El futbol, territorio emocional que crea comunidad: Valdano

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▲ El campeón en el Mundial de México 86, quien ofreció una charla ayer en la CDMX, dijo que el juego ya no es sólo eso y ahora es un gran negocio.Foto La Jornada

Juan Manuel Vázquez

 

Periódico La Jornada
Viernes 6 de marzo de 2026, p. a11

Maradona ya había alcanzado la dimensión de mito cuando volvió a Argentina tras conquistar la Copa del Mundo en México 1986. Regresaba con toda su selección, todos eran campeones, es cierto, pero por más laureles que presumieran, en comparación no eran más que un puñado de ciudadanos tocados por el éxito. Diego, en cambio, regresaba como si montara un corcel blanco, con el halo de un liberta-dor; era la viva imagen de San Martín, el emancipador del Cono Sur. Al menos, así lo veían en un país que pocos años antes había sido derrotado por Reino Unido en su intento por recuperar las islas Malvinas. La humillación de quien es vencido en la guerra, fue vengada en el territorio simbóli-co de un partido de futbol que al paso del tiempo se ha convertido en algo más que en un simple juego.

La imagen la evoca Jorge Valdano, uno de los integrantes de aquel equipo que ganó el Mundial de 1986 y que tuvo la suerte de compartir gloria con uno de los mitos del siglo XX. En una charla en el hotel Presidente de la Ciudad de México, el hombre que al retirarse decidió seguir jugando al futbol, pero ahora con el lenguaje, recrea ese retorno mitológico para explicar el poder de este deporte y su impacto sobre los individuos y los pueblos.

Más que un juego

“El futbol es más que un juego, se trata de un territorio puramente emocional”, dice Valdano; “y las emociones unen, por eso crean comunidad, pero hay que tener cuidado porque también pueden generar violencia. Ese vínculo que crean está por encima de las diferencias sociales y de las ideologías, incluso en un mundo convulso como el de hoy”.

El partido de Argentina contra Inglaterra, que a la postre se convirtió en el de Maradona contra un equipo de ingleses, le sirve pa-ra demostrar cómo un juego adquirió la categoría de episodio nacional.

“Fue la venganza de la guerra de las Malvinas, es una lectura que hay que entender en su justa dimensión”, previene Valdano antes de preguntarse; “¿cómo va a compararse un partido con una guerra? En términos simbólicos, sí son comparables; por tanto, para Argentina habría sido insoportable perder ese partido”.

Vaya peso que tuvo entonces ese duelo y la carga que significó para esos 11 muchachos en pantalones cortos. Valdano está convencido que esa tarde del 22 de junio en el estadio Azteca los equipos jugaban a cosas distintas. Para los ingleses, que habían ganado la guerra y por tanto seguirían llamando Falklands a las islas del archipiélago en el Atlántico Sur, aquello representaba sólo un nuevo esfuerzo para volver a ser protagonistas en un Mundial. Los argentinos, en cambio, se jugaban la identidad y la oportuni-dad de restañar la historia de un país derrotado por un imperio. En su nomenclatura albiceleste todavía se llaman Malvinas, aunque pertenezcan al Reino Unido.

“Con la excepción del partido entre El Salvador y Honduras que provocó una guerra entre los dos países en 1969, ningún otro encuentro internacional se había visto precedido de tanta agitación política”, escribió el inglés Jimmy Burns en su libro Maradona. La mano de Dios.

Pocas veces la historia ofrece oportunidades de una catarsis colectiva. En 1986 Maradona representó al héroe que hace justicia en nombre de un pueblo oprimido. No sólo anotó los dos goles de aquella victoria (2-1); convirtió ese par de momentos en los cimientos de su propio mito. Uno con ayuda de “la mano de Dios”, y el segundo con el mayor despliegue de belleza sobre la cancha: gambeteó a cinco ingleses hasta que enfrentó al arquero Peter Shilton y lo burló con su divina pierna izquierda para mandar la pelota al fondo de la portería. Un episodio con un título que no se olvida: El gol del siglo.

Con los años, Maradona perfiló con más pasión el episodio de ese partido y dijo que “fue como recuperar algo de las Malvinas” y también recordaba: “En nuestra piel estaba el dolor de todos los pibes que habían muerto en la guerra”.

Valdano también ha delineado mejor sus recuerdos y asimilado el valor simbólico que tiene ese momento para su país, como ejemplo indiscutible del impacto que puede tener el futbol en la historia de un pueblo.

El peso de aquel juego ante Inglaterra superó en todo sentido al de la final de ese Mundial que le ganaron a Alemania. La camiseta que vistió Maradona ante Inglaterra en los cuartos de final de México 86 fue vendida en subasta por 9 millones de dólares. La que usó en el partido con el que se consagró campeón, sólo alcanzó la cifra de 300 mil –anota Valdano–. Una prenda, el mismo hombre, distintas circunstancias: algo más que el deporte tasó el valor del momento.

En unos meses se cumplirán cuarenta años de aquella épica que definió a un personaje y a un país. Desde entonces, reflexiona Valdano, el futbol ha cambiado demasiado. El juego ya no es sólo juego y ahora es un gran negocio. Los futbolistas ya no son esos soñadores que arrancaban desde la pobreza en los baldíos con la fantasía de llegar a campeones; hoy –piensa– se han convertido en modelos sociales y el lío que se desprende de esto es que no están capacitados para esa responsabilidad y, en su opinión, tampoco les corresponde. “No están preparados para cargar ese peso sobre sus hombros”, advierte.

Y aun así, el futbol, esa convocatoria de emociones, sigue tejiendo vínculos y creando comunidades que aplauden o insultan a los hombres en una cancha en la que, de algún modo, se ven reflejados.

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