La Habana/Meses de trabajo de mesa y ensayos estuvieron a punto de irse por la borda el pasado sábado en el Gran Teatro de La Habana. Ese día era el colofón de esa preparación para el concierto Caruso, una velada lírica en conmemoración de la histórica presencia en Cuba del famoso tenor italiano Enrico Caruso, quien actuó en 1920 en ese emblemático sitio, entonces conocido como Teatro Tacón. Sin embargo, 20 minutos antes de iniciar el programa, colapsó el sistema eléctrico nacional, en lo que fue el segundo apagón total en una semana.
“Organizar y llevar a cabo un proyecto se hace cada día más difícil”, lamenta Yhovani Duarte, director de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana, en un sentido post en redes sociales, en el que cuenta que, pese a la falta de electricidad, decidió seguir con el concierto ante la presencia del público, que colmó el lugar.
“El director del teatro me llamó y me dijo: ‘¿qué hacemos?’. Pues abrimos las ventanas y hacemos música hasta que la luz lo permita, el público está ahí y lo merece. Ver todos los asientos cubiertos y algunas personas de pie eran motivo más que suficiente para brindar lo mejor de nosotros”, escribe.
“Se hace la magia. A la media hora solo se ven las pequeñas luces de los músicos y a los cantantes no se les distingue el rostro, pero están increíbles”
Desde el otro lado, en el público, estaba el contratenor Ubail Zamora. Como espectador, cuenta que, ante la oscuridad, la orquesta utiliza unas lámparas portátiles para iluminar las partituras. “Se hace la magia. A la media hora solo se ven las pequeñas luces de los músicos y a los cantantes no se les distingue el rostro, pero están increíbles… dando lo mejor de sí”, dice en una publicación en sus redes sociales.
Desde el escenario, Yhovani Duarte y sus músicos experimentan una catarsis con el público, conforme la noche arrancaba los últimos halos de luz. “Fue hermoso escuchar la enorme ovación que recibió el coro tras la interpretación del Va, pensiero, de la ópera Nabucco, y los intensos aplausos a cada solista y a la orquesta. El concierto transcurría y el atardecer nos iba regalando la penumbra y sucedió la magia”.
“Con la primera armonía del Nessun dorma de Turandot, como si hubieran dado una señal, se encendieron de una sola vez las linternas de los celulares en el público y toda la carga emotiva se hizo evidente en la cara y las lágrimas de los músicos de la orquesta, y en la mía”, agrega el director.
Enfrente, desde la perspectiva de Zamora, las lámparas de los móviles empiezan a develar quiénes les están brindando, “quizás, una de las pocas alegrías del día, de la semana, del mes… Cuando todo termina la ovación llena el lugar y sale por las ventanas del recinto”.
“Cuando todo termina la ovación llena el lugar y sale por las ventanas del recinto”
“El brindis de La Traviata ya fue una catarsis para finalizar. Fue una tarde-noche mágica que nunca voy a olvidar”, agrega por su parte el director de la Orquesta Sinfónica en su mensaje, que suma decenas de comentarios, en los que destacan el profesionalismo y el coraje para realizar su trabajo, pese a las adversidades.
Duarte cerró su post agradeciendo al equipo del Teatro Lírico Nacional de Cuba y de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso y al público, “que nos acompañó hasta el final en lo más oscuro de la noche, pero con la luz que solo la música puede brindarnos”.
La luz que generaron los músicos y los asistentes se disipa. “Afuera hay una Habana a oscuras”, dice Ubail Zamora, quien, como el resto de los espectadores, toma camino a casa. “Me voy con algunos amigos pasando frente a un Capitolio en penumbras, intentando seguir iluminado tras la hora maravillosa que acabo de pasar”, dice, aunque inmediatamente admite que “la realidad te da en el rostro con un golpe seco cuando te despides de todos y sabes que vas a transitar por una Habana Vieja oscurisima y peligrosa”.
“Llegas a casa, con el alma trémula y sola tras un día que parecía maravilloso. Y escribes 24 horas después, aún sin luz, con una conexión endeble, intentando acopiar mucha calma para que salgan las palabras precisas, las que merecen tus colegas y cada persona que hizo posible cambiarnos la vida por una hora”, dice. Y concluye: “La carga del móvil se acaba, y en la distancia parece que le han puesto luz a uno de los barrios próximos porque ves el resplandor. Aquí me comen los mosquitos y lentamente me apago. Vuelvo fosco a mi rincón, y de la luz… ni la esperanza”.
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