Luis Ramírez / Corresponsal
Cuando Jesús inclinó la cabeza, no hubo estruendo. Solo un murmullo contenido entre la gente.
La historia había comenzado dos horas antes, en las calles del pueblo.
El recorrido, de más de dos kilómetros, se volvió una prueba de resistencia.
“Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera” (Juan 19:17).
La escena bíblica se repetía, pero aquí el cansancio tenía nombres y rostros conocidos. Jesús cayó. Y volvió a caer. Y estuvo a punto de no levantarse.
Aun así, siguió.
El campo de futbol de la unidad deportiva se convirtió en el Gólgota. Ahí terminó el camino.
Los clavos, el madero, los gritos. Todo ocurrió frente a miles de personas que miraban sin apartar la vista. Había fe, pero también había indignación.
Desde la cruz, la voz de Jesús rompió el aire:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
A sus lados, los dos ladrones compartían el mismo destino. Dimas y Gestas también llevaban en el cuerpo las huellas de los golpes.
Gestas habló primero, con rabia: “¿no eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lucas 23:39).
Dimas, en cambio, miró distinto: “nosotros recibimos lo que merecen nuestros hechos; pero este nada malo hizo” (Lucas 23:41).
Y luego, casi en un suspiro: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42).
La respuesta fue breve, pero suficiente: “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).
Entre la multitud, la escena pesaba. No era solo una representación: era el reflejo de algo más profundo.
Frente a la cruz, la figura de Caifás recordaba la sentencia que había marcado el destino: “conviene que un solo hombre muera por el pueblo” (Juan 11:50).
El tiempo avanzó lento.
El rostro de María —interpretada por Alejandra Monserrat Cabrera López— se encontró con el de su hijo en la capilla del Calvario y luego lo acompañó hasta el final. Su dolor no necesitaba palabras.
En la cruz, Jesús pronunció sus últimas frases:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46).
“Todo está consumado” (Juan 19:30).
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).
Y entonces, el silencio.
A las 14:19 horas, todo terminó. Pero no del todo.
Cuando bajaron los cuerpos, la escena cambió de tono. La fe dio paso a la urgencia. Jesús y los dos ladrones fueron llevados a los servicios médicos. Ahí, lejos de la mirada del público, fueron atendidos, rehidratados, ayudados a recuperar fuerzas.
Porque la representación había sido intensa, real en muchos momentos. El cuerpo lo resentía.
Alberto García Zárate, quien había llegado desde Nueva York para cumplir una manda, terminó exhausto, marcado, pero en pie. Dijo que no se arrepentía. Que lo volvería a hacer.
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