En la geopolítica global existen territorios, ciudades o pasos marítimos cuya importancia excede por mucho su tamaño.
Emiratos Árabes, Catar, Baréin, Kuwait, Arabia Saudí e Irak, principales productores de petróleo en el mundo, solo tienen salida al mar a través del golfo Pérsico, es decir por el estrecho de Ormuz, un punto de máxima relevancia geopolítica.
Su eventual cierre no sería un incidente regional: sería un terremoto económico de escala planetaria.
El reciente anuncio del ayatolá Mojtaba Jamenei de ordenar el cierre total del estrecho encendió todas las alarmas en los mercados internacionales. No es para menos.
Por esa ruta marítima circulan cerca de 20 millones de barriles de petróleo diarios, equivalente a aproximadamente el 20% del consumo mundial y el 25% del petróleo comercializado por mar.
La gran mayoría del crudo, alrededor del 90%, se dirige hacia mercados asiáticos: China, India, Japón y Corea del Sur que son los principales destinos, pero también hay países de Europa que dependen del llamado oro negro.
Además, también circulan por ahí grandes cargamentos de gas natural que, de quedar bloqueados, paralizaría cadenas de suministro completas.
Interrumpir ese flujo equivaldría a asfixiar de golpe una de las arterias principales del sistema energético global.
Las consecuencias económicas serían inmediatas. Los precios del petróleo podrían dispararse a niveles récord, incluso por encima de los 150 dólares por barril.
Para las economías altamente dependientes del crudo del Golfo Pérsico, como las de China, Italia o Francia, el golpe sería particularmente duro.
El impacto no se limitaría a los precios de la energía. El comercio marítimo sufriría una interrupción inmediata.
Conscientes de ello, hace unos días los ministros de energía del G7 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá) se reunieron para evaluar la posibilidad de utilizar las reservas estratégicas hasta que se regularice la situación.
Debido a que industrias estratégicas podrían enfrentar escasez de insumos clave, mientras los costos logísticos se dispararían en todo el planeta.
En un contexto ya tenso por el conflicto entre Washington, Israel y Irán, el riesgo de una escalada regional sería enorme.
De hecho, algunos gobiernos europeos ya intentan evitar ese escenario. París y Roma iniciaron conversaciones con Teherán para negociar garantías de paso seguro para sus buques.
El simple hecho de que estas negociaciones existan revela hasta qué punto el comercio energético global depende de la estabilidad de un punto geográfico extremadamente vulnerable.
En este contexto, la reacción de la administración de Donald Trump muestra hasta qué punto el mercado energético puede condicionar decisiones políticas que parecían impensables.
Ayer, Washington decidió levantar temporalmente algunas sanciones a la venta de petróleo de Rusia, permitiendo que cargamentos ya en tránsito puedan llegar a sus compradores.
La decisión es reveladora. Durante años, el petróleo ruso fue objeto de sanciones y presiones diplomáticas. Sin embargo, ante el riesgo de que el barril de Brent se acerque a los 200 dólares, el pragmatismo económico ha prevalecido sobre la estrategia política.
No se trata de un acercamiento ideológico con Moscú, sino de una maniobra para ganar tiempo frente a un mercado energético extremadamente volátil.
En términos globales, el mensaje es claro: la economía del siglo XXI sigue dependiendo profundamente del petróleo y de rutas marítimas extremadamente frágiles.
A pesar del discurso sobre transición energética, la realidad es que un solo estrecho puede alterar la estabilidad financiera mundial.
Esa es quizás la lección más inquietante de esta crisis: en un mundo interconectado, basta un punto en el mapa para poner en jaque a toda la economía global.
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