Hace unos momentos escuché una entrevista en radio sobre la situación de Nayib Bukele en El Salvador. Mencionaban que uno de cada 50 salvadoreños está encarcelado como resultado del régimen de excepción.
Los salvadoreños eligieron a Bukele desde la desesperación, porque “no había de otra”. Esa historia también es bien conocida en México: elegimos al menos peor.
Las historias se repiten, con regímenes de excepción o sin ellos. Las decisiones suelen llegar cuando el agua ya nos rebasó el cuello. Actuamos desde la urgencia, no desde la prevención.
En todos lados se cuecen habas. Nunca nadie está completamente conforme. Pero hay decisiones que marcan un antes y un después.
Después de este régimen de excepción, ¿cómo será recordado Bukele? ¿Como el presidente que devolvió la seguridad o como un dictador más en la larga historia de América Latina?
Entonces, ¿qué fue realmente lo nuevo?
El verdadero cambio no está en los gobiernos, ni en los regímenes, ni en las medidas extraordinarias, sino en la capacidad de una sociedad para formar criterio, sostener instituciones y asumir su responsabilidad.
Solo entonces —cuando dejemos de reaccionar y empecemos a decidir con claridad— podremos aspirar, no a cambiar de historia… sino a dejar de repetirla.
Más de lo mismo.
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