“Me perdí en los videos”: atrapada en la adicción a las redes sociales – El Sol de México

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By ndh
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Montserrat Maldonado

Abigail llegó a la Ciudad de México para empezar de nuevo. Tenía trabajo, planes y la intención de independizarse, pero poco a poco los videos en redes sociales comenzaron a ocupar sus días.

No lloraba solo por el dolor.

Durante meses había dejado de salir, de convivir, de trabajar. Perdió dos empleos en menos de un año. Se distanció de su familia. Su padre pagó deudas que ella no pudo cubrir.

Aun así, cada día volvía a lo mismo.

Deslizar el dedo.
Pasar de un video a otro.
Perder la noción del tiempo.

“No salía de casa, no convivía con amigos. Yo solo quería perderme en los videos”, reconoce.

Esa mañana, con las manos temblando y el teléfono roto frente a ella, creyó que podía detenerlo todo de golpe.

No sabía aún que lo más difícil no era apagar la pantalla.

Era quedarse sin ella.

La nostalgia que la llevó a la pantalla

Esa no fue la primera vez que Abigail pensó que podía detenerse.

No llegó sola. Se llevó a su perro, con el que solía salir a caminar por las mañanas.

Trabajaba como traductora de libros, artículos y otros textos. Al inicio, lo hacía de manera presencial.

Poco después, la modalidad cambió.

“Empezaron a pedirme trabajar desde casa”, recuerda.

Pasaba la mayor parte del día dentro del departamento.

“Empecé a tener demasiado tiempo libre y me aburría muy fácil”, dice.

Había días en los que no hablaba con nadie.

“Era una forma de sentirme cerca de ellos”, explica.

Al principio eran lapsos breves, momentos entre tareas. Media hora al día, a veces menos.

Con el tiempo, esos periodos se hicieron más largos.

Se enfocaba en la pantalla sin advertir las horas transcurridas.

Esa cercanía también le generaba una sensación de vacío. Ver la vida de otros le recordaba la distancia propia.

Entonces buscó otra forma de distraerse.

Dejó Facebook.

Migró a Instagram.

Uno llevaba a otro.

“Me distraía”, dice. “Podía pasar horas sin darme cuenta”.

“Ahí se me iba el día”.

Sobre este tipo de consumo, Jennifer Lira Mandujano, académica de la Facultad de Psicología de la UNAM, explica que se basa en estímulos breves y repetitivos que activan los circuitos de recompensa del cerebro.

Señala que, con el tiempo, puede aumentar la dificultad para interrumpir la actividad y que las personas recurran a estos contenidos para regular su estado emocional.

El cambio fue gradual.

La pantalla dejó de ser una forma de acercarse a otros.

Se convirtió en una forma de evadir la distancia.

El despido y lo que vino después

Pasar tantas horas frente al celular comenzó a hacer estragos en la vida de Abigail, principalmente en el aspecto laboral.

Para Abigail, las llamadas de atención constantes y las correcciones no eran un riesgo ni motivo de preocupación. Su atención ya no estaba en su profesión, sino en el siguiente video, en reaccionar, comentar o compartir.

Y aunque su jefa intentó darle oportunidades para mejorar, el quiebre se presentó cuando se atrasó más de dos semanas en dos textos que, normalmente, le llevaba tres días traducir.

Me despidieron, solo estuve tres meses en ese empleo”, lamenta.

Abigail recurrió a sus padres, a quienes les mintió: les dijo que habían cerrado la empresa y no que la habían despedido.

No quería admitir que era por pasar demasiado tiempo en su teléfono y en sus redes sociales.

Bajo ese argumento, consiguió que le enviaran dinero mientras buscaba otro empleo.

No lo hizo.

La falta de una rutina laboral amplió el uso del celular. Sin horarios ni supervisión, los días comenzaron a organizarse en torno a esa actividad.

La vida fuera del celular

Al paso de los días, Abigail se había vuelto otra persona.

De la joven que disfrutaba salir a caminar, pasear en el parque con su perro y convivir cara a cara, quedaba cada vez menos. En su lugar, se consolidaba una rutina centrada en ese dispositivo.

Se irritaba si salía y se quedaba sin señal o sin batería. Evitaba salir de casa por miedo a no tener conexión.

En una ocasión, aceptó ir a tomar un café con algunas vecinas de su calle. Era la primera vez, desde que empezó a trabajar desde casa, que salía a convivir con otras personas.

Llegó antes que ellas. Buscó una mesa donde pudiera cargar su teléfono para  revisar mensajes.

Cuando levantó la mirada, las tres ya estaban sentadas.

La reunión duró menos de media hora.

Al mismo tiempo, su rutina diaria cambiaba.

Dejó de cocinar y optó por pedir comida a domicilio. También abandonó el gimnasio y aunque intentó hacer ejercicio en casa con videos, no logró sostenerlo.

El cambio se reflejó en su cuerpo: de pesar 52 kilos pasó a 61.

Uno de los episodios que más le cuesta recordar ocurrió en una estética a la que solía acudir con frecuencia.

Mientras la atendían, Abigail estaba concentrada en su celular, participando en uno de sus chats grupales. No escuchó cuando le pidieron que levantara la cabeza. Tampoco la segunda vez.

