Rumbo a la demolición cultural de Occidente (IV) – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, ColumnasCiudad de Mexico, 8 de marzo de 2026
III. Occidente en la mira
¿Qué representa Occidente? La libertad.
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¿Por qué destruirlo? La respuesta es posible encontrarla en la literatura clásica: porque es la encarnación de aquella luciérnaga, protagonista en la fábula de Esopo que al tratar de escapar de una serpiente que va en pos suyo y el delicado insecto preguntarle: “¿Por qué quieres acabar conmigo?” “Porque brillas”, le responde su fatal depredadora.
Sí, la mejor analogía de Occidente, para el que la libertad ha sido luz guía y principio estructural rector a lo largo de su desarrollo histórico: en los tiempos grecorromanos, siendo considerada desde una dimensión jurídica. En Grecia, al aportar la idea de la “eleuthia” en tanto libertad o acción emprendida para ser libre; en Roma, al introducir el concepto de persona, noción estrechamente asociada con la categoría de libertad que se detentara y, en la cultura judaica antigua, gracias a la poderosa influencia nutricia de su pensamiento antiguo, desde cuya visión la libertad era comprendida como la responsabilidad del individuo para comprometerse y ser congruente consigo mismo y con la ley divina.
Libertad que, con el paso de los siglos, el hombre occidental pudo ir extendiendo hacia distintos espacios de su pensamiento, actuar y ser. En un inicio, cuando en el mundo clásico el esclavo logró conquistar diversas vías de emancipación respecto de la potestad de su amo. Después, cuando durante la Edad Media el hombre asumió bajo la influencia del cristianismo que, por designio divino, le había sido otorgada una nueva potestad espiritual: el libre albedrío, logrando así -poco a poco- escapar de la servidumbre rural en aras de unirse con otros individuos -en sus mismas circunstancias- para dar vida a nuevos espacios, hasta cierto punto de autogobierno, en los que habría de predominar una incipiente y poderosa libertad: las famosas ciudades del bajo medioevo -de las que habló Henri Pirenne y luego Johan Huizinga- que se convirtieron en epicentros del auge artesanal y mercantil y, más tarde, en almácigos del nacimiento de las primeras universidades en las que comenzó a despertar un nuevo tipo de libertad: la protolibertad de pensamiento, al constituirse en los “loci” ideales donde germinó el florecimiento de la génesis del saber científico que en el Renacimiento tuvo en Leonardo Da Vinci a su principal exponente.
Anhelo libertario que en el siglo XV tendrá en el pensamiento de Pico della Mirandola -influido grandemente por el platonismo, aristotelismo, hermetismo y cábala cristiana- un basamento coyuntural desde el momento en que aporte a la humanidad su emblemático y “cuasi” manifiesto del hombre renacentista: “Oratio de Hominis Dignitate” (1486). Texto fundacional que, al concebir que el hombre es un ser que asienta su dignidad en su capacidad creadora -estando identificado con su Creador divino- y, ante todo, en su libre albedrío, favorecerá la eclosión del nuevo concepto de “dignidad” que, con el paso de los siglos, desembocará en el surgimiento de la teoría de los derechos humanos.
Un valioso triple legado: jurídico clásico, espiritual medieval y antropológico renacentista, sobre el que la Ilustración terminará por transformar la libertad en un principio político universal, principalmente a partir de que filósofos como John Locke e Immanuel Kant sostengan que la libertad es un derecho inherente a toda persona y, en consecuencia, debe ser reconocido por el orden político. Así, lo que durante siglos se transformó de un asunto jurídico, en facultad moral y finalmente en dignidad humana, para finales del siglo XVIII culminará en la noción de libertad como derecho universal del hombre.
A partir de entonces, la libertad dejará de ser un principio abstracto y comenzará a desplegarse en diversas esferas de reconocimiento y protección concretas, dando lugar a nuevas formulaciones libertarias: libertad política, de conciencia, de pensamiento, de conocimiento, de culto, de expresión, de asociación, de trabajo, de comercio, de elección, en suma: de todo lo que implique y signifique la libertad del individuo frente al poder y a todas sus manifestaciones. Espacio epistémico y ontológico que tendrá durante la Ilustración en la obra de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot a algunos de sus más conspicuos estudiosos y defensores, así como el mayor de sus ecos conceptuales y pragmáticos.
No obstante, la libertad no supuso para los ilustrados el goce de una autonomía ilimitada. Se mantuvo como una facultad inseparable de la responsabilidad moral del individuo y del orden racional que debía sostenerla, pero con el transcurrir de los siglos, ese delicado equilibrio comenzó a alterarse. La libertad en Occidente terminó progresivamente desligada de los fundamentos éticos y culturales que le habían dado origen y, conforme se avanzó en su ejercicio, se fue convirtiendo cada vez más en una mera afirmación de la voluntad individual, lo que abrió -inadvertidamente- el umbral por el que habría de deslizarse aquello que la antigua fábula de la luciérnaga presagiaba: una sombra ofídica que, incapaz de soportar su luz, buscaría apagarla. (Continuará)
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