La Habana/Un billete de mil pesos cubanos era hasta hace un par de años raro de avistar. Lo veíamos pocas veces y los vendedores se ponían la mano en la cabeza si tenían que dar vuelto para tan alta suma. Pero en la Isla de la inflación, extender ahora el rostro de Julio Antonio Mella para comprar algo ya no sorprende, no impresiona y mucho menos resulta sinónimo de un alto poder adquisitivo. Papeles son papeles.
Este lunes me adentro en la Calzada del Cerro. Me han dicho que un local de venta de plantas ornamentales tiene también abono que puede servir para el huerto que preparo en mi terraza de cara a la “opción cero”. Son una fila de plantas todavía diminutas que podrán darle algo de sabor a nuestra comida si el ajo y la cebolla dejan de llegar al mercado, si la vida se paraliza tanto en La Habana que un poco de cilantro se vuelve una quimera inalcanzable o si la gente se va a las manos por un mazo de lechuga.
Tendré lo que pueda cultivar. Lo cual es poco, dado que salvo las escuelas al campo en las que estuve y el preuniversitario que pasé en un deteriorado edificio en mitad de los campos de Alquízar, actual provincia de Artemisa, mis conocimientos agrícolas son muy limitados. Sé desyerbar y arrancar de cuajo cuando ya el cultivo está listo para comer. Todos aquellos entrenamientos para ser el hombre nuevo, que podría autoabastecerse, no pasaron de ser una caricatura de enseñanza. Jugábamos a que podíamos sobrevivir con nuestras propias manos y ni siquiera podíamos sobrevivir sin la Unión Soviética.
En la esquina de Rancho Boyeros y la Calzada del Cerro hay un triciclo eléctrico roto. Que estos vehículos no necesiten gasolina no significa que sean inexpugnables a los constantes huecos y desniveles de las calles habaneras. El hombre me cuenta que se llama Roly, que se dedica a trasladar la paquetería de una de esas agencias que trae mercancías desde Miami, que ha perdido por falta de combustible casi toda la flotilla de autos que usaba para el reparto. Donde unos han visto desaparecer su forma de sustento, otros no dan abasto ante tantos clientes que los llaman para mover una caja o una maleta. Roly era de estos últimos, hasta que un hueco le desinfló el negocio.
Hubo un tiempo en que sacar un Calixto García (50) de la cartera era una señal de holgura financiera
“Este arreglo no baja de 8.000 o 10.000”, calcula mientras trata de acercar el vehículo a la acera a la espera de un amigo que viene a ayudarlo para regresar a casa. La vida se cuenta por miles de pesos. Esa libra de carne de cerdo vale 1.000, este paquete de pañales para adultos sale en 3.000 y aquella docena de analgésicos cuesta 5.000. Sumamos a lo grande, con ceros que crecen a la derecha y billetes que pasan tan rápido desde nuestro bolsillo a otras manos que apenas da tiempo a distinguir el rostro que llevan impreso.
Hubo un tiempo en que sacar un Calixto García (50) de la cartera era una señal de holgura financiera. Después pasó el turno, muy rápido, de que pagar con un Frank País (200) marcaba la diferencia de status social. Rápidamente se saltó a que un Ignacio Agramonte (500) dejara en claro que su poseedor no era un cubano común, para llegar a este instante en que contamos nuestra existencia a golpe de papeles con la imagen del fundador del Partido Socialista Popular. Un Mella, dos Mella, tres Mella… la vida medida a partir de la velocidad con la que entregamos un billete que lleva la cara de un dirigente comunista.
Me acerco al pequeño local donde venden posturas, pero está cerrado. Reviso con la mirada si hay bolsas de ese abono que me hace falta para alimentar las pequeñas plantas que han comenzado a crecer en mi terraza. Un hombre pasa en bicicleta y me grita que hoy no va a abrir el vivero, que la anciana que lo cuida está todavía con secuelas de uno de esos virus que han pasado a ser parte de nuestra vida cotidiana. Tomo una bocanada de aire y me adentro en la calzada.
Las cuarterías se suceden, un policlínico a oscuras, por el apagón, tiene a los pacientes y al personal sanitario derramados a la entrada y en el cercano puesto de bomberos el camión acaba de salir sonando las sirenas. No tienen vida los rescatistas por estos días en La Habana. Los llaman cuando se traban los ascensores de los edificios altos al cortarse la electricidad. Los llaman cuando alguien prende fuego a una montaña de basura en una esquina. Los llaman cuando las aguas de una inundación no logran escurrirse por las alcantarillas cubiertas de bolsas plásticas y otros desperdicios.
Casi todos mis vecinos están más flacos. Hay gente a la que le baila la ropa y los dientes
Los bomberos han pasado a sustituir a los servicios comunales, al personal médico que falta, a los técnicos de la empresa eléctrica y a los policías que no aparecen cuando más se necesitan. Hace poco uno de ellos llegó hasta el piso 13 de nuestro edificio para rescatar a una vecina encerrada en el elevador. Era pequeño y menudo. Probablemente solo había almorzado ese día un trozo de claria con arroz, en el mejor de los casos. El uniforme le quedaba grande.
Casi todos mis vecinos están más flacos. Hay gente a la que le baila la ropa y los dientes. Una anciana ha perdido tantas libras que lleva la blusa con un nudo atado en la cintura para que no se le levante con el viento. Hay gente que está incluso más delgada que cuando vivió el Período Especial. Aquella vez el hambre era diferente. Dolía, pero todos en el barrio estábamos con el estómago pegado al espinazo. Ahora hay platos vacíos y mipymes con jamones importados. En esta crisis hay apartamentos totalmente apagados en la noche y otros que tienen planta eléctrica para sortear la falta de corriente. Tengo vecinos sin jabón para bañarse y otros que se perfuman con esencias caras que se quedan pegadas a las paredes del ascensor.
Estoy cerca del antiguo cine Maravillas. En los alrededores se extiende un humo que hace arder los ojos y la garganta. Bajo un cercano árbol arde una pila de desechos. Muy cerca hay varios comerciantes que ofrecen su mercancía. Uno vende un paquete de 50 mascarillas por 1.000 pesos. Si siguen quemando basura por todas partes, los residentes de La Habana vamos a tener que volver a usar nasobuco. Pero esta vez no será por el covid-19, sino por los gases tóxicos. Meto la mano en el bolsillo y saco un Mella. El resto del camino por la Calzada del Cerro lo hago con un trozo de tela sobre la nariz, protegiéndome de esta ciudad que nos ataca por todos lados.
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