A sir Roger Scruton, padre de Scrutopia
In Memoriam
Cuando las personas se cansan de la cultura heredada, desarrollan una cultura de repudio que les conduce al desastre.
R. Scruton
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Recientemente, el escritor español Arturo Pérez Reverte dijo: “No hay en la historia de la humanidad seres más admirables que quienes supieron perder con estilo… el estoico sabe que no puede educar al mundo… así que, cuando no hay más remedio, dice lo que piensa o guarda silencio, según la coyuntura. Después se levanta y se va”.
Decisión contundente que, haciendo mía esa imagen, me conduce en esta ocasión a optar por decir lo que pienso sobre un tema que hoy permea en todos los órdenes de nuestra vida actual, ya que de preferir callar, indudablemente asumiría complicidad y favorecería aquello en lo que no creo. ¿Esto es envejecer? En términos pérezrevertianos probablemente, pero bendita sea la vejez. No obstante, sin temor en lo absoluto a ella, creo que el hecho de hablar o callar no sólo es cuestión de edad o madurez. Esta potestad también se inscribe en el marco de libertad o censura social, política o ideológica, en la que un individuo está inscrito. Así que no perderé esta oportunidad, ya que, de no reorientarse la tendencia dictatorial en la que está inmersa nuestra Nación, pronto podría ser demasiado tarde para hacerlo. Y no sólo por el Estado autocrático, sino también por el sector social que, empoderado y afincado en el discurso oficialista, termina por asumirse en coadyuvante del silenciamiento de todo aquel que no comulga con su “credo”.
Pues bien, a lo largo de seis colaboraciones dominicales me permití reflexionar sobre la demolición cultural de Occidente -tema inagotable y de una profundidad enorme-, resultándome imprescindible citar el posicionamiento al respecto del filósofo británico sir Roger Scruton. Sin embargo, no me pude exceder ahondando en su pensamiento por obvias razones. Ahora, a la luz de las circunstancias actuales, considero fundamental el hacerlo, porque si ha habido un humanista contemporáneo que no sólo se dio cuenta del proceso en marcha que estaba y está teniendo lugar para destruir justamente a Occidente y todo lo que éste representa, fue él.
Solo que esta empresa no es asunto menor: el abordaje crítico sobre Scruton resulta por demás complejo a la luz de los múltiples aspectos que tienen concurrencia e incidencia en su visión. Ahora bien ¿por qué realizarlo? Porque quien se aproxima a su pensamiento, no vuelve a ver la realidad de la misma manera, desde el momento en que adquiere la conciencia de que Occidente está inmerso en una crisis que le afecta en todos los órdenes, sobre todo en el cultural, y aunque probablemente sea ya demasiado tarde para hacer conciencia de ello y dar un golpe radical de timón, hay poderosas señales de que, tal vez, una esperanza se ha encendido en torno a la posibilidad de que Occidente no sea exterminado.
Por ello mismo, ahora más que nunca necesitamos atender los planteamientos del intelectual que no dudó en elevar su voz a pesar de que ello le valió ser cancelado en el mundo académico y tener que enfrentar el reto de reinventarse, lo que le condujo a fundar Scrutopia, el espacio académico-familiar en el que pudo formar nuevas conciencias, despertándolas del letargo y la postración a la que décadas de control ideológico habían abducido.
Un despertar que en el académico de izquierda Scruton tuvo a su vez lugar cuando, estando en París, fue testigo presencial de las movilizaciones de 1968, solo que él, a diferencia de la mayoría de los intelectuales de entonces, se planteó un hecho: ¿cómo es posible que la juventud destruya sus propias instituciones? A partir de ese momento -dirá más tarde-, supo que se había convertido en un conservador. Si la izquierda implicaba demoler instituciones, él no podía ser más de dicha filiación.
Reorientación que tendrá un segundo momento de epifanía cuando visite Europa Oriental, especialmente Checoeslovaquia, y allí se de cuenta de cómo la población es resistente y opositora íntimamente al régimen soviético y, sobre todo, a las consignas a las que estaba sometida. Desde entonces, él será como un radar que detecte en el lenguaje, en los lemas y políticas, los tentáculos de un proceso enfocado hacia la pulverización de Occidente con el objeto de reducirlo a una lamentable condición de extrema vulnerabilidad estructural y superestructural (fundamentalmente ideológica), hasta terminar por hacerlo víctima propiciatoria de cualquier fuerza o sector que pretendiera conquistarlo o, aún más, reconquistarlo.
Y no, no critico a quienes hoy en día siguen enceguecidos. Yo también creí que íbamos en la ruta correcta para el “despertar” de Occidente y que los autores que tanto estudiábamos planteaban lo correcto. Pero así como Scruton se enfrentó a su realidad. Habemos quienes hoy también nos damos cuenta de que el mundo occidental no sólo está desnaturalizando los valores y principios en los que un día creyó: los está aniquilando. Y esto es trágico, porque entonces surge una dolorosa pregunta autorreflexiva: ¿cuál era entonces esa ruta en la que estábamos insertos y en la que muchos aún creen? (Continuará)
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