En la Ciudad de México, personas deportadas y migrantes reconstruyen su vida con trabajo, emprendimiento y comunidad, sin perder la esperanza.
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Escucha nuestro especial con la producción de José Luis Plascencia.
Natalia Matamoros
En camellones, banquetas y plazas de la Ciudad de México late una escena que pocos turistas captan: un circuito migrante urbano, integrado por deportados que ahora rehacen su vida y familias que llegaron con sueños de cruzar a Estados Unidos, pero que a raíz de la cancelación de los programas de asilo decidieron reconstruir su vida en México.
Algunos migrantes mexicanos que vivieron más de 15 años en Estados Unidos y que Donald Trump deportó como parte de su política antiinmigrante trabajan en diversos restaurantes y centros de llamadas bilingües en la colonia Tabacalera, cerca del Monumento a la Revolución.
Ese es el caso de Juan Hernández, quien vivía en Filadelfia desde hace doce años y trabajaba en el sector de la construcción. Sin embargo, durante un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), lo detuvieron y lo llevaron a una cárcel federal, donde permaneció ocho meses hasta que lo deportaron. Lo esposaron de pies y manos. No solo lo retornaron de forma involuntaria, sino que también fue separado de sus dos hijos y de su esposa.
Con la ayuda de una prima se instaló en la CDMX. La adaptación no ha sido fácil, pero pudo rentar en un modesto apartamento y trabajar en un centro de atención de llamadas bilingüe, donde pone a prueba los conocimientos del inglés adquiridos en EU. Mientras comienza de nuevo en estas tierras, no pierde la esperanza de reencontrarse con los suyos, a quienes dejó del otro lado.
Lo más que me duele son mis hijos, aún me sigue doliendo. Está difícil, pero ya estoy aquí. Aquí no me están discriminando, aquí soy ciudadano mexicano, soy repatriado pues y aún así está difícil. Fue un impacto bien duro, pero la vida no acaba ahí, la vida sigue.
Foto: Natalia Matamoros
Emprendimiento migrante
Un poco más arriba, en el centro, a un lado del Palacio de Bellas Artes, se ubican decenas de puestos de comida instalados por migrantes de diversas nacionalidades, quienes se quedaron esperando la cita por la plataforma CBP One y después del 20 de enero no pudieron cruzar de forma regular a los Estados Unidos.
Entre ese grupo se encuentra César Larios, nicaragüense, quien junto con su esposa venezolana no se quedó de brazos cruzados. Aprendió a hacer arepas y, con sus ahorros, instaló un puesto de venta de comida venezolana. Para él, regresar a su país no es una opción y en México ha encontrado apoyo y la oportunidad de poner en marcha su propio negocio.
“Surgieron muchas oportunidades, trabajamos aquí en la Alameda. Muchos mexicanos nos han dado el apoyo, nos han tratado bien y se nos dio poner el puesto de arepas venezolanas y gracias a Dios nos ha ido bien y decidimos quedarnos aquí a vivir. Ya queremos quedarnos aquí. Estamos tramitando los papeles con la COMAR. Aunque abran la frontera ya no nos queremos ir para allá”.
A pocos metros del puesto de César, se ubica un punto de venta de café turco, instalado por grupos de migrantes de ese país que huyeron por motivos económicos y sociales. A través de redes hacen una comunidad que ha crecido en la ciudad y no sólo está desplegada en el centro, sino también en Buenavista, Pino Suárez y la colonia Guerrero.
Así lo cuenta Bura, migrante turco.
“Los mexicanos saben de la cultura turca porque ven novelas turcas y les gusta el café y pensamos en esta idea e instalamos uno, dos, tres, cuatro. Tenemos 15 puestos todos migrantes porque todos necesitan dinero”.
Refugio y redes de apoyo
En la Colonia Vallejo, junto a las vías del tren, aún existen campamentos improvisados de madera y lona, donde hombres, mujeres y niños se han resistido a ser trasladados a albergues. La mayoría busca los mecanismos para regularizar su situación migratoria y permanecer en México.
Yasmely González, migrante venezolana, es una de las 150 personas de esa comunidad que está en trámites con la Comisión de Ayuda al Refugiado para obtener protección internacional. Quiere que su hija crezca aquí y ya logró inscribirla en un colegio. Mientras tanto, trabaja por su cuenta como manicurista; con lo que gana, ayuda a su familia y ahorra para rentar un local.
“Gracias a Dios me va bien. No soy millonaria, pero lo que gano me alcanza para sobrevivir y para cubrir los gastos básicos, lo que necesite. Les envío a mis hijos y nietos que están en Venezuela. Parte de lo que hago de trabajo es para enviar a Venezuela.”
En esa colonia también hay locales como barberías, papelerías y restaurantes que emplean a migrantes, no solo para ayudarlos, sino también para darle un enfoque multicultural a estos lugares. Silvia Mendoza ha visto pasar frente a su negocio decenas de caravanas migrantes y ha dado la oportunidad de trabajar a 12 extranjeros en su restaurante. Ella aprende de su gastronomía y, a cambio, ellos conocen la variedad de platillos que se preparan en México.
“Yo solo conocía comida típica mexicana y cuando llegaron todos ellos me di cuenta que no comían picante. Les dije yo te empleo y ustedes empiezan a hacer lo que a ustedes les guste, qué es lo que más comen ustedes y así fue cómo se empezó a vender esa comida y hoy la sigo vendiendo porque a muchos mexicanos les ha gustado. Yo la vendo a mexicanos y a los migrantes que se han quedado aquí a hacer su sueño mexicano”.
Otros grupos de migrantes encuentran su lugar en Iztapalapa. Mientras buscan estabilizarse, reciben refugio temporal en el albergue Arcángel San Rafael, donde se les brinda cobijo, orientación para conseguir trabajo y apoyo para regularizar su situación, según relata el padre Juan Luis Carbajal, director del centro
“En la Central de Abastos hay gente trabajando. Hay muchos de Haití, de Venezuela, de centroamérica, limpiando cebollas, descargando camotes y sandías. Ahora hay un grupo de ellos trabajando en la venta de árboles de Navidad. Entonces son expertos en sobrevivencia y ellos van buscando los lugares donde sobrevivir y encontrar algo de salario”.
Circuito migrante en México
Este circuito migrante urbano, tejido en las calles y negocios de la capital mexicana, refleja la complejidad de la movilidad humana en tiempos de políticas restrictivas.
Es un mapa de pérdidas, adaptaciones y sueños tenaces: una ciudad que, aunque no sea el destino soñado por muchos, emerge como refugio inesperado, donde la diversidad deja de ser solo un concepto para convertirse en vida que late, trabaja, aprende y comparte.
Foto: Natalia Matamoros
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