La Habana/En una vereda polvorienta de Kampala, Uganda, un joven asegura que hay algo que puede conectarlo con sus amigos aunque el Gobierno cierre la llave de internet: una aplicación que funciona sin datos móviles y sin wi-fi. Se llama Bitchat, fue creada por Jack Dorsey, cofundador de Twitter, y ha pasado de ser una herramienta casi desconocida a un salvavidas digital para muchas personas que viven bajo gobiernos que recurren cada vez más a los apagones de internet como respuesta ante crisis internas.
Lo que ocurre en Uganda también se parece a lo sucedido recientemente en Irán, donde las descargas de Bitchat se multiplicaron tras los cortes masivos de internet durante las protestas populares. Ambos casos plantean preguntas sobre la utilidad de la herramienta en países como Cuba. En la Isla, la navegación web también está marcada por altos costos, una infraestructura deteriorada y una censura recurrente.
A diferencia de aplicaciones como WhatsApp, que dependen de una conexión activa, Bitchat opera a través de una red de malla por Bluetooth. Si un móvil no tiene internet, puede enviar mensajes a otro cercano, que a su vez los retransmite a otro más, y así sucesivamente, hasta que el mensaje alcanza su destino. No hay inicio de sesión, no hay números de teléfono que puedan ser bloqueados por el Estado ni dependencia directa de proveedores de telefonía. Esta tecnología recuerda a las viejas radios comunitarias pero adaptadas al presente digital.
Ese mismo patrón de apagones para controlar información en momentos críticos para el régimen se repite en Cuba
En Uganda, esta herramienta se ha vuelto especialmente valiosa en la antesala de las elecciones que se disputaron este jueves. El Gobierno cortó el acceso web, puso límites a los servicios móviles y restringió la comunicación justo en los momentos en que la organización ciudadana era crucial para hacer un seguimiento de posibles fraudes. En ese país, Bitchat ha escalado rápidamente en los rankings de descargas, con miles de usuarios recurriendo a la app para intercambiar textos y voz, mientras las redes sociales han quedado silenciadas por las autoridades.
Un fenómeno similar se observó desde finales de diciembre en Irán, donde los apagones de internet durante las protestas sociales obligaron a los ciudadanos a buscar alternativas a las plataformas convencionales. Los reportes de varios investigadores de datos señalan que las descargas de Bitchat se triplicaron en la nación persa, según recoge la agencia Reuters, justo en los días en que el bloqueo de la navegación web se hacía más estricto.
Ese mismo patrón de apagones para controlar información en momentos críticos para el régimen se repite en Cuba.
El acceso a internet en la Isla ha sido desde su inicio un territorio de control político, pero también un servicio inestable y caro. En 2025, tras un aumento de las tarifas de navegación impuestas por Etecsa, la única empresa de telecomunicaciones del país, muchos cubanos vieron multiplicarse el costo de conectarse. El tarifazo implicó que el acceso a paquetes de datos pasara de ser una barrera económica moderada a un obstáculo serio para amplios sectores de la población.
Más allá de los costos, la infraestructura sigue siendo deficiente. Las torres de telecomunicaciones sufren cortes frecuentes; la señal se degrada con facilidad, y la experiencia de navegación suele interrumpirse, incluso sin intervención estatal directa. En jornadas clave, como el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, o inmediatamente después de las protestas masivas del 11 de julio de 2021, las autoridades implementaron cortes deliberados de internet que afectaron a activistas, periodistas independientes y ciudadanos comunes.
Técnicamente, Bitchat funciona bien en entornos donde los teléfonos pueden acercarse entre sí y formar pequeñas redes comunitarias
En esas jornadas, la comunicación digital se volvió intermitente o desapareció, complicando la transmisión de información y la coordinación de quienes buscaban compartir fotos, videos o simples mensajes para tranquilizar a sus familiares fuera de la Isla. En este contexto, la aparición de herramientas como Bitchat abre una esperanza. ¿Puede esta aplicación offline aliviar la limitación que sufren los cubanos ante la censura y la infraestructura deficiente?
La respuesta no es simple. Técnicamente, Bitchat funciona bien en entornos donde los teléfonos pueden acercarse entre sí y formar pequeñas redes comunitarias. En protestas callejeras, reuniones de barrio o pueblos pequeños, suficientemente densos para que los dispositivos retransmitan mensajes entre sí, su uso puede ser efectivo. Un estudiante en El Vedado podría enviar un texto a un amigo en la barriada de El Cerro si hay suficientes intermediarios. Un grupo de activistas lograría coordinar los puntos de un acuerdo sin depender de datos o wi-fi.
Pero la app tiene limitaciones claras: la distancia física sigue siendo un factor. La señal Bluetooth tiene un alcance de entre 10 y 100 metros, según la potencia de cada dispositivo. En zonas urbanas dispersas, como sucede en muchos barrios de la periferia de La Habana y de Santiago de Cuba, resultaría poco práctico sin una gran concentración de usuarios o sin una estrategia comunitaria deliberada de “nodos” que retransmitan los mensajes.
Aun así, el atractivo de Bitchat está en su simplicidad: no exige cuentas personales, no queda registrada fácilmente en servidores que puedan ser bloqueados, y su red descentralizada hace más difícil que un gobierno la interrumpa mediante mecanismos convencionales de censura de internet. Es, en esencia, resiliencia digital.
Quizás el valor real de Bitchat no esté en reemplazar las grandes redes globales, sino en reescribir el mapa de lo posible
Para muchos cubanos, sin embargo, los retos no están solo en poder intercambiar textos durante un apagón o un corte intencionado. Los grupos y relaciones ya establecidas en redes sociales como Facebook e Instagram, hacen a la mayor parte de la población muy dependiente de estas vías para comunicarse y poco dada a explorar otras opciones. En las comunidades de informáticos y gamers la búsqueda de caminos propios y menos concurridos es común, pero al activismo y al periodismo independiente le falta explorar de manera más efectiva y constante herramientas menos controladas.
Por otro lado, aunque Bitchat podría ser útil en momentos de desconexión total, no reemplaza las formas más conocidas para la transmisión de video y el reporte de protestas en vivo que exigen anchos de banda más amplios. “Poder mandar mensajes sin internet es mejor que nada”, dice un reportero desde La Habana, “pero para documentar abusos, grabar entrevistas o transmitir evidencia visual seguimos dependiendo de conexiones que a menudo no están disponibles”.
No obstante, los ejemplos de Uganda e Irán muestran que, donde las autoridades bloquean internet en respuesta a tensiones políticas, las redes por Bluetooth se vuelven parte de la respuesta ciudadana. En Cuba, con su combinación de costos prohibitivos, infraestructura frágil y censura táctica, herramientas como Bitchat podrían servir como complemento para mantener encendida la comunicación básica entre grupos de personas cercanas.
Quizás el valor real de Bitchat no esté en reemplazar las grandes redes globales, sino en reescribir el mapa de lo posible cuando los frágiles hilos del internet convencional se quiebran. Para una madre que quiere saber si su hijo está bien en Marianao cuando el internet se cae en toda La Habana, poder enviar un texto offline puede ser la diferencia entre una noche de ansiedad y una de alivio.
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