De la pluma de Miguel Reyes Razo / Colosio en Culiacán

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Luis Donaldo Colosio durante su camáña presidencial / Foto: Cuartoscuro.com

Ramiro Pineda comunicó: “Compañeros periodistas, en Culiacán nos hospedaremos en el hotel ‘Ejecutivo’. Estelita Vaylón y Roberto Vivanco les entregarán llaves…”

Estelita Vaylón conocía muy bien a los informadores. Sabía de giras electorales y viajes presidenciales. Distinguida reportera, integró el “Grupo Arcoíris”, al que el presidente José López Portillo privilegió y hasta concedió:

“Con mucho gusto permitiré que las muchachas de la fuente de la Presidencia de la República tengan un permiso especial para importar, de Estados Unidos, un automóvil o camioneta sin pago de impuestos. Se lo merecen, mis amigas…”

Gesto que las mujeres reporteras apreciaron y agradecieron. Acción que tuvo algún efecto negativo.

“Es que un compañero se ‘clavó’ algunos permisos y los negoció por su cuenta”, denunciaron algunas.

Por mucho tiempo se cruzaron acusaciones contra el señalado, sin resultado. Las quejosas nunca importaron su automóvil.

Estelita Vaylón trabajó en el entonces importante periódico “El Día”.

“El presidente Adolfo López Mateos fomentó —apoyó con millones de pesos— la aparición del flamante rotativo. Enrique Ramírez y Ramírez, Socorro Díaz, don Manuel Buendía, Pepe Carreño Carlón, Miguel Ángel Granados Chapa… Impresionante plantilla”.

Después de años de perseguir y confeccionar informaciones, Estelita Vaylón decidió aceptar trabajar con Ramiro Pineda —profesional de la información oficial— y escuchaba —resolvía— peticiones de reporteros.

“Iba más allá —observaría Raúl Sánchez Carrillo, enviado de Canal 13 a la campaña del candidato Luis Donaldo Colosio—. Si te dolía la cabeza u olvidabas un medicamento, Estelita estaba en la mejor disposición de ayudar. Espléndida”.

Así nos hospedamos en “El Ejecutivo”, de Culiacán, Sinaloa.

“Que aquí dormirá Colosio”, divulgó la reportera Rossy Ahuatzin.

Recordé: el día 11 de diciembre de 1987, en el umbral de ese hotel, don Rodolfo González Guevara —experimentado político sinaloense— había dicho, ante el candidato presidencial Carlos Salinas de Gortari:

“Si nuestro candidato a la Presidencia de la República quiere, el Partido Revolucionario Institucional, el PRI, se democratizará. Y —contuvo el exembajador en España y distinguido político desde sus días de juventud, y funcionario del Gobierno del Distrito Federal con el general-licenciado Alfonso Corona del Rosal, en pleno 1968—, sepan que no aspiro a ningún puesto en el futuro gobierno ni a un sitio en el Congreso”.

Afirmación, promesa que arrancó aplausos y sonrisas entre el auditorio. Discurso dicho frente a Carlos Salinas de Gortari.

Y en marzo de 1994, la campaña del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, llegó a Sinaloa. Ese día 22, la gira conoció un día luminoso. Al mediodía, en la Ciudad de México, el político Manuel Camacho Solís —franco, rencoroso, opuesto a la candidatura de Colosio— despejó nubarrones, frustró tormentas:

“No me postularé a la Presidencia de la República”.

Luis Donaldo Colosio respiró muy aliviado. Para revelar su estado de ánimo, convocó a los reporteros. Se presentó metido en primorosa camisa blanca, hecha a medida, prenda que exhibía tapas en bolsillos sobre los pectorales. Colosio estaba radiante. Bromeó con Rossy Ahuatzin, un distinguido reportero de La Jornada, y con Miguel Reyes Razo. Ya le volvía el alma al cuerpo. Ya no más momentos agrios. Adiós al disgusto que le ocasionó —apenas concluía el primer mitin de su extensa gira— saber que el presidente Salinas de Gortari designaba mediador del conflicto armado en Chiapas a su derrotado opositor Manuel Camacho.

Imposible disimular. Se le descompuso el rostro. Disminuido su ánimo, la emprendió —la emprendimos— de Huejutla, Hidalgo, a Ciudad Valles, en San Luis Potosí.

Primer día. Primer acto. El candidato se retrasa más de cuatro horas. Miles madrugan. Llenan la plaza principal. Ensayan gritos, porras, estribillos, animan. Calor priista que poco a poco se desvanece. Pierden tensión los “tiracalles”. Curiosos y vecinos se preguntan:

“¿Qué pasó?”
“¿Por qué no viene Colosio?”
“¿Qué sigue?”

Hambrientos —los sacaron del sueño en la madrugada en el hotel de Tampico—, los reporteros indagaron dónde desayunar. “Algo rápido. Un par de huevos, frijoles y café. No hay tiempo. En cualquier chico rato va a llegar y dejaremos el alimento a la mitad”. Y desayunaron. Y “de Colosio, ni las luces”.

“¿Qué habrá pasado?”
“Dizque el convoy del candidato se extravió”.
“¿Tú lo crees? Yo no. El Estado Mayor Presidencial hace ese recorrido cuatro o cinco veces, metro a metro, curva a curva. Hace un tomo, un librote de lo que recorrerá. Y el general Domiro García Reyes es un buenazo. A él lo responsabilizaron de la seguridad del papa Juan Pablo Segundo. Tan bien lo hizo que el Vaticano le otorgó varias condecoraciones. Un fregonométrico, el general. Muy buen cuate, además. Algo pasó…”

En Sonora, su tierra, sus partidarios se movían. En Magdalena de Kino, Luis Francisco Trelles Iruretagoyena sacudía:

“Después de Semana Santa, la campaña de Colosio va a agarrar vuelo. Ya se van a imprimir nuevos carteles. Formidables fotos del candidato, de otro ángulo, en otras actitudes. Será aquí, en Hermosillo. Se van a preparar decenas de miles de ‘coyotas’. Tendrán impreso el perfil de Colosio. Y se van a movilizar miles. Sacudirá al país. Reuniremos a miles de matrimonios. Ya verás. Después de la pausa de la Semana Santa, después”.

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