El “wow” como síntoma cultural – El Sol de México

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El “wow” como síntoma cultural – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, ColumnasCiudad de Mexico, 12 de abril de 2026

Hay asombros que iluminan y hay asombros que inquietan. El nuestro pertenece a estos últimos. No es el asombro del descubrimiento, sino el del desajuste

La inteligencia artificial no nos sorprende por lo que es capaz de hacer, sino por lo que revela de nosotros. Ese es el núcleo del malestar.

Ahí radica el malestar: en esa paradoja donde sabemos más, pero entendemos menos.

Debajo, lo que se juega es otra cosa: nuestra relación con el sentido. Con la memoria. Con el tiempo. Con el otro. Con nosotros mismos.

Tal vez por eso la pregunta más urgente no sea qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos hacer nosotros con ella. No en términos de eficiencia, sino de significado.

Porque al final, más allá del brillo de la pantalla, más allá de la velocidad de las respuestas, lo que permanece es una decisión silenciosa: seguir pensando…o acostumbrarnos a no hacerlo.

Y en esa decisión —frágil, cotidiana, profundamente humana— se juega algo más que la educación. Se juega nuestra manera de estar en el mundo.

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Algo no termina de encajar cuando vemos operar a la inteligencia artificial: no porque no entendamos lo que hace, sino porque intuimos —con una mezcla de fascinación y desasosiego— que aquello que observamos nos incluye más de lo que quisiéramos admitir.

No es casual, entonces, que recientemente, en la sesión de abril del Seminario Permanente de Ciencias Sociales y Humanidades Digitales del INAH, el arqueólogo Manuel Dueñas García hiciera alusión a este mismo desasosiego. Al final de su intervención, colocó el tema no como una inquietud técnica, sino como una interrogación profundamente humana: ¿qué parte de nosotros queda expuesta cuando las máquinas comienzan a imitar, con inquietante precisión, nuestras formas de conocer, recordar y significar?

A ese instante lo hemos bautizado con una expresión ligera, casi infantil: “wow”. Pero detrás de esa exclamación hay algo más denso, más oscuro incluso. El “efecto wow” no es sólo una reacción emocional frente a la novedad tecnológica; es un síntoma. Un indicio de que algo en nuestra relación con el conocimiento, con el tiempo y con nosotros mismos, se ha desplazado.

Porque si una máquina puede escribir, sintetizar, responder, organizar ideas con eficacia, la pregunta que emerge —aunque tratemos de evitarla— es incómoda: ¿en qué consistía entonces nuestra supuesta singularidad? Durante mucho tiempo construimos una imagen de la inteligencia como acumulación, como dominio progresivo de contenidos, como capacidad de respuesta. Hoy, esa definición se vuelve insuficiente. No falsa, pero sí incompleta. Y esa incompletud es la que produce inquietud.

Hay aquí una resonancia profunda con ese malestar que atraviesa la cultura moderna: la sensación de que los dispositivos que creamos para ampliar nuestras capacidades terminan, silenciosamente, reconfigurándolas. No es la primera vez que ocurre. Pero quizá sí es la primera vez que sucede con tal velocidad y con tal nivel de intimidad.

El “wow” es, en ese sentido, una forma de defensa. Nombramos con entusiasmo lo que, en el fondo, nos desestabiliza. Convertimos en espectáculo lo que debería interpelarnos. Celebramos la eficiencia para no detenernos a pensar en sus consecuencias. Y sin embargo, algo persiste.

Porque el problema no es que la máquina piense. El problema es que nosotros estamos empezando a dejar de hacerlo de ciertas maneras. La inmediatez desplaza a la reflexión, la respuesta sustituye a la pregunta, la disponibilidad permanente de información debilita la experiencia del tiempo necesario para comprender. El conocimiento se vuelve accesible, pero pierde densidad. Se expande, pero se adelgaza.

Las humanidades digitales, junto con las ciencias históricas y antropológicas, aparecen entonces no como un refugio nostálgico, sino como un espacio de resistencia crítica. No para negar la tecnología, sino para interrogarla. Para recordar que los datos no hablan por sí mismos, que toda interpretación implica un horizonte, que toda memoria necesita contexto.

La historia, por ejemplo, no es sólo una acumulación de registros; es una forma de conciencia. Nos enseña que todo presente está atravesado por capas de tiempo, por conflictos, por silencios. La inteligencia artificial puede organizar información histórica, pero no puede experimentar la densidad de lo vivido. No puede habitar la memoria.

La antropología, por su parte, nos recuerda que el mundo no es homogéneo. Que las formas de vida, de pensar, de sentir, no son reducibles a patrones universales sin pérdida. Cuando la inteligencia artificial clasifica, predice, modela, corre el riesgo de simplificar lo irreductible. Y en esa simplificación se juega algo fundamental: la posibilidad de reconocer al otro en su diferencia. El “efecto wow”, entonces, también puede ser una forma de borramiento.

Pero no todo está perdido en ese deslumbramiento. Porque el asombro, incluso en su forma más superficial, contiene una potencia: la de abrir una grieta. Y en toda grieta hay una posibilidad de pensamiento. La pregunta es si estamos dispuestos a habitarla o si preferimos sellarla con respuestas inmediatas.

El aula, en este contexto, se convierte en un espacio decisivo. No como lugar de transmisión, sino como territorio de interpretación. Allí donde aún es posible sostener la pregunta, ralentizar el tiempo, incomodar la evidencia. Allí donde el docente no compite con la máquina, sino que introduce aquello que la máquina no puede ofrecer: la experiencia de pensar.

Pero hay que decirlo con claridad: el malestar no desaparecerá. No se resuelve con más tecnología ni con menos. Es un malestar estructural, propio de una cultura que ha llevado al límite su fe en la técnica. Y como todo malestar, no se elimina: se comprende, se trabaja, se transforma. El “wow” es apenas la superficie de ese proceso.

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