Los animales venenosos han desarrollado la capacidad de producir moléculas potentes. Estas les ayudan a capturar presas, disuadir a posibles depredadores y satisfacer otras necesidades biológicas.
Las incursiones anteriores en el mundo de los venenos han dado lugar a potentes medicamentos, como el captopril, un fármaco para la presión arterial que es una versión modificada del veneno de serpiente y que se utiliza desde hace más de 50 años. Más recientemente, los investigadores han descubierto un compuesto en el veneno de las arañas de tela en embudo que ahora se está probando en ensayos clínicos como tratamiento para los ataques cardíacos.
Es poco probable que los investigadores encuentren nuevos compuestos en criaturas que han sido estudiadas exhaustivamente, por lo que tienen que buscar en entornos inusuales. “Si quieres encontrar algo novedoso, necesitas un animal novedoso, y no vas a encontrar nada más novedoso que las tarántulas de la cueva de Tayos”, considera Fry. Los animales de estos entornos se han encontrado con nuevas presas y nuevos enemigos, “por lo que necesitarán toxinas novedosas para hacer frente a la situación”, profundiza Lüddecke. Muchas de estas criaturas venenosas no son dañinas para los humanos, por lo que los investigadores a menudo las han pasado por alto en los estudios sobre venenos.
Al igual que las islas, las cuevas pueden actuar como laboratorios para la evolución, sostiene el biólogo Edgar Neri-Castro, de la Universidad Nacional Autónoma de México, que colabora con Fry pero no formó parte de esta expedición. “Debido a que permanecen aisladas durante miles o incluso millones de años, las especies que viven en su interior pueden evolucionar de formas muy singulares”, explica.
Recolectar y estudiar el veneno revela cómo las criaturas han desarrollado una variedad tan amplia de venenos, y puede ayudar a mejorar los antídotos y los tratamientos, agrega, lo que puede ser crucial para las comunidades rurales que se enfrentan al mayor peligro de mordeduras de serpientes y picaduras de escorpiones.
Después de recolectar muestras en la cueva, el equipo emprende un agotador viaje de regreso, con sus mochilas cargadas de muestras de veneno y animales que han recolectado. Fry se dará cuenta más tarde de que él, Smith y sus compañeros han descubierto al menos seis nuevas especies. “Realmente pone de relieve la gran biodiversidad que existe y también lo precaria que es”, reflexiona.
Los sistemas venenosos son únicos en cada especie, explica Lüddecke, y los científicos se apresuran a estudiar las especies venenosas antes de que se extingan. “Podría ser que, en realidad, hayamos perdido o vayamos a perder muy pronto un par de medicamentos muy eficaces contra el cáncer y otras enfermedades antes de poder estudiarlos”, dice.
Aunque está físicamente aislada, la cueva de Tayos está conectada con el mundo exterior a través de sus guácharos, que pasan la mitad del año en bosques de otras partes de Sudamérica. La pérdida de hábitat en esas zonas pondría en peligro a los guácharos y a la vida de la cueva que sustentan, advierte el Explorador. Eso podría tener efectos en el diseño de medicamentos y fármacos, con consecuencias perdurables para la medicina moderna.
“Aunque a la gente no le gusten los animales venenosos”, finaliza Fry, “deberían querer que se quedaran”.
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