Kevin Aragón
Nacido entre artistas
Entre los miembros fundadores del seminario estaban Frida Kalho, el compositor Manuel M. Ponce, el escultor Luis Ortiz Monasterio, los escritores Enrique González Martínez y Mariano Azuela, entre otros.
El consejo de Diego RiveraDe lo funcional a lo artístico
Tras esa experiencia, comenzó a vivir con la convicción de ser artista. En aquellos años también hizo varias amistades, como con el músico Mario Lavista. Entonces, no estaba seguro por cuál disciplina decantarse.
Viaje a París y El Salón Indpendiente
“Al querer hacer cuadros a la manera de Uccello, él me enseñó a salirme de la pintura clásica”, dice Coen, quien realizó el estudio práctico del cuadro “Las batallas de San Romano” de Uccello.
Una obra en constante movimiento
La invitación, dice, les cayó de sorpresa a él, a Juan José Gurrola y Gelsen Gas, por lo que no tenían una obra que mostrar, pero lo solucionaron, creando una idea que lo mismo causó polémica que admiración.
Último representante de la Generación de la Ruptura, el artista de 85 años cuenta su historia, que mantiene vigente con exposicioines como “Memoria, cuerpo y metamorfosis”, montada recientemente en el Seminario de Cultura Mexicana, que fundó su abuela, la mezzosoprano Fanny Anitúa junto a otros artistas como Frida Kahlo y Manuel M. Ponce
Acaba de exhibir 52 obras inéditas en el Seminario de Cultura Mexicana / Foto: Adrián Vázquez/El Sol de MéxicoArnaldo Coen cruza la sala de su departamento con paso lento, pero firme. La luz apacible, entra perpendicular por un gran ventanal e ilumina un espacio poblado muebles, libros y algunos de sus cuadros que evocan— como sugirió Octavio Paz en sus libros de ensayos “Los privilegios de la vista”— un paraíso geométrico en cada superficie.
El artista es el último integrante de la llamada Generación de la Ruptura, pero por sí mismo es uno de los más grandes representantes de la historia del arte mexicano de la segunda mitad de siglo XX y lo que va de este.
Lleva una boina negra y la barba gris bastante crecida, una apariencia que ha adoptado en los últimos años y que contrasta con la imagen, antes habitual, de su rostro completamente afeitado. Sin embargo, la sonrisa y la disposición a la aventura del dialogo siguen presentes en él.
“Mi andar lo he vivido como alguien que no se halla, pero que se encuentra entre todas las cosas. Yo no me he propuesto retratar algo en específico, eso es algo que se manifiesta. Uno está en un constante movimiento y eso es lo que provoca el cambio”, dice Arnaldo Coen, quien cumplirá 86 años el 10 de julio próximo.
“Para mí el arte es una forma de expresarse en libertad. Y esa libertad, independientemente de lo que haga cada quien, es producto de una conexión con lo inefable. El arte no tiene nacionalidad ni fecha de caducidad”, agrega quien ha declarado en varias ocasiones que “habría querido ser todos los artistas del mundo”.
Desde su primer acercamiento al arte se corrobora que su entrega ha sido conducida por el flujo de ser en libertad, pero también porque en su familia la vena artística ya estaba marcada. Su abuela, la cantante de ópera Fanny Anitúa (1887-1968), quien llegó a interpretar en el famoso Teatro de Scala de Milán, fue la fundadora del Seminario de Cultura Mexicana, en cuya sede se exhibió recientemente la muestra escultórica de Arnaldo Coen “Memoria, cuerpo y metamorfosis”.
“Cuando yo estuve más o menos en edad de salir del cascarón, mi abuela me empezó a presentar a esos personajes, que se volvieron parte de mi ambiente cotidiano, por lo que comencé a admirarlos. Yo desde que iba en el kínder ya dibujaba. Y como dicen los padres que siempre se sienten muy orgullosos del talento de sus hijos, hay niños que se la creen y yo me la creí, por esa cercanía con tan grandes personajes”, recuerda.
“No estaba yo seguro de ser un pintor ni nada, pero tenía cierta facilidad para dibujar. Luego, cuando vi por primera vez el trabajo de los muralistas quise hacer un mural con gises pastel en mi casa, pero realmente no sabía qué hacer, aunque me sirvió de práctica a la hora del juego”, cuenta el escultor.