La reacción fue inmediata.

Solo quería seguir viendo mi celular y cuando me di cuenta ya tenía las miradas de las clientas clavadas en mí. Me quité la bata y aventé el dinero para salir corriendo del local y regresar a casa”, añade.

Para Jennifer Lira Mandujano, académica de la Facultad de Psicología de la UNAM, cuando una persona desarrolla una relación de dependencia con este tipo de estímulos, la interrupción puede generar irritabilidad o respuestas desproporcionadas.

En el caso de Abigail, ese momento marcó un punto de quiebre.

La forma en la que se relacionaba con los demás, y consigo misma, ya había cambiado.

Aún no lo veía como un problema.

Afuera de su pantalla, las consecuencias empezaban a acumularse.

La deuda que alejó a su padre

Tras el incidente en la estética, Abigail intentó reorganizar su rutina y buscar trabajo.

No tardó en encontrar uno como secretaria en una empresa a la que podía llegar en media hora desde su casa. El salario era bueno.

“Tenía que estar al pendiente de la agenda de mi jefe, pasarle recados, recordarle sus juntas y reuniones, y no pude hacerlo”, relata.

Era un trabajo que requería atención constante al teléfono y a la computadora, no para ver contenido en redes sociales, sino para atender pendientes.

Quería seguir al tanto de lo que ocurría en sus redes, entonces compró un reloj inteligente.

“Para no perderme nada de mi mundo decidí comprarme un smartwatch y así poder ver mis notificaciones más rápido y sin que se dieran cuenta”, dice.

La compra no se limitó a ese dispositivo.

Los gastos se hicieron con la tarjeta de crédito de su padre.

La dinámica en el trabajo se repitió.

Abigail revisaba constantemente sus notificaciones, se distraía con el teléfono y dejaba de atender sus responsabilidades. Olvidaba recados, no contestaba llamadas y se atrasaba en las tareas.

En menos de un mes, perdió ese empleo.

Sin ingresos y con los gastos acumulados, su padre tuvo que asumir la deuda.

La relación entre ambos se deterioró.

Dejaron de hablar.

Mientras tanto, en su departamento, la frustración se hacía más frecuente.

Para entonces, las consecuencias ya no se limitaban a su tiempo o a su comportamiento.

También alcanzaban su economía y sus relaciones familiares.

Y aun así, nada de eso fue suficiente para detenerla.

Una adicción sustituyó a otra 

Abigail recibió el otoño nuevamente desempleada y con deudas.

Eso no modificó su rutina.

La inactividad comenzó a pasar factura.

Tras varias semanas llegaron los dolores en la espalda y la dificultad para moverse. Actividades simples, como estirarse o caminar dentro del departamento, le resultaban cada vez más pesadas.

Entonces decidió cortar de tajo su relación con las redes sociales.

Caminó hacia su escritorio, donde tenía el celular, el reloj y la computadora.

Al teléfono lo golpeó hasta romper la pantalla. Después, llenó una cubeta con agua y sumergió los otros dispositivos.

Esa noche, pensó que había terminado con esa etapa.

No fue así.

La primera noche sin redes sociales no pudo dormir. A la siguiente, aparecieron otros síntomas.

“Me daba comezón en todo el cuerpo, sentía que me faltaba el aire, que temblaba. Pensé que alguien me estaba viendo desde el edificio de enfrente”, recuerda.

Intentó calmarse.

No tenía medicamentos. Tomó una copa de vino.

Al día siguiente pidió dinero a su hermana.

“Le dije que era para la despensa. Fui al supermercado, pero no compré comida más que la del perro. Lo demás lo gasté en alcohol”, cuenta.

Así, el consumo de redes sociales fue reemplazado por otro.

La hermana que nunca se fue 

Con la vida envuelta en vinos y tequilas, Abigail no pensaba que alguien más fuera a intervenir.

A finales de noviembre, su hermana llegó a la Ciudad de México.

Encontró a un perro más delgado y a una Abigail debilitada, con dificultades para realizar actividades básicas. La llevó a un hospital, donde —según relata— fue diagnosticada con alcoholismo.

“Mi hermana se quedó conmigo hasta diciembre. Me pagó el médico, la despensa, la comida de Pedro. Me bañaba, me insistía para comer, me vestía… yo parecía una muñeca de trapo. Solo me movía cuando ella lo hacía”, recuerda.

Fue ella quien le propuso iniciar terapia.

“Me dijo que no me preocupara por el dinero, que ella lo iba a cubrir. Acepté, aunque me daba vergüenza decir que empecé a tomar por no ver Instagram”, dice.

Con el tiempo, comenzó a asistir a sesiones psicológicas y a un grupo de Alcohólicos Anónimos cercano a su casa.

A tres meses de su sobriedad, Abigail sigue viviendo con su hermana.

Tiene un nuevo teléfono, sin acceso a redes sociales.

Ha comenzado a reorganizar su rutina.

Asiste a sus sesiones, toma clases de batería y ha retomado los paseos con su perro.

Las mañanas, que antes pasaban frente a una pantalla, ahora vuelven a tener otra forma.

Abigail sabe que puede recaer.

También reconoce lo que perdió.

“Lo bueno de estar abajo es que la única opción que tienes es subir”.

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