Lorena Ramírez logra otra hazaña en ultramaratón de 100 kilómetros en Hong Kong

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Lorena Ramírez logra otra hazaña en ultramaratón de 100 kilómetros en Hong Kong

▲ El triunfo de la ultramaratonista rarámuri de los pies ligeros no reside en el metal (concluyó en la posición 359). Representa más bien la forma en la que su pueblo habita el mundo, una herencia que los define y por la que decenas de medios internacionales entienden quién es y de dónde viene cuando aparece en la línea de salida con faldas de pliegues anchos y colores vibrantes, así como con huaraches.Foto México Imparable

Alberto Aceves

 

Periódico La Jornada
Domingo 25 de enero de 2026, p. a11

Al llegar a la base de Tai Mo Shan, la corredora chihuahuense Lorena Ramírez confió en su instinto, en la memoria de unos pies acostumbrados a cruzar senderos montañosos de la Sierra Tarahumara. La mujer que corre para que el mundo no olvide quiénes son los rarámuri emergió de la oscuridad con el golpeteo rítmico de sus huaraches de cuero, agotada por ascender sobre senderos costeros, playas, pueblos antiguos, colinas y valles a lo largo de 100 kilómetros para mejorar su tiempo por casi cuatro horas respecto al año pasado en el Ultramaratón de Hong Kong (HK100), una de las pruebas más duras del calendario internacional.

Con el reloj detenido en 22 horas, 24 minutos y 10 segundos (26:02:12 en la edición 2025), Ramírez mi-ró al resto de los competidores en la meta, atletas que procesaban sus métricas en relojes inteligentes mientras ella recuperaba el aliento en silencio, con la mirada fija en el horizonte. Era como si estuviera buscando las cumbres de su natal Guachochi, Chihuahua, “el lugar donde comencé a desear cosas bonitas”, dijo alguna vez. Si correr en la oscuridad habría paralizado a cualquier atleta de élite con el fallo de su linterna frontal, para la mexicana fue sólo un regreso a esas montañas: una conversa-ción entre sus pies y la tierra, incluso en la penumbra total.

La victoria de la ultramaratonista de los pies ligeros no reside en el metal (concluyó en la posición 359). Representa más bien la forma en la que su pueblo habita el mundo, una herencia que los define y por la que decenas de medios internacionales entienden quién es y de dónde viene cuando aparece en la línea de salida con faldas de pliegues anchos y colores vibrantes, huaraches atados al tobillo y expresiones que son fáciles de adivinar cada vez que se enfrenta a condiciones extremas. Este año no estuvo sola. Formó par-te de una delegación de 12 atletas de las comunidades rarámuri, maya, mixteca y otomí, conocidos colectivamente como México Imparable, que puso a prueba su resistencia en un escenario global.

“La figura principal fue la legendaria Lorena Ramírez, primera atleta indígena en ganar el Premio Nacional del Deporte en México (2025). Con ella estuvieron su hermano Mario Ramírez, su compañero Silverio Ramírez y el campeón otomí José Luis Nieto Salgado, dos veces ganador de los 100 kilómetros en la Sierra Tarahumara”, destacó la cuenta oficial del Ultramaratón de Hong Kong al compartir en historias de Instagram imágenes y videos de la competencia, entre ellos el momento en la que la chihuahuense y su hermano se detienen a hidratarse y desprenden los gajos de una naranja para seguir su recorrido por la montaña.

Hecha para el camino

No se trataba de correr contra otros, sino de hacerlo con todo lo que se es, como suele decir ella a través de traductores. “Lo hago porque mis pies están hechos para el camino”. La prueba de ultraresistencia inauguró ayer el año competitivo del atletismo de montaña, comenzó en la costa y terminó con el ascenso al Tai Mo Shan, el punto más alto de Hong Kong. Al llegar hasta allí, la embajadora de la cultura rarámuri simplemente caminó y pidió un poco de agua, dejó que el equipo médico revisara sus pies. Decenas de personas le aplaudieron.

No necesitó de aplicaciones ni números para entender su cuerpo, le bastó con el latido de una superficie que reconoce como propia bajo la suela de sus huaraches. Terminó exhausta, pero es apenas el inicio del camino para volver a casa, a la inmensidad de la Sierra Tarahumara, donde alguna vez se prometió ser el viento que nadie puede atrapar.

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