No, para nada. Las obras de arte no son moco de pavo ni cualquiera las puede hacer… o como dijera Anthony Quinn: “Si las cosas fueran fáciles, cualquiera las haría”.
Hacer una obra de arte requiere, sí, un poquito de gracia y otra cosita; digamos que un cinco por ciento de inspiración y 95 por ciento de transpiración. Eso es.
Truman Capote lo dijo así: “Cuando Dios te da un don también te entrega un látigo, y la sola función de ese látigo es la autoflagelación…”
Y así, compositores creativos y artistas de todos los niveles en distintas etapas de la historia de la música universal.
Pero en contraposición Tchaikowsky hizo obras incomprendidas.
Otro caso es el concierto para violín y orquesta. Es una de las obras más significativas y populares de Tchaikowsky.
Lo escribió en Clarens, Suiza, un lugar al que acudió para escapar de una de sus muy frecuentes crisis emocionales. Se había divorciado y temía la reacción del público ruso, extremadamente conservador.
Eduard Hanslick lo llamó “largo y pretencioso” y dijo que el mismo “nos puso cara a cara con la repugnante idea que la música puede existir para heder al oído”.
“No he encontrado nada—ni religión ni filosofía-, que alivie mi alma atribulada. Pero me volvería loco si no fuera por la música”.
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Las obras de arte no nacen sólo por pura inspiración o porque “hoy amanecí feliz, hoy amanecí poeta”. No nacen porque de pronto un rayo imaginativo y creador le cae en la maceta al artista quien se encontraba sentado debajo de un árbol, a orilla de un río transparente y fugaz, con la lira en las manos y ahí aparece de pronto esa obra de arte luminosa, majestuosa e inolvidable…
El arte requiere mucho trabajo. Incansable trabajo. Muchas veces doloroso trabajo. Y también eso, inspiración que proviene de la emoción creativa, de la ilusión de encontrarse en esa obra de arte que surge como por arte de magia, pero antes el artista tiene de recorrer un largo y empedrado y sinuoso camino en el que se encuentran todo tipo de vicisitudes, de sobresaltos y quebrantos.
Pues eso es. El látigo que azota el cuerpo, el alma, la conciencia, la imaginación y la creación de un artista para que surja de ahí una obra sobresaliente… como las obras de Miguel Ángel; como las obras de Velázquez, como las obras de Diego Rivera o las de José María Velasco… Tanto.
En el caso de la música no podía ser de otra manera. Hay monumentos musicales como la obra de Juan Sebastian Bach o la obra excelsa de Beethoven y esa enormidad que es su 9ª. Sinfonía “Coral”… en la que de pronto, en una sinfonía aparece monumental la voz humana; ese coral que clama por la hermandad entre los hombres…
Pero para conseguirlo se tuvieron que pasar días, horas, años hasta sentir que en la lucha el artista ha vencido sus propias dificultades, sus propias carencias, sus días y noches de insomnio, el látigo demoledor… hasta conseguir una obra monumental-grandiosa… su aportación al ser humano de todos los tiempos. Porque las obras de arte persisten y se preservan a través de los siglos…
Pues nada que todo este rollo mareador era para entrar al mundo de la música en pleno siglo XIX, en la Rusia Zarista, en pleno apogeo de las artes rusas en el que surgían escritores de magnitud canija, como fueron Turgueniev, Tolsoi, Dostoyevski, Gogol… Y músicos como Mili Balákirev, César Cui, Modest Músorgski, Nikolái Rimski-Kórsakov y Aleksandr Borodín, estos cinco músicos nacionalistas, en los que los valores rusos deberían prevalecer en toda obra musical.
Y al mismo tiempo surgía otro músico que entendía su propio nacionalismo, el que está en prácticamente toda su obra, pero que no se dejó llevar por la introspección y sí abrió las puertas de su obra a las corrientes musicales europeas, de tanta importancia e impacto artístico.
Era Piotr Ilich Tchaikowsky (7 de mayo de 1840 en Vótkinsk, Rusia; 6 de noviembre de 1893 en San Petersburgo, Rusia). Fue un músico cuya corriente musical romántica está marcada por ese nacionalismo ruso, pero también por la configuración técnica y artística europea, particularmente la alemana y francesa.
