La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
Wendy Vega / El Sol de México
Los escritos de Yanagi detallan que la belleza de la irregularidad es algo que no se crea, sino que simplemente sucede / Foto: San Diego Craft Collective En Japón existe una técnica centenaria para reparar cerámicas y porcelanas rotas. Esta práctica, llamada “kintsugi”, no busca que las cicatrices de las piezas sean invisibles al ojo humano; al contrario, busca destacar todas las imperfecciones como una metáfora de la vida.
El término “kintsugi” proviene del japonés y significa “reparar con oro”. De acuerdo con las leyendas japonesas, esta técnica comenzó a usarse durante el siglo XV, cuando el shogun (líder militar y gobernante de Japón) Ashikaga Yoshimasa envió un cuenco de té a reparar en China.
Cuando la taza fue devuelta al shogun, este quedó molesto por las irregulares placas de metal que habían usado para repararla. Por ello, en un intento por mejorar el trabajo anterior, los artesanos de la época utilizaron un esmalte hecho con polvo de oro para reparar las fisuras del cuenco, haciendo que las antiguas grietas brillaran gracias al metal precioso.
Esta técnica artesanal se popularizó por su estrecho vínculo con la filosofía Wabi-sabi, un pensamiento surgido entre los siglos XII y XV e influenciado principalmente por el budismo zen. Esta corriente se centra en observar y apreciar la belleza de las imperfecciones, la simplicidad y el desgaste natural.
Su valor espiritual y cultural reside principalmente en la idea de que la rotura y las cicatrices forman parte de la historia de un objeto, por lo que no debe haber vergüenza en ellas ni motivo para ocultarlas. Incluso resalta la importancia de encontrar la belleza y el valor en algo que ha sido reparado con cuidado y delicadeza.
Por ello, el kintsugi, en lugar de colocar nuevamente las piezas rotas en donde originalmente estaban, utiliza una mezcla de laca con polvo de oro para destacar con líneas doradas cada fisura nueva, conservando la historia del objeto y dándole una nueva vida a pesar de haber sido dañado en el pasado.
Pese a que esta técnica aumenta el valor de las piezas de cerámica y muchas personas optan por romper sus propios objetos, los escritos de Yanagi detallan que la belleza de la irregularidad es algo que no se crea, sino que simplemente sucede. Por lo que la belleza de un objeto no solo radica en el kintsugi, también influye su vinculo emocional con su usuario y la razón que lo llevó a repararlo.
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