Dólares, tarjeta Clásica y una Habana sin turistas

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By ndh
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La Habana/La cercanía de julio y agosto se siente. Después de las diez de la mañana estar en la calle se va volviendo cada día cuesta arriba. Repelente, protector solar, pomo de agua, papel sanitario por si hay que ir al baño y paciencia, mucha paciencia. Este jueves el calor es insoportable, así que atravieso a toda velocidad el Parque Central con su conjunto de mármoles blancos que hacen rebotar el sol. Esta vez no busco un tragante de fregadero ni una lija para madera. Voy a hacer una tarea más difícil: depositar dólares en una tarjeta Clásica.

A un amigo le ha tocado el turno para comprar gasolina después de más de dos meses en la cola virtual. La boda de su hija depende de que él pueda echar 20 litros en el tanque del viejo Lada que tiene más años que la futura esposa. Como regalo, los novios han pedido que todo aquel que pueda contribuya con algo de dinero para recargar esas tarjetas azulitas que son el abracadabra para comprar en supermercados y servicentros.

Antes la gente quería, el día de su matrimonio, recibir cajas con botellas de vino, ramos de rosas, perfumes o joyería. Pero ahora habitamos un mundo descarnado donde poder mover las ruedas de un vehículo se siente como haber recibido de regalo un anillo de oro con un diamante de varios kilates. Tampoco se lanza arroz cuando los novios salen de darse el “sí quiero”. La libra supera los 300 pesos en los mercados y nadie va a tirar tanto dinero por los aires. 


Tampoco se lanza arroz cuando los novios salen de darse el “sí quiero”. La libra supera los 300 pesos en los mercados y nadie va a tirar tanto dinero por los aires

Después de recaudar los dólares para la gasolina entre varios amigos toca otro trago amargo. En toda La Habana son pocos los lugares donde se puede recargar una tarjeta Clásica, emitidas por el brazo financiero de los militares: Fincimex. Esos locales están a expensas de los apagones, las fallas de conexión con el banco y cualquier otro problema que van desde la tupición de una cañería hasta las secuelas del chikunguña que sufre un empleado.

Enfilo para la tienda Harris Brothers en la calle O’Reilly de La Habana Vieja. Frente a la entrada principal ya hay una cola de una docena de personas que están para el mismo trámite. La espera es angustiosa. El sol ya pica bastante, no hay lugar para sentarse y a pocos metros una fosa albañal esparce sus “aromas”. Para entrar al diminuto local donde recargan la Clásica hay que dejar la cartera en el guardabolsos del mercado. En cada tienda en Cuba donde se venda algo más o menos valioso, uno debe deshacerse de mochilas, jabas y paquetes. Todos somos potenciales ladrones para la corporación Cimex que administra estos mercados.

En todo el trayecto no he visto ni un solo turista. El custodio a las afueras del Floridita tenía cara de aburrimiento. En la puerta de la librería La Moderna Poesía, cerrada hace años, dormitaba un anciano sin hogar. Por el tramo de la calle Obispo que alcanzo a ver solo circula una vendedora de maní y el empleado de un restaurante privado, ataviado con una camisa blanquísima y una pajarita negra, que va mirando hacia el suelo con cara de hastío. Seguro que cada vez hay menos propinas, pienso.

El dólar siempre ha sido el mejor recibido por camareros, bartenders y cuidadores de baños por todo el país. No todas las propinas son iguales. La divisa extranjera, sea estadounidense o europea, levanta el ánimo, hace aflorar sonrisas en los rostros cansados de los meseros y hasta logra que aparezca desinfectante y papel sanitario en el baño del más humilde negocio. Pero los dólares están escasos porque casi no llegan turistas. Si pudiera, el régimen recogería todos los que circulan por las calles y no me extrañaría que en algunas oficinas “por allá arriba”, todavía haya quien sueña con volver a penalizar el fula y meternos en la cárcel si se nos ocurriera llevarlo en los bolsillos.

Las Clásica son parte de la aspiradora oficial para chupar todos los dólares que se pueda. Un plástico donde uno deposita esos billetes verdes y luego no puede sacarlos, solo comprar en las tiendas y las gasolineras que administra el mismo dueño de esas tarjetas. Estoy repasando todo eso mientras espero a las afueras de las Harris Brothers. Pero también pienso en lo ineficiente que es el régimen de esta Isla para llevar a cabo cualquier tarea, incluso una que le interese con tanta urgencia, como sacarnos el rostro de Lincoln y de Washington del bolsillo.


Pero también pienso en lo ineficiente que es el régimen de esta Isla para llevar a cabo cualquier tarea, incluso una que le interese con tanta urgencia, como sacarnos el rostro de Lincoln y de Washington del bolsillo

“Para lo único que son buenos es para reprimir”, me repite una amiga cada vez que me quejo de planes oficiales que se inauguraron a bombo y platillo y pocas semanas después ya no funcionan. Finalmente me toca el turno para depositar el dinero que terminará moviendo el Lada que llevará a la hija de mi amigo al Palacio de los Matrimonios. Han pasado dos horas desde que comencé la cola. He tenido suerte. Otro local cercano donde antes se prestaba el mismo servicio lleva semanas cerrado.

La empleada mira con duda cada billete que le entrego. Ni la Junta de la Reserva Federal de Estados Unidos examina tan de cerca estos papeles. Si alguno tiene algo escrito con bolígrafo, queda descartado. Si el rostro de Franklin está muy arrugado, no lo aceptan. Si Hamilton tiene unos pliegues que le atraviesan la mirada, rechazado. Tanta necesidad de tener dólares y tantos remilgos para aceptarlos, me quejo mentalmente. Finalmente paso la prueba, deposito el dinero y la mujer me entrega un vale que muestra que la operación se ha completado.

Llamo a mi amigo. “Dile a tu hija que alquile el traje que la gasolina ya está casi asegurada”. Creo que, de todas formas, llevaré un poco de arroz para lanzar en la boda. Una cucharada o dos, no más.

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