada paquete de medidas de apertura, le sigue de cerca otro de contramedidas, como el que, en los años 80, fue denominado “rectificación de errores y tendencias negativas”. 


Las cartas de intención siguen sin traducirse en inversiones tangibles año tras año

Durante el foro de inversiones se realizaron más de 30 encuentros con empresarios de ocho países, interesados en una docena de sectores. Pero, al final, solo tres negocios con capital extranjero fueron firmados: dos para producir alimentos y uno para luminarias. En un país con severa crisis alimentaria, desabastecimiento energético y un declive industrial sostenido, el número resulta insuficiente para sostener la narrativa triunfalista de las autoridades.

Además de esos tres proyectos, el Gobierno informó sobre 14 cartas de intención y varios memorandos y contratos comerciales en áreas como agricultura, servicios médicos, comunicaciones e industria. Pero las cartas de intención –una figura que en Cuba se presenta como avance, aunque no implique compromiso real– siguen sin traducirse en inversiones tangibles año tras año.

El jefe de Gobierno dijo haber ordenado a sus ministros actualizar “a la mayor brevedad” el marco regulatorio vigente y simplificar los procedimientos, con el fin de crear un “ecosistema más ágil, más transparente y con mayores garantías”. Añadió que “hacer negocios en Cuba será cada vez más sencillo, más rápido y más seguro”, una afirmación que contrasta con la experiencia reciente de muchos empresarios extranjeros, varios de los cuales han abandonado la Isla en los últimos años por impagos, trabas o imposibilidad de repatriar ganancias.

Aunque el primer ministro prometió más medidas antes de que termine 2025 y adelantó que se flexibilizarán reglas en sectores estratégicos –desde la producción industrial hasta la energía, el turismo y la tecnología–, la feria cerró con abundancia de anuncios y escasez de resultados. Según los datos oficiales, la cartera de oportunidades actualizada suma 426 proyectos en 13 sectores, distribuidos en todas las provincias del país. Sin embargo, el volumen de inversiones efectivamente materializadas no refleja esa supuesta riqueza de opciones.


Marrero apeló a “cambiar todo lo que deba ser cambiado”, un mantra heredado de Fidel Castro e invocado con frecuencia cuando se necesita parecer reformista

La Cámara de Comercio de Cuba, por su parte, anunció la firma de tres acuerdos con instituciones de otros países, un movimiento diplomático que, aunque relevante, dista de significar un flujo inmediato de capital.

Pese al modesto balance, Marrero intentó transmitir entusiasmo. “Estamos convencidos de que vamos por la ruta correcta”, dijo, dibujando un país que “crece con la inversión extranjera” y que se inserta en cadenas productivas globales. Los datos macroeconómicos narran otra historia: caída del PIB, inflación persistente, migración masiva de fuerza laboral y un tejido empresarial estatal incapaz de sostener niveles mínimos de eficiencia.

El primer ministro también llamó a los empresarios internacionales a mirar a Cuba “no solo como un mercado, sino como un socio estratégico de largo plazo”. La frase, repetida con insistencia en los últimos años, parece ignorar que muchos socios estratégicos han visto cómo sus negocios se hunden en deudas sin cobrar, retrasos, falta de insumos o una maraña de trámites burocráticos.

Como colofón, Marrero apeló a la voluntad política de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”, un mantra heredado de Fidel Castro e invocado con frecuencia cuando se necesita parecer reformista sin concretarlo. 

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