En un principio, los investigadores no se propusieron estudiar esta relación única entre depredador y presa. El autor principal y ecólogo Mitchell Serota, entonces en la Universidad de California en Berkeley, colaboraba con la Fundación Rewilding Argentina para estudiar cómo responde la fauna silvestre cuando se eliminan las presiones humanas de las antiguas tierras ganaderas. “Fui a la Patagonia para comprender los resultados de la restauración en términos generales. Los pingüinos no eran en absoluto el objetivo original”, señala.
En 2023, Serota y sus colegas informaron de que los grandes felinos se alimentaban en realidad de estas aves. “Se conocía esa interacción, pero pensábamos que era menor”, reconoce. “Quizás solo afectaba a un puñado de individuos”.
El equipo instaló 32 cámaras trampa en todo el parque y rastreó a 14 pumas adultos (Puma concolor) con collares GPS entre septiembre de 2019 y enero de 2023. Al combinar esos datos con las observaciones de campo, los investigadores se dieron cuenta rápidamente de que los pumas se alimentaban de pingüinos con mucha más frecuencia de lo esperado.
“Detectábamos repetidamente pumas en las inmediaciones de la colonia de pingüinos”, recuerda Serota. “Fue entonces cuando quedó claro que no se trataba de una anécdota sin importancia. Era algo que determinaba cómo estos animales utilizaban el paisaje”.
Dado que los pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus) pasan gran parte de su vida en el mar, son una presa inusual para un gran carnívoro terrestre cuya dieta se compone principalmente de mamíferos terrestres, como ciervos, guanacos y liebres. Pero durante su temporada de reproducción, aproximadamente de septiembre a abril, estas aves marinas se agrupan en tierra en grandes cantidades. En Monte León, más de 40 000 parejas reproductoras anidan a lo largo de una costa de unos dos kilómetros de longitud.
Para un puma, cuyo territorio puede abarcar cientos de kilómetros cuadrados, esto crea una situación extraña: una fuente de alimento extremadamente abundante, concentrada en un área muy pequeña y disponible solo durante parte del año. El equipo descubrió que la densidad de población se mantenía similar (alrededor de 13 felinos por cada 100 kilómetros cuadrados) independientemente de la presencia o ausencia de pingüinos. Por lo tanto, los pingüinos no provocaron un aumento en el número de pumas, sino que reorganizaron la forma en que estos felinos comparten el espacio.
Resulta que los pumas que se alimentan de pingüinos se comportan de manera muy diferente a los que prefieren otras dietas en la Patagonia. El estudio descubrió que los grandes felinos que se alimentan de aves compartían la misma zona con mucha más frecuencia que los que no lo hacen y no se atacaban entre sí tan a menudo como cabría esperar. “En otras palabras, los pumas que se alimentaban de pingüinos eran bastante tolerantes con la presencia de los demás”, detalla Donadio, que también es Explorador de National Geographic.
Esta tolerancia fue una sorpresa, dado el estereotipo solitario de los pumas. En la Patagonia, estos grandes felinos viven al aire libre, ya que son los principales depredadores.
“A diferencia de África, no necesitan agruparse para derribar presas que duplican o triplican su tamaño. Y a diferencia de Norteamérica, no hay osos pardos, osos negros ni lobos, por lo que estos felinos no se esconden entre los árboles por la noche”, afirma Jim Williams, que trabajó durante décadas como biólogo en Montana Fish, Wildlife and Parks y escribió sobre la relación entre las aves marinas y los grandes felinos en su libro Path of the Puma.
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