La Habana/Una vez más, en un sábado marcado por el temor y la incertidumbre en la cúpula del poder cubano, Miguel Díaz-Canel vistió el traje verde olivo para colocarse al frente de unas maniobras militares que el régimen presenta como “ensayos de defensa nacional”. En los hechos, sin embargo, el despliegue parece responder menos a una estrategia creíble de seguridad que a una necesidad urgente de propaganda interna, en un momento de extrema fragilidad política.
La jornada del 24 de enero incluyó, según la información difundida por la prensa estatal, la observación de “ejercicios tácticos demostrativos” con tanques, prácticas de tiro con estudiantes universitarios y simulacros de combate, además de visitas a unidades de defensa antiaérea. El relato oficial insistió en vincular estas acciones con la “ofensiva hegemónica” de Estados Unidos, tras la operación militar del pasado 3 de enero en Venezuela, que terminó con la captura de Nicolás Maduro.
“La mejor manera de evitar una agresión es que el imperialismo tenga que calcular cuál sería el precio de agredir a nuestro país”, afirmó Díaz-Canel frente a las cámaras. Pero si aquella operación en Caracas dejó algo claro, fue la deficiencia del entramado militar cubano.
La rapidez con que fueron neutralizadas las fuerzas vinculadas a la protección de Maduro, la ausencia de una respuesta estratégica creíble y el saldo humano del operativo –con decenas de cubanos muertos en territorio extranjero– han tenido un impacto demoledor en la moral de quienes todavía creen en la solidez del aparato castrense de la Isla. Una cosa es la épica de cartón que repiten los propagandistas de la Mesa Redonda; otra muy distinta es lo que descubren los estrategas profesionales cuando analizan, sin consignas, lo ocurrido en Caracas. En términos militares, fue un desastre para Cuba.
La mayoría de los cubanos ni siquiera vio el noticiero
Las imágenes transmitidas en el Noticiero Estelar reforzaron esa impresión. Tanques levantando columnas de polvo, un helicóptero maniobrando sobre una maqueta fortificada y un soldado ondeando una bandera desde el techo de una construcción semiderruida componían una escena más cercana a una película bélica de bajo presupuesto que a un ejercicio moderno de defensa. Aun así, Díaz-Canel felicitó a los participantes por “el éxito” del entrenamiento, en un gesto que subrayó la distancia entre el discurso oficial y la percepción social.
En realidad, la mayoría de los cubanos ni siquiera vio el noticiero. Unos estaban sumidos en apagones programados; otros, simplemente, han dejado de prestar atención a mensajes que consideran irrelevantes para su vida cotidiana. Soldados camuflados con hierba seca, viejos oficiales observando con asombro infantil un dron de apariencia rudimentaria y milicianos instruyendo a civiles en el uso de fusiles obsoletos han servido más como materia prima para memes en redes sociales que como demostración de fuerza disuasoria.
El regreso constante de Díaz-Canel al uniforme verde olivo también reaviva una ambigüedad cuidadosamente administrada durante años. Cuando fue designado presidente en 2018, circularon perfiles biográficos que lo presentaban como teniente coronel retirado y ex combatiente internacionalista en Nicaragua. Con el tiempo, las biografías oficiales suavizaron ese perfil. Reconocían su estancia en Nicaragua entre 1987 y 1989, pero lo describen como “civil” y evitan detallar funciones, rango o encuadre militar. Si antes convenía borrar su huella castrense y venderlo como un dirigente tecnocrático y moderno, ahora el régimen vuelve a subrayar su imagen de “comandante”, en un intento de conferir autoridad marcial a un liderazgo cada vez más erosionado.
Más allá de la retórica belicista, la pregunta persiste: ¿qué significado real tiene este despliegue para la población cubana? ¿Y quién se siente verdaderamente amenazado?
Esta narrativa ha servido históricamente para justificar la falta de libertades, el fracaso económico y la represión de cualquier disidencia
Desde La Habana, el discurso oficial continúa alimentando la idea de una agresión inminente del “imperialismo”, el eufemismo con que se designa a Estados Unidos desde hace más de seis décadas. Esta narrativa ha servido históricamente para justificar la falta de libertades, el fracaso económico y la represión de cualquier disidencia. Hoy se recicla en medio de una crisis regional real, pero parece responder más al temor a fracturas internas que a una amenaza concreta de invasión extranjera.
En paralelo a las maniobras, el Consejo de Defensa Nacional aprobó “planes y medidas” para dar paso al llamado “Estado de Guerra”, una figura envuelta en opacidad. No se han ofrecido detalles sobre su alcance, duración ni implicaciones legales para la ciudadanía. Medios oficiales como Cubadebate y Granma lo presentaron como parte de la “Guerra de Todo el Pueblo”, sin explicar qué derechos podrían verse afectados ni bajo qué condiciones se activaría.
Este hermetismo remite a otros momentos de la historia reciente en que el régimen ha recurrido a términos grandilocuentes –“alerta máxima”, “guerra económica”, “ofensiva revolucionaria”– para justificar medidas internas orientadas menos a enfrentar amenazas reales que a contener el descontento social y las traiciones internas.
Pero ese teatro tiene límites. La mayoría de los cubanos sabe, por experiencia propia, que “defender la patria” no se traduce en alimentos en la mesa, medicinas en los hospitales ni salarios suficientes para vivir. La gran amenaza para la población cubana no parece venir del norte. Proviene, más bien, de la incapacidad del propio sistema para resolver problemas estructurales. En ese contexto, la exhibición de músculo militar funciona apenas como una distracción ante una ciudadanía que exige, cada vez con menos paciencia, respuestas reales.
DERECHOS DE AUTOR
Esta información pertenece a su autor original y se encuentra en el sitio https://www.14ymedio.com/cuba/diaz-canel-supervisa-preparativos-militares_1_1123023.html