▲ Fotograma de la serie Los Soprano
P
or rara ocasión, he escrito sobre un libro y no sobre una película. Más raro aún se trata de un libro escrito por un amigo que falleció en 2002. Estoy hablando de 70 años de ser yo, una colección de reflexiones y recuerdos del historiador y crítico Emilio García Riera, que es una especie de secuela al clásico El cine es mejor que la vida (1990) del mismo autor, sólo que en tono testamentario.
Al escribirlo, García Riera ya se sabía desahuciado por una enfermedad tan vil como la fibrosis pulmonar y el libro es una especie de despedida. Lo notable es que lo escribió bajo condiciones muy jodidas –encerrado en su estudio al que llamaba Almoloyita con su típico humor negro, pegado a un concentrador de oxígeno para poder respirar, hinchado por la cortisona que le era administrada– y, sin embargo, no hay un asomo de queja o autoconmiseración.
Por lo contrario, el libro es más bien una celebración de lo que disfrutó en vida. Si alguien demostró poseer una indudable joie de vivre cuando se le daba oportunidad fue García Riera. Ese gusto también se manifestó en el acto de escribir. En su sempiterna posición detrás de su laptop, Emilio aprovechó sus días finales para seguir documentando su Historia de la producción cinematográfica mexicana y escribir este libro, que salió publicado ahora por la Universidad de Guadalajara y Ediciones Cal y Arena, con un retraso inexplicable de dos décadas.
Dotado de una facilidad para la escritura, García Riera escribía como hablaba (con todo y chistes malos). Por ello, la lectura de 70 años de ser yo supone la disfrutable recuperación de una conversación interrumpida hace tiempo. Aun quien no haya conocido a Emilio en persona y haya leído El cine es mejor que la vida y ahora este escrito, llegará a la conclusión de que era una buena persona y, además, un hombre sabio que supo contrarrestar sus neurosis con sus numerosos placeres.
Al final del libro, García Riera intenta contradecir su bonhomía con una lista de sus odios, que es más chistosa que provocadora. El humor de Emilio era afortunado cuando ejercía la autodeprecación (un poco al estilo de Woody Allen, diría Pepe Woldenberg), no cuando intentaba forzados juegos de palabras.
Hablando de odios, el libro no cae en el vengativo ajuste de cuentas con personas odiadas. Salvo quizás en el caso de Ayala Blanco, a quien llama “un pobre diablo con atributos de inteligencia que acabarían desencaminados y desperdiciados por falta de ética”. Pero hasta a él le reconoce que son valiosos sus libros de Cartelera Cinematográfica. Emilio siempre ejerció el fair play. (Por cierto, a mí me dedica comentarios más que elogiosos que siempre le agradeceré).
García Riera aborda también temas favoritos como la política y la ideología y llega a una conclusión: “hay que renunciar a las ideologías; no traen más que desgracias”. Y, claro, habla de cine. Cine del pasado, pues su encierro lo obligaba a ver exclusivamente televisión, con un buen gusto que le daba preferencia a tres series estupendas: Seinfeld, Los Simpson y Los Soprano.
Lean, pues, 70 años de ser yo y descubran o confirmen por qué Emilio García Riera, además de una figura fundamental de la cultura cinematográfica de este país, era un tipo tan a toda madre.
X: @walyder
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