Cada mundial ha sido, históricamente, una oportunidad para ampliar infraestructura y fortalecer el transporte público en las ciudades sede. Hoy, en la Ciudad de México, esa oportunidad no puede desperdiciarse.
El verdadero reto no es cómo mover turistas durante unos días de partidos, sino cómo mover mejor a quienes viven aquí todos los días.
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A tres meses del inicio del Mundial 2026, México tiene frente a sí una oportunidad histórica: transformar las ciudades sede, para aprovechar el momento irrepetible y beneficiar a millones de mexicanos. Como lo han hecho los países, y sus capitales, siempre.
En muchas partes del mundo, este tipo de eventos han servido para crecer la infraestructura del futuro, parques, corredores verdes, ampliar redes de transporte público, modernizar sistemas y dejar infraestructura útil para millones de personas que viven ahí después de que termina el torneo.
Pero en la Ciudad de México va tarde y mal, su visión ha sido atender a los turistas “lo menos peor que se pueda”, y se les olvidó aprovechar para sus habitantes, el impulso que da un torneo de este nivel. Estamos ante el riesgo de repetir un error conocido: priorizar proyectos de corto plazo chafas, y la imagen turística, mientras se posponen las soluciones estructurales que necesita la ciudad cotidiana.
Un ejemplo claro es el transporte público y la movilidad. La capital concentra la mayor demanda de viajes metropolitanos del país. Todos los días se realizan alrededor de 30 millones de traslados en la zona metropolitana. A pesar de ello, la inversión destinada al transporte público sigue siendo menor a otros años en la propia ciudad. Y mucho menor que la de otras entidades que también serán sede del Mundial, como Jalisco y Nuevo León.
El comparativo es claro. Mientras Jalisco y Nuevo León proyectan ampliar hasta cuarenta veces más kilómetros de transporte público que la Ciudad de México en el mismo periodo, Nuevo León prevé invertir cerca de 30 mil millones de pesos en obras de movilidad, prácticamente el doble del gasto público estimado para la capital.
El contraste se vuelve aún más preocupante cuando se observa la realidad ambiental de la ciudad. Este 11 de marzo en la capital del país, vivimos ya la cuarta contingencia ambiental del año. La mala calidad del aire no es casualidad: es el resultado de décadas de dependencia del automóvil y de una inversión insuficiente en transporte público limpio, eficiente y masivo. Esta semana de nuevo, sumidos en contingencias.
Invertir en movilidad no es solo construir infraestructura. Es una política pública que impacta directamente en la calidad del aire, en la economía familiar y en el tiempo de vida de millones de personas que todos los días pasan horas trasladándose.
En otras entidades ya se están tomando decisiones importantes. En Jalisco, por ejemplo, recientemente se dio marcha atrás al intento de aumentar la tarifa del transporte público, recordando que cualquier discusión sobre movilidad debe partir primero de mejorar el servicio antes que trasladar el costo a los usuarios.
Ese es el debate que necesitamos en la Ciudad de México. No se trata únicamente de mover turistas durante unas semanas de partidos. Se trata de garantizar que el Mundial deje una red de transporte público más robusta para quienes utilizan el sistema todos los días.
Si el Mundial comienza el 11 de junio, el reloj ya está corriendo. Las decisiones que tomemos hoy definirán si este evento será solo un espectáculo temporal o el impulso que necesitamos para transformar la movilidad de una de las ciudades más grandes.
El Mundial será pasajero. La mala movilidad y la mala calidad del aire no. Apostar por el transporte público hoy no es solo prepararse para un evento global: es decidir qué ciudad queremos habitar cuando las luces del estadio se apaguen.
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