malabarismos para dar merienda escolar a los niños

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By ndh
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Guantánamo/El bullicio de la mañana se concentra cada día frente a una escuela primaria en el reparto Caribe, en la ciudad de Guantánamo. A esa hora, los niños llegan con sus mochilas colgadas al hombro y un pequeño bulto adicional en la mano: la merienda. Algunos traen un pan, otros una bolsita con galletas, y unos cuantos apenas llevan una botella con un refresco instantáneo. Detrás de cada una de esas porciones hay una historia de sacrificio doméstico y de inflación.

En la mayoría de las escuelas guantanameras no existe la merienda escolar repartida por el propio centro docente desde hace décadas. Aquella práctica, que en otros tiempos incluía una botella de refresco o una ración de dulce, desapareció con los años de crisis económica y nunca volvió a restablecerse. Desde entonces, la responsabilidad de alimentar a los estudiantes durante la jornada escolar recae exclusivamente sobre las familias, que deben resolver cada día qué poner en la mochila del niño.

Pero en los últimos meses, el encarecimiento de los productos básicos ha convertido esa tarea cotidiana en una verdadera carrera de obstáculos. La subida del precio del pan, las galletas y todos los productos elaborados con harina ha disparado los costos de la merienda, mientras la inflación y la devaluación del peso cubano siguen erosionando el poder adquisitivo de los salarios y las pensiones.

Los comerciantes privados ofrecen pan de flauta desde temprano en la mañana. Las piezas se exhiben en cajas plásticas o en canastas improvisadas, y desaparecen con rapidez. El precio cambia según la disponibilidad del día y la presión de la demanda. Lo que antes costaba unas decenas de pesos ahora se ha convertido en un gasto significativo para cualquier familia con hijos en edad escolar.

“Si le sumas el almuerzo y la comida, cada niño necesita entre 300 y 400 pesos diarios para que, al menos, no pase hambre”
/ 14ymedio

“Garantizar el desayuno y la merienda de un niño hoy en Guantánamo cuesta, como mínimo, entre 100 y 150 pesos diarios”, explica a 14ymedio un padre, quien también se desempeña como maestro. “Si le sumas el almuerzo y la comida, cada niño necesita entre 300 y 400 pesos diarios para que, al menos, no pase hambre”.

Sus palabras resumen una realidad que se repite en muchos hogares de la provincia, donde los ingresos familiares no crecen al mismo ritmo que los precios. En un contexto marcado por la inflación y el desabastecimiento, cada decisión de compra se convierte en un cálculo complejo. Los padres y los abuelos comparan precios entre diferentes vendedores, reducen las porciones o sustituyen productos más caros por otros de menor calidad.

En una esquina del barrio San Justo, Saúl espera su turno frente a un punto de venta particular. Lleva en la mano un billete arrugado y la mirada fija en la bandeja donde se amontonan los panes. Tiene dos hijos en la escuela primaria y cada mañana debe salir temprano para asegurar la merienda del día.

“Un pan de flauta te sale en 250 pesos, si la encuentras a ese precio, porque ya en mi barrio las venden a 350, los refrescos también han subido, todo está carísimo”, asegura el guantanamero a este diario.


Lo que antes era una compra ocasional ahora representa un gasto que muchas familias no pueden asumir con frecuencia

El aumento de los precios no se limita al pan. Las galletas, los dulces y los jugos han seguido la misma tendencia, impulsados por la escasez de harina, la subida del azúcar y por el encarecimiento de los insumos necesarios para su producción. Muchos de estos productos se venden en el mercado informal o en pequeños negocios privados, donde los costos se ajustan constantemente según la disponibilidad de mercancía.

En los alrededores de varias escuelas, los vendedores ambulantes se han convertido en una presencia habitual. Ofrecen rosquitas, panes con queso y galletas dulces, dirigidos específicamente a los estudiantes. Sin embargo, lo que antes era una compra ocasional ahora representa un gasto que muchas familias no pueden asumir con frecuencia.

La situación se vuelve aún más difícil en los hogares donde los niños quedan al cuidado de los abuelos, una realidad cada vez más común en Guantánamo debido a la emigración de los padres. En esos casos, la pensión de un anciano debe cubrir todos los gastos del menor, incluyendo la alimentación diaria.

“Un abuelo que esté a cargo de su nieto, porque los padres se fueron del país, y que tenga una pensión de 3.000 pesos mensuales no puede garantizarle una merienda cada día a ese niño”, detalla una guantanamera residente en el centro de la ciudad.


La alimentación insuficiente no solo afecta el bienestar físico de los niños, sino también su rendimiento académico

La cifra resulta reveladora si se compara con los precios actuales de los alimentos. Con una pensión que apenas alcanza para cubrir los gastos básicos del hogar, destinar dinero diario para la merienda escolar se convierte en un desafío casi imposible. En algunos casos, los niños asisten a clases con una merienda mínima o sin nada para llevarse a la boca, lo que les dificulta aguantar hasta el final de la jornada.

Dentro de las aulas, los maestros observan de cerca esta realidad. Algunos estudiantes comparten su merienda con compañeros que no llevan nada, mientras otros intentan estirar el tiempo para que el hambre no interfiera con la concentración. La alimentación insuficiente no solo afecta el bienestar físico de los niños, sino también su rendimiento académico.

En una escuela del reparto Los Maceo, una maestra comenta que cada vez es más frecuente ver a alumnos que llegan sin merienda o con porciones muy pequeñas. La escena se repite durante el recreo, cuando el patio se llena de niños que abren sus mochilas y comparan lo que cada uno pudo llevar ese día. A la jornada siguiente, la familia deberá volver a empezar la misma batalla: encontrar y pagar algo que el estudiante pueda comer a media mañana, en mitad de sus clases.

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