HECHOS.- Estamos en Cuaresma, oportunidad que Dios nos ofrece para revisar qué de nuestra vida personal y eclesial no es acorde con el camino de Jesús.
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Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas
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Ciertamente hay muchos aspectos en que debemos ser más fieles al Evangelio; por ejemplo, no se pueden permitir abusos de menores, clericalismos, cuotas excesivas en los servicios sacramentales, etc. Sin embargo, uno de los puntos siempre pendientes de conversión es nuestra actitud hacia los pobres.
Puede resultar molesto para algunos que insistamos en este punto, pues hay quienes remarcan que la espiritualidad es sólo rezar y practicar algunas devociones. Se angustian cuando, por ejemplo, no rezaron el Rosario, la Coronilla de la Misericordia y otras oraciones, pero no les importa tanta gente que apenas sobrevive.
Dios, por medio del profeta Isaías, nos dice cuál es el ayuno que acepta: “El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás al Señor y él te responderá; lo llamarás y él te dirá: ‘Aquí estoy’. Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el medio día. El Señor te dará reposo permanente; en el desierto saciará tu hambre y dará vigor a tu cuerpo” (Is 58,6-11).
El Papa León, en su exhortación Dilexi te sobre el amor hacia los pobres, nos insiste en este punto, que es vital para que seamos la Iglesia que Jesús quiere. Dice: “El corazón de la Iglesia, por su misma naturaleza, es solidario con aquellos que son pobres, excluidos y marginados, con aquellos que son considerados un ‘descarte’ de la sociedad. Los pobres están en el centro de la Iglesia, porque es desde la fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, [que] brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. En el corazón de cada fiel se encuentra la exigencia de escuchar este clamor [que] brota de la misma obra liberadora de la gracia en cada uno de nosotros, por lo cual no se trata de una misión reservada sólo a algunos” (111).
“Es necesario recordar que la religión, especialmente la cristiana, no puede limitarse al ámbito privado, como si los fieles no tuvieran que preocuparse también de los problemas relativos a la sociedad civil y de los acontecimientos que afectan a los ciudadanos.
Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos”.
Preguntémonos si somos realmente la Iglesia de Jesús, si amamos de corazón a los pobres. Son muy necesarios los sacramentos, sobre todo la Misa, y la oración, pero, como decía Benedicto XVI: “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” (SC 82). La Cuaresma es tiempo de conversión.
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