Así fue pasando el tiempo hasta que, entre los 14 y 16 años, un amigo suyo de nombre Pedro Torres, “que dibujaba muy bien”, le preguntó si su abuela —quien también era su maestra de canto— podía presentarles a Diego Rivera para enseñarle unos dibujos. El joven Arnaldo se lo pidió a su abuela y esta accedió. Su amigo le dijo que ambos llevaran sus dibujos, que entregaron en carpetas al pintor.
La figura humana es parte esencial de su trabajo escultórico / Foto: Adrián Vázquez/El Sol de México“Entonces Diego le dijo, antes de acabar de ver sus dibujos, ‘véngase a trabajar conmigo a partir de mañana’. Mi amigo le contestó que por supuesto que iría, pero también le dijo a Diego si no quería ver mis dibujos. Luego vio mis cosas y a mí en el momento no me dijo nada. Me sentí desconcertado”.
La historia no terminaría ahí, pues un día Diego Rivera los volvió a invitar a su estudio a que le ayudaran a abrir “una gran cantidad de cajas de cartón con mecates”, en las que había parte de las piezas prehispánicas que solía coleccionar el muralista, provenientes de culturas de Guerrero y de Colima.
“Fue al final de esa tarde maravillosa, en la que Diego nos enseñó mucho porque era muy generoso, que me dijo: ‘Arnaldo, tú tienes que trabajar mucho y conocer mucho de pintura. Sería bueno que fueras con otras gentes para que conozcas sus talleres, conoce su arte y sus formas, pero no se te ocurra entrar a una escuela de arte’.
“Al principió no lo entendí, me sentí derrotado, yo quería trabajar con él, pero con los años creo que tuvo razón. Pienso que con eso me liberó, porque las escuelas de arte de México estaban con la Escuela Mexicana de Pintura. Su consejo de aprender más arte de todo el mundo, me llevó a expresarme en libertad”.
Conferencia e inauguración de la exposición “Memoria/ Cuerpo/ Metamorfosis de Arnaldo Cohen en la Galería 526, Seminario de Cultura, Polanco / Foto. Adrián Vazquez / El Sol de México “Hubo un tiempo en que pensé que quería ser bailarín, porque conocía a varias bailarinas y quería estar con ellas. Por algún motivo logré bailar, pero el maestro Federico Castro (pilar de la danza contemporánea nacional) me dijo que lo que pasaba conmigo es que tenía cuerpo de basquetbolista. Quizá simplemente no tenía el talento.
“Luego quise ser actor y estudié con el maestro Seki Sano (considerado el padre del teatro moderno en México), pero tampoco pensé que fuera lo mío. Fue ahí que mi padre me recomendó que me dedicara a algo práctico, porque, como siempre decía mi madre, estar en el arte sería ir directo al fracaso. Fue así que terminé estudiando diseño gráfico y publicidad, con el artista gráfico neoyorquino Gordon Jones”.
En esas clases, el maestro lo calificaba mal, hasta que un día se enojó con él y lo encaró. Su maestro le contestó que si le interesaban las calificaciones que se volviera maestro. Él aceptó y terminó por volverse uno de sus colaboradores. “Yo no solo iba a estudiar, sino que lo ayudaba a hacer anuncios como free lance”. Luego lo invitó a tomar clases de arte con otro grupo de alumnos.
Fue en esos tiempos, en sus constantes visitas con la familia Lavista, cuando conoció al escritor Salvador Elizondo en una reunión y este le preguntó a qué se dedicaba: “A mí sólo se me ocurrió decirle que era pintor”. Esa fue la primera vez que se reconoció como tal.
Tiempo después, el dramaturgo y director de teatro Héctor Azar, amigo que pretendía a su hermana, se enteró que Arnaldo pintaba “pero sólo por hobby”. Éste le pidió que le enseñara sus cuadros y después de un tiempo le dijo: “Ya tienes tu primera exposición”, era 1963. Fue en la Galería Mer-Kup, donde también habían exhibido Francisco Corzas, Leonel Góngora y hasta Mathias Goeritz, de quienes se nutrió visualmente.
Después de un tiempo se cambió a la Galería Juan Martín, que cerró en 2021, pero que en su momento exhibió obras de Vicente Rojo Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, Alberto Gironella, Gabriel Ramírez y otros, que terminarían siendo conocidos como la Generación de la Ruptura, título acuñado por la historiadora y crítica del arte Teresa del Conde.