Ya hemos referido aquí mismo las vicisitudes vitales de Tchaikowsky atormentado por sus temores, sus miedos, su homosexualidad, su entorno adverso y, sobre todo, porque era extremadamente exigente consigo en su creación musical. De hecho llegó a destruir una sinfonía completa porque no la consideró con grandeza artística, con hondura y novedosa.
Cierto que la música de Tchaikovsky ha recibido numerosas acusaciones: su fácil comprensión; su excesivo sentimentalismo y romanticismo; su popularidad innegable… Sin embargo el gusto occidental actual sí acepta su música, aunque a veces se relega su valor artístico por el exceso emocional de sus temas.
Dos ejemplos: El “Concierto para piano n. º 1 en si bemol menor, op. 23”, compuesto en Moscú entre 1874 y 1875, la cual es una de las obras más célebres y populares del repertorio romántico, y también el “Concierto para violín en Re mayor, Op. 35” (1878) una obra cumbre del romanticismo, conocido por su belleza melódica y extrema exigencia técnica.
En 1874 Tchaikowsky se hizo a la tarea de componer un concierto para piano y orquesta. Lo había atormentado por meses y semanas enteras. Finalmente a finales de ese año terminó su primera versión luego de enormes dificultades y sobresaltos de composición.
En la Nochebuena de 1874 llevó las partituras para que las conociera su gran amigo Nicolás Rubinstein, pianista y director de orquesta. Quería que lo escuchara al piano. Como fue. A él había dedicado este concierto. Lo que siguió lo relata él mismo a su mecenas Nadezhda Filarétovna von Meck:
“Toqué el primer movimiento. ¡Ni una palabra, ni un solo comentario! […] Me armé de paciencia y toqué hasta el final. Silencio de nuevo. Me levanté y pregunté: “¿Qué tal?” Entonces Rubinstein prorrumpió en un torrente de comentarios […] En fin, que mi concierto no era bueno en ningún aspecto, era imposible tocarlo, algunos pasajes eran manidos, torpes e irremediablemente deshilvanados, que mi obra en conjunto era mala y vulgar […]
“…Que sólo había dos o tres páginas que podrían valer la pena, y que el resto había que tirarlo o revisarlo por completo […] dijo que si en determinado plazo de tiempo revisaba yo el concierto de acuerdo con sus exigencias, me haría el honor de tocar mi obra en uno de sus conciertos. “¡No revisaré ni una sola nota!”, contesté, “¡Y voy a publicarlo exactamente en la forma en que se encuentra ahora!”
Enojado el compositor, decidió trasladar el concierto para piano a un pianista alemán al que admiraba, Hans von Bülow. Este agradeció la dedicatoria y decidió estrenar el concierto en el Music Hall de Boston el 25 de octubre de 1875. Fue un gran éxito de público, aunque la crítica fue despiadada con el concierto. Uno de los analistas en Boston dijo que estaba horrorizado por el extremado sentido ruso de la obra: “demasiado Rusia en el concierto” dijo.
Sin embargo el concierto se convirtió en un éxito. Tchaikowsky decidió hacerle ajustes técnicos en dos ocasiones posteriores, la última de la cual es la obra que hoy conocemos y que se toca con toda frecuencia como una joya del romanticismo musical.
Para componerlo contó con el asesoramiento técnico del joven violinista Josef Kotek, un exalumno y amigo del compositor, quien le orientó sobre la viabilidad de la parte solista. No obstante Tchaikovsky dedicó la obra al famoso violinista Leopold Auer.
Pero Auer rechazó estrenarla, arguyendo que la obra era demasiado larga, técnicamente incómoda y casi imposible de ejecutar. Tchaikovsky se la ofreció entonces a Kotek, pero enojado porque no le fue dedicado inicialmente a él, se negó a tocarla…
Al final Adolf Brodsky, un joven violinista a quien gustó la obra y dedicó tiempo para dominar sus dificultades técnicas, lo estrenó el 4 de diciembre de 1881, en Viena, bajo la dirección de Hans Richter. El concierto fue recibido con gran éxito de público, pero la crítica fue demoledora: Una de estas críticas jamás olvidaría Tchaikowsky:
Hoy el Concierto para violín y orquesta número 1 de Tchaikowsky, como su Concierto para piano y orquesta número 1, son dos obras indispensables del repertorio musical del mundo. Sus dificultades técnicas fueron superadas. Sus deficiencias de composición son su agregado. Y ahí están, obras de arte que quitaron el sueño a su autor, pero que prevalecen en la historia de la música hoy y entonces.
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