Holguín/Mientras Cuba presume de exportar el mejor tabaco del mundo, la mayoría de los fumadores locales han tenido que conformarse durante décadas con cigarrillos ásperos, rellenos con tallos y polvo desechable, a los que el ingenio popular bautizó hace tiempo como “partepechos”. Lo verdaderamente curioso y revelador es que una de las principales fábricas del país no solo parece dispuesta a seguir bajando la calidad de sus productos, sino que además se enorgullece públicamente de hacerlo.
Así lo reflejó el periódico holguinero ¡Ahora! en un artículo reciente que merece leerse como una pieza de humor involuntario. En la Empresa de Cigarros Lázaro Peña de esa provincia están decididos a “diversificar producciones y reducir costos”, una formulación que, traducida al lenguaje del fumador, equivale a hacer más cigarrillos con menos tabaco.
La nota explica sin filtros –los cigarrillos tampoco los tienen– que, bajo el paraguas de la “economía circular”, se incrementará el uso del polvo y de la vena central de la hoja, esos residuos que el propio texto admite que eran considerados como “desechos industriales”, pero que ahora resultan útiles porque “aportan peso y volumen”.
El texto sería leído como una broma si hubiese aparecido en las redes sociales. Pero en el medio oficial del Partido único, adquiere una connotación más inquietante. El cigarro deja de ser una experiencia sensorial para convertirse en un castigo obvio. Y la “innovación” consiste, básicamente, en oficializar lo que el fumador ya sospechaba cada vez que encontraba en su cajetilla fragmentos que parecían más adecuados para prender un fogón que para una calada.
La nota presume de reciclar el papel sobrante del proceso productivo para fabricar “material didáctico” destinado a la Casita Infantil Los Criollitos
Ya era habitual, sobre todo entre los fumadores de menos recursos, descubrir trozos de palos en los cigarrillos, auténticas astillas que en el contexto de los apagones casi podían reutilizarse como leña. La novedad ahora es que esa experiencia deja de ser un fallo vergonzante y pasa a presentarse como virtud productiva, como ejemplo de resiliencia empresarial. En los estanquillos de cada barrio, el cliente verá cómo la calidad se pierde en el humo incluso antes de encender la fosforera.
Todo esto ocurre en un país donde el tabaco forma parte de la cultura nacional desde mucho antes de que los barbudos se convirtieran en modelos oficiales de las marcas. Desde que Cristóbal Colón pisó estas tierras quedó perplejo ante unos taínos que se “bebían el humo” de unas “hojas secas”. Con el tiempo, el tabaco no solo se volvió oficio y comercio, sino que ayudó a financiar nuestras guerras independentistas. El propio José Martí, que escribió de casi todo en esta vida, conoció bien ese mundo y fue fumador ocasional, aunque evitó convertirse en propagandista del consumo.
En contraste con esa ética, los trabajadores y directivos de la empresa Lázaro Peña no parecen tener reparos en estirar su relato de “excelencia” hasta terrenos francamente incómodos. La nota presume de reciclar el papel sobrante del proceso productivo para fabricar “material didáctico” destinado a la Casita Infantil Los Criollitos. Y aquí el humor se vuelve más oscuro. Porque ponerle el nombre de una marca de cigarrillos a un local infantil ya es discutible; asociarlo, además, a una producción célebre por “romper pulmones”, roza la crueldad. Llamarla “Partepechos del futuro” hubiese sido una traducción más honesta del mensaje.
El problema no es solo la baja calidad del cigarro nacional, ni siquiera el elevado precio que tiene una cajetilla en el mercado informal, sino el triunfalismo con que se gestiona y se cuenta. Mientras el discurso oficial celebra premios, innovación y sostenibilidad, el fumador sigue encendiendo polvo prensado y tallos reciclados. Cuba exporta mito y fuma residuos. Y en esa contradicción, envuelta en humo y retórica, se resume buena parte del absurdo cotidiano.
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