San Salvador/En la gran mayoría de los análisis que circulan sobre la extracción de Nicolás Maduro, poco espacio se otorga a la observación de esta radical acción desde la perspectiva de la seguridad nacional de Estados Unidos. Y en parte es lógico que así sea. Además de la inveterada narrativa antinorteamericana, tan arraigada en el continente, el régimen venezolano supo ocultar por largo tiempo el hecho de que su territorio era la base de extranjeros peligrosos para su vecino del norte.
Aunque Chávez y Maduro insistían en negarlo, igual que la dictadura cubana, era conocido que militares procedentes de la Isla desarrollaban diversas actividades en Venezuela. Ahora no tuvieron más remedio que admitirlo. Pero mucha mayor importancia dio Washington a la detección de amenazadores elementos rusos, chinos e iraníes, en particular tras el golpe propinado a plantas nucleares de estos últimos en junio de 2025. El pasado 3 de enero, el mismo día que se descabezaba a la tiranía chavista, se cumplían exactos seis años del mortal ataque con drones a Qasem Soleimani, el general iraní que comandaba la división de inteligencia de los Guardianes de la Revolución Islámica, ejecución también ordenada por Trump.
Hoy se entiende mejor por qué el aparatoso despliegue marítimo estadounidense no podía limitarse a atacar pequeñas embarcaciones de supuestos narcotraficantes
Hoy se entiende mejor por qué el aparatoso despliegue marítimo estadounidense no podía limitarse a atacar pequeñas embarcaciones de supuestos narcotraficantes. Se trataba de algo más significativo, incluyendo cortar el flujo de uranio, tritio y otros ingredientes estratégicos hacia Irán, cuyo Gobierno teocrático aún no abandona su deseo de contraatacar a EE UU. De este preciado objetivo, por cierto, la Casa Blanca se guarda de hablar mucho.
Se sabe que Hugo Chávez ya trasegaba estas codiciadas materias primas desde el año 2005, si no antes. A ello debe sumarse la disposición del dictador bolivariano a alinear esfuerzos operativos con Rusia, China y otras naciones adversarias de Estados Unidos. Bajo estos términos –los de la defensa táctica–, el prendimiento de Maduro estaba tan lejos del radar de Trump como podía estarlo de Barack Obama el ajusticiamiento de Osama bin Laden.
En la dirección de disputar la creciente influencia china en América, Trump también envía un mensaje claro a su homólogo en Pekín, consistente en hacerle ver el riesgo que supone apostar sus recursos en países americanos de naturaleza inestable. La expansión geopolítica del gigante asiático se encuentra de pronto con una línea pintada en el piso, haciéndole prescindir del crudo que sacaba mensualmente de Venezuela.
Sin embargo, para dar más fuerza al argumentario “antiimperialista”, ciertas posturas se enfocan en repetir y repetir que el gran propósito de EE UU detrás de su ataque es el petróleo venezolano. Esta afirmación carece de sentido práctico por varias razones. La primera es que ese país posee suficiente petróleo en su propio subsuelo. Texas por sí solo puede producir cinco millones de barriles diarios de crudo, muy por encima de los 3,7 millones de barriles que Venezuela llegó a extraer al día, allá por 1997, cuando todavía el chavismo no barría con todo.
En segundo lugar, la debacle bolivariana ha reducido tanto la producción de crudo, que hoy apenas llega (y con serias dificultades) a menos de un millón de barriles diarios. Rehabilitar esta industria destrozada podría requerir, de acuerdo a los expertos, más de 100.000 millones de dólares en inversión sostenida por una década, contando además con las garantías políticas, jurídicas y fiscales que la vuelvan atractiva. Aunque lo vocifere desde el Salón Oval, Trump no tiene forma de garantizar eso a ninguna compañía petrolera, ni siquiera de su país. Esto explica por qué los grandes consorcios productores siguen sin entusiasmarse con la idea de aventurarse en Venezuela, aunque saliven las refinadoras en el golfo de México.
Pero incluso si las realidades anteriores no supusieran en sí mismas un desafío titánico, ¿quién es capaz de predecir el comportamiento del petróleo en el mercado internacional?
Pero incluso si las realidades anteriores no supusieran en sí mismas un desafío titánico, ¿quién es capaz de predecir el comportamiento del petróleo en el mercado internacional? Cuando se especula sobre el control del precio del combustible como el incentivo real detrás de la maniobra militar en Caracas, suele ignorarse la cantidad de factores que Trump tendría que dominar para que tal cosa fuera posible, a saber: influir en las votaciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep), dirigir el tránsito del crudo (por mar y tierra) en todo el globo, eliminar el mercado negro, evitar y sofocar las crisis políticas y económicas mundiales, y, de paso, ejercer un control cuasi divino sobre el clima. Absurdo.
Siendo entonces el petróleo un objetivo más bien circunstancial, hay que preguntarse con seriedad si en el horizonte geoestratégico de Trump, aparte de la neutralización de Irán y China, existe la opción de democratizar Venezuela. Y en este tema, como en todos los que salen de su boca, debemos ir siempre más allá de las palabras del republicano, que no se distingue precisamente por ser un hombre de sólidos principios democráticos.
En la mente de alguien como Trump, ¿existen incentivos suficientes para quebrar lanzas en favor de la recuperación del Estado de derecho, la separación de poderes y la prosperidad de Venezuela? La respuesta es sí. La estabilidad en la tierra de Bolívar tiene el potencial de ser un triunfo político en toda regla, exhibe el fracaso del multilateralismo burocrático y promete un legado perdurable. La única condición es hacerlo bien. ¿Cómo? Veremos más adelante cuáles son las opciones.
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