Toda la vida hemos escuchado que si salimos a la calle poco abrigados nos podemos resfriar. Por algo nuestras madres y abuelas nos han dicho siempre que nos pongamos una rebequita cuando refresca. Cuando alguien se constipa, es posible que le caiga la típica reprimenda: claro, si es que ayer cogiste frío. Incluso puede que se lo diga a sí mismo. Tendría que haberme abrigado más. Esto es lo que se ha dicho siempre. Sin embargo, en los últimos años se ha extendido mucho más la idea de que, en realidad, el frío no resfría. Son los virus los que lo hacen. ¿A quién le hacemos caso entonces?
Lo cierto es que ambos enfoques son ciertos si se leen en conjunto. Por un lado, es cierto que el frío no resfría por sí mismo. Hace falta que un virus infecte las vías respiratorias. Los rhinovirus causan resfriados, el Influenza la gripe, el SARS-CoV 2 la COVID-19… Sin virus, no hay “catarro”. Sin embargo, en muchos de esos casos también hace falta frío.
La mayoría de virus respiratorios son virus estacionales. Se reproducen mejor cuando hace frío e infectan con más facilidad unas vías respiratorias irritadas y debilitadas por las bajas temperaturas. Por lo tanto, sí que hace falta el frío, pero la presencia de virus es una condición mucho más indispensable.
En resumen, el frío no resfría, pero facilita el catarro
Hay muchos estudios que demuestran que buena parte de los virus que causan los resfriados permanecen más tiempo en el ambiente cuando las temperaturas son bajas. Además, es más fácil contagiarse en invierno por otros cuatro motivos.
En primer lugar, cuando la temperatura es muy baja, el aire también suele ser muy seco, de manera que intenta captar toda la humedad posible. Esto hace que las gotas que se liberan al hablar, estornudar, toser o incluso respirar, se evaporen rápidamente y pasen al ambiente, facilitando que los virus puedan pasar de unas personas a otras.

Por otro lado, cuando hace mucho frío la mayor parte de los vasos sanguíneos se contraen, disminuyendo el flujo sanguíneo. Esto ayuda a mantener el calor corporal, pero también tiene algunos inconvenientes. Por ejemplo, si los vasos sanguíneos de las vías respiratorias se contraen, llega menos flujo sanguíneo a ellas, por lo que el sistema inmunitario no puede acudir tan fácilmente a la zona en caso de infección. Las puertas están más abiertas para la entrada de virus.
A esto se suma que, con el frío, la nariz tiende a secarse, de modo que se dificulta el movimiento de los cilios, una especie de pelillos que ayudan a filtrar el aire que respiramos. Por eso, si ese aire va cargado de virus, es más complicado que se puedan sacar a tiempo. Ahí tenemos la tercera razón por la que, si bien el frío no resfría, lo pone todo mucho más fácil.
La última es que en invierno pasamos más tiempo con otras personas en lugares cerrados, por lo que es más fácil que se produzca el contagio.
Un caso práctico para entenderlo mejor
Imagina que estás en casa, sin nadie más, y se te rompe la calefacción. Es posible que pases muchísimo frío y sientas que te vas a acatarrar. Incluso puede que te piquen la nariz y la garganta al resecarse. Sin embargo, no te llegarás a resfriar ya que en el ambiente no puede haber virus. Nadie ha estado ahí para contagiarte. Si llegase una persona acatarrada sería mucho más fácil que te contagiase, pues el ambiente sería idóneo, pero sin virus no hay resfriado.


En verano también nos resfriamos
La última prueba de que el frío no resfría por sí mismo es que en verano también nos resfriamos. Si bien los rhinovirus son mucho más habituales en invierno, el verano es la estación en la que mejor proliferan los enterovirus. Estos causan también infecciones respiratorias en las vías altas. Los típicos resfriados. Pero prefieren las temperaturas elevadas. Si les sumamos vías respiratorias alteradas por el frío y el aire seco de los aires acondicionados, volvemos a las mismas condiciones que en invierno. Pero no es el frío el que resfría. Son los virus. Siempre son ellos.
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