“Ese término nos lo pusieron tiempo después, pero en ese entonces a alguien se le ocurrió decir que éramos artistas abstractos, que ni era así tanto, porque yo era semi-abstracto y otros como Vicente Rojo, aunque sí lo hacían, tenían muchas referencias al arte figurativo. Nosotros para nada pensábamos en cambiar el arte mexicano. Cada loco con su tema se expresaba con absoluta libertad”, dice lacónico.
En 1967, Arnaldo Coen fue becado por el Gobierno Francés en París, donde su conocimiento del arte creció, visitando de forma voraz todos los museos que pudo, para apreciar desde el arte etrusco hasta las vanguardias, reafirmando su influencia de pintores como Cézanne, Klee, Dalí, De Chirico y más.
“Entonces yo quería ser todos los pintores. No lo he logrado, pero lo sigo intentando. Se me ocurrió que para intentar lograrlo podía tener una forma que fuera como punto de partida y al mismo tiempo diera identidad. Se me ocurrió hacer una figura femenina en la que se pudieran injertar mis cuadros. El torso femenino me permitió encontrarme con todos los artistas que iba conociendo”.
Regresó a México en 1968, en plenos preparativos de las Olimpiadas que se celebrarían bajo el gobierno de Díaz Ordaz y en medio de un ambiente de protestas estudiantiles. “Entonces había varios ideólogos a nuestro alrededor, pero para mí como artista siempre fue muy importante el arte por el arte, yo jamás he pensado en ser un artista que estuviera al servicio de algo, cosa que también me pasó cuando me dedicaba a la publicidad como diseñador, ser un artista al servicio de un producto”.
Esto no significó que hubiera en él y sus contemporáneos un espíritu rebelde, el cual respondió a una exclusión de artistas jóvenes por parte del gobierno de México que había organizado una muestra por convocatoria, ignorando por completo el mérito que ya habían logrado. “Ese se iba a llamar ‘El Salón Solar’, nosotros hicimos ‘El Salón Independiente’ y ahí nos juntamos tanto figurativos como abstractos”, apunta.
Como parte de esa constante experimentación, su arte ha pasado por distintas influencias —incluido el pop art, sin proponérselo—, viviendo una especie de perpetua exploración en la que fue clave la obra del pintor italiano del siglo XIII Paolo Uccello, uno de los innovadores del uso de la geometría y la perspectiva.
En otros momentos se ha interesado en el estudio del libro de “I Ching”, por cuya estructura, filosofía y combinatoria se sintió atraído. A partir de los hexagramas del libro—resultado de combinaciones de elementos naturales— desarrolló composiciones que entendía como “paisajes, emocionales”, que podían surgir a partir del azar.
El artista recibió a El Sol de México en su casa, donde también luce parte de su obra / Foto: Romina Solís/El Sol de MéxicoEntre las múltiples exposiciones que en las que ha participado, tanto en México como en el extranjero, Coen trae a la memoria la vez que fue invitado a participar en 1972 en “documenta 5”, que era entonces una de las exposiciones más importantes de arte contemporáneo del mundo con sede en Alemania.
“Era la época del arte conceptual, que da prioridad a la idea y no el objeto. Así que dijimos que nos íbamos a robar las obras de la exposición. Entonces nos preguntaron si acaso no conocíamos la gran seguridad que había en Alemania. Y yo les dije, ‘claro que sí, pero nosotros nos vamos a robar el arte, la idea y no el objeto’”.
Su obra se ha exhibido en diferentes ciudades de Europa, Latinoamérica, Estados Unidos, India y Japón; es autor de numerosas experimentaciones y estudios, como los que ha hecho con su serie de representaciones de Emiliano Zapata y su idea de “Tierra y libertad”, la cual surgió cuando, por increíble que parezca, en 1977 fue uno de los artistas invitados para diseñar la nueva capital de Tanzania, Dodoma.
Recientemente el artista clausuró su más reciente exposición en el Seminario de Cultura Mexicana: “Memoria, cuerpo y metamorfosis”, con 52 esculturas conceptuales inéditas y puso en venta un grupo de obras en la pasada edición de Zona Maco, feria de arte que nunca se pierde.
“Él es muy ordenado y por cómo se encuentra el estudio, no refleja quién es”, dice su esposa, la galerista Lourdes Sosa, acerca de su amplio acervo. Tal vez no refleja el ser del artista, pero sí su realidad de incansable creador, con obras que se mueven constantemente entre su hogar y galerías. de México y fuera del país.
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