Madrid/La literatura cubana del exilio no es un apéndice ni una nota al pie de la historia cultural de la Isla. Es, en muchos casos, su nervio más honesto. Al pie de la memoria, del poeta, editor y ensayista Felipe Lázaro, vuelve sobre esa herida abierta con una segunda edición ampliada y revisada que reúne a 35 poetas cubanos muertos en el exilio entre 1959 y 2002, una nómina atravesada por la censura, el destierro y el silenciamiento institucional.
Publicado por la Editorial Betania en Madrid, el volumen se asume –desde su propia introducción– como un proyecto antológico abierto, consciente de la dispersión geográfica del exilio y de la dificultad de reconstruir trayectorias biográficas fragmentadas por la diáspora. Pero también insiste en rescatar del olvido impuesto por el régimen cubano a las voces que no encajaron en el relato oficial.
Por estas páginas desfilan nombres centrales de la poesía cubana del siglo XX –Agustín Acosta, Eugenio Florit, Gastón Baquero, José Ángel Buesa, Heberto Padilla, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas– junto a otros menos difundidos, pero igualmente atravesados por la experiencia del destierro. El libro no propone una lectura homogénea, sino que en sus páginas conviven generaciones, estéticas, tonos y obsesiones. Lo que los une es la condición histórica compartida de haber muerto lejos de Cuba.
Felipe Lázaro, fundador de Betania y una de las figuras más persistentes en la edición de la literatura cubana del exilio, no disimula el propósito del volumen: paliar una exclusión deliberada y dejar constancia del “más desgarrador testimonio lírico del destierro cubano”.
A continuación, una selección mínima –cuatro poemas– que permite asomarse a ese coro que la política cultural del régimen intentó truncar.
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Heberto Padilla
(Pinar del Río, 1932–Auburn, EE UU, 2000)
En tiempos difíciles
A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios resecos y cuarteados
para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el alto sueño);
le pidieron las piernas, duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque
que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho,
el corazón,
los hombros.
Le dijeron que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron que, por favor,
echase a andar,
porque en tiempos difíciles
esta es, sin duda, la prueba decisiva.
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Gastón Baquero
(Banes, 1914–Madrid, 1997)
Los lunes me llamaba Nicanor
Yo los lunes me llamaba Nicanor.
Vindicaba el horrible tedio de los domingos
y desconcertaba por unas horas a las doncellas
y a los horóscopos.
El martes es un día hermoso
para llamarse Adrián.
Con ello se vence el maleficio de la jornada
y puede entrarse con buen pie
en la roja pradera del miércoles,
cuando es tan grato informar a los amigos
de que por todo ese día
nuestro nombre es Cristóbal.
Yo en otro tiempo escamoteaba
la guillotina del tiempo
mudando de nombre cada día
para no ser localizado
por la señora Aquella,
la que transforma todo nombre
en un pretérito
decorado por las lágrimas.
Pero ya al fin he aprendido
que jueves Melitón,
recadero viernes,
sábado Alejandro,
no impedirán jamás llegar
al pálido domingo innominado
cuando ella bautiza
y clava certera su venablo
tras el antifaz de cualquier nombre.
Yo los lunes me llamaba Nicanor.
Y ahora mismo no recuerdo
en qué día estamos
ni cómo me tocaría hoy llamarme en vano.
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Mercedes García Tudurí
(La Habana, 1904–Miami, 1997)
Destierro
¡Esta raíz al viento mientras crujen las ramas!
¿De dónde te arrancaron, endeble planta mía,
que aún llevas en tu savia
el rumor de unas palmas
y el eco de unas brisas?
Un mismo sentimiento confusamente enlaza
estas hondas ausencias:
por el suelo en que naces te envuelve la nostalgia,
y tienes la nostalgia por el cielo que esperas.
Árbol desarraigado que la tormenta quiso
arrastrar a otras playas,
¿por qué clama tu amor?,
¿por la tierra añorada que soñó el paraíso
o por el paraíso que la tierra soñó?
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Reinaldo Arenas
(Holguín, 1943–Nueva York, 1990)
Voluntad de vivir manifestándose
Ahora me comen.
Ahora siento cómo suben
y me tiran de las uñas.
Oigo su roer
llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan
sobre este montón de tierra y piedra
que me cubre.
Me aplastan y vituperan
repitiendo no sé qué aberrante resolución
que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
Han apisonado bien el suelo.
Se han ido, se han ido
dejándome bien muerto y enterrado.
Este es mi momento.
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Nota de la Redacción: La editorial Betania pone a disposición de los lectores de14ymedio el libro completo. Podrá descargar el PDF en este enlace.
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