FIFA, en medio de la mayor encrucijada de la historia

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▲ El ambiente fue sombrío ayer mientras se escuchaba el himno nacional de Irán y su selección femenil permanecía de pie antes del partido que perdió (3-0) ante Corea del Sur en la Copa Asiática que se disputa en Australia. Una vez que empezó el juego, un pequeño grupo de aficionados las apoyó con entusiasmo desde las gradas.Foto Afp

Miguel Delaney

The Independent

Periódico La Jornada
Martes 3 de marzo de 2026, p. a10

Mientras drones y misiles se lanzaban sobre la región del golfo Pérsico, y los titulares de la prensa internacional comenzaban a informar sobre la muerte del líder supremo de Irán, el ayatollah Al Jamenei, la jerarquía de la FIFA estaba desesperada por obtener detalles ante las posibles repercusiones que esto tendría para el Mundial de 2026.

Había, sin embargo, un inconveniente. Tenían que cumplir ese fin de semana con las formalidades en el Castillo de Hensol, en Gales, donde el sábado se celebró la Asamblea General Anual de la International Football Association Board, la junta en la que se discuten las reglas del futbol.

Allí estaba buena parte de la cúpula de la FIFA, con gesto adusto y la vista clavada en sus teléfonos, mientras una cantante de ópera galesa continuaba su actuación.

Una escena insólita cuando se avecinaba una crisis sin precedente: un país anfitrión del Mundial (Estados Unidos) bombardeando la nación de una de las selecciones ya clasificadas (Irán), y a sólo cuatro meses del torneo. La propia participación de la nación que sufrió la agresión ha quedado en suspenso desde antier.

Mientras, la FIFA no podía hacer más que permanecer sentada. Podría verse en ello un símbolo: una jerarquía inmovilizada, incapaz de actuar ante uno de los desafíos más serios que haya enfrentado jamás.

En realidad, esa última frase se ha repetido con frecuencia durante el año reciente, casi siempre en relación al Mundial de 2026. Tal vez haya un simbolismo similar en la decisión de la FIFA de ampliar el torneo a 48 equipos, mientras su presidente, Gianni Infantino, optaba por desempeñar un papel activo como estadista precisamente en el momento en que el mundo se fractura con una intensidad no vista en décadas. El organismo rector global se ha expuesto voluntariamente a problema tras problema.

Eso describe bastante bien toda la antesala del Mundial de 2026, por mucho que Infantino sonría al hablar de la venta de boletos. Gran parte de lo ocurrido no tiene parangón. Basta con enumerar los principales conflictos hasta ahora.

La fase de clasificación apenas había comenzado cuando Donald Trump amenazaba con una guerra comercial contra los coanfitriones México y Canadá. Esa misma campaña trajo después una creciente presión para excluir a Israel, en gran medida por la devastación que esa nación ha perpetrado en Gaza, pero específicamente por la cuestión de incumplir los propios estatutos de la FIFA sobre clubes que disputan partidos en territorio ocupado.

En enero, varios países europeos se vieron obligados a debatir un posible plan de boicot debido a la postura de Trump de comprar o tomar Groenlandia, después de que Estados Unidos hubiera sido responsable de una operación militar en Venezuela, una agresión de un país anfitrión tras recibir la organización de un Mundial. El bombardeo estadunidense sobre Irán es el movimiento geopolítico más reciente con consecuencias directas para el Mundial y la FIFA.

Febrero trajo violencia ligada al narcotráfico en una ciudad sede, Guadalajara, a sólo cuatro meses del torneo. Y ahora marzo podría obligar a tomar una decisión sobre qué hacer cuando uno de los 48 equipos participantes está siendo bombardeado por el país anfitrión, con la muerte del jefe de Estado de facto.

Sólo la última semana, desde México hasta Irán, ha planteado desafíos jamás vistos en la historia de ningún Mundial. Sin embargo, como en todos los conflictos anteriores, la FIFA de Infantino no ofrece un espacio real para un debate riguroso sobre estas cuestiones.

Desde la FIFA se argumentaría que ese foro en Gales es el Consejo, pero numerosas fuentes insisten en que esta junta ha sido completamente marginada. Un alto miembro declaró incluso a The Independent que, hasta la tarde del domingo, no se había dado ninguna indicación sobre los pasos a seguir. El asunto podría terminar en manos del buró del Consejo de la FIFA: el presidente y los seis jefes de las confederaciones que la integran.

Por supuesto, cualquier decisión final dependerá de la evolución de una situación tan grave como la actual. Pero eso hace aún más urgente la elaboración de planes de contingencia. Como señaló una fuente de alto nivel, “no existen reglas fijas” para remplazar a un equipo en un Mundial.

El único comentario oficial hasta ahora ha sido el del secretario general de la FIFA, Mattias Grafström, quien en Gales afirmó que “seguirán de cerca” la situación, en declaraciones deliberadamente abiertas.

Las solicitudes de información adicional dirigidas a la FIFA sólo obtuvieron como respuesta una remisión a las palabras de Grafström. Algo similar ocurrió con México la semana pasada.

Ni siquiera hubo explicaciones sobre cuál sería el procedimiento si hubiera que sustituir a una selección –una posibilidad ya real–. Informes procedentes de Irán sugerían que el propio Estado podría retirar a su equipo nacional del Mundial.

Y también está la cuestión de si, en medio del riesgo de una escalada mayor, se permitiría siquiera la entrada del plantel al país anfitrión.

De nuevo, el Mundial nunca había tenido que enfrentar algo así. Podría decirse que la negativa de la FIFA a pronunciarse en detalle responde a una discreción necesaria ante una historia diplomáticamente delicada —sobre todo porque, en última instancia, involucra a Trump—, pero persiste la duda de si realmente tiene la capacidad para manejar una situación de esta magnitud.

Este Mundial lleva tiempo dando la impresión de estar peligrosamente cerca de que algo salga mal, y eso con más dinero que nunca en juego, y con ello la propia autoridad de Infantino sobre la mesa. Una vez más, el llamado “Premio de la Paz” de la FIFA entregado al mandatario estadunidense termina sonando como un mal chiste.

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