Memoria en disputa – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, Columnas
La pregunta, entonces, no es si debemos usar estas tecnologías. Es cómo y para quién. ¿Digitalizar la memoria o repensarla? ¿Multiplicar el acceso o profundizar el sentido? En esa diferencia se juega una relación de poder.
En ese límite, la inteligencia artificial encuentra su frontera. Y preservar esa frontera es, en última instancia, preservar la posibilidad de lo humano.
Por eso, el desafío no es hacer máquinas más humanas, sino decidir qué humanidad queremos sostener frente a ellas.
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No fue el fuego ni la imprenta lo que hoy está en juego, sino algo más íntimo: la forma en que recordamos. Hay momentos en la historia en que la humanidad fabrica herramientas; y hay otros, más decisivos, en los que esas herramientas empiezan a reescribir la idea misma de lo humano. Este es uno de ellos. La inteligencia artificial no es solo una innovación técnica: es una reorganización silenciosa del sentido.
En los últimos cinco años, más del 90 por ciento de los datos digitales del mundo se ha generado, y cada día se producen alrededor de 328 millones de terabytes de información. Este crecimiento no es neutro. Es el terreno donde operan sistemas que no solo ordenan datos, sino que comienzan a sugerir narrativas, a filtrar memorias, a intervenir en lo que una sociedad considera significativo.
El informe CULTAI de la UNESCO —leído con atención— no es un documento técnico, sino una advertencia elegante. Propone una idea inquietante: la cultura ya no solo se crea ni se conserva; ahora también se entrena. Y entrenar implica decidir qué entra y qué queda fuera. En esa selección, aparentemente técnica, se juega una política profunda del significado.
Durante siglos, la cultura fue entendida como herencia: relatos, símbolos, lenguas transmitidas en el tiempo. Hoy, esa herencia se traduce al lenguaje del dato. Según estimaciones recientes, más de siete mil lenguas existen en el mundo, pero casi 40 por ciento está en riesgo de desaparecer, y muchas de ellas apenas tienen presencia digital. Esto significa que los sistemas de inteligencia artificial, al aprender, lo hacen sobre una representación incompleta del mundo. No es un detalle menor: es una forma de silenciamiento.
Aquí emerge una fractura clave. La inteligencia artificial no comprende: correlaciona. No recuerda: recupera patrones. Sin embargo, sus resultados se parecen cada vez más a interpretaciones. Ese es el vértigo: la producción de sentido sin experiencia. No estamos ante un problema técnico, sino epistemológico. ¿Qué tipo de conocimiento es posible cuando quien “interpreta” no ha vivido?
Las humanidades digitales han sido celebradas como puente entre tradición y tecnología. Y lo son, pero no por inercia. Existe un riesgo persistente: confundir acceso con comprensión. Hoy podemos digitalizar millones de documentos en segundos, visualizar archivos completos, procesar textos a gran escala. Pero nada de eso garantiza una lectura profunda. La abundancia puede generar una ilusión de conocimiento: todo está disponible, pero poco es realmente entendido.
Por eso, las humanidades digitales no deberían limitarse a traducir la cultura al lenguaje de la máquina. Su tarea es más exigente: interrogar ese lenguaje, exponer sus límites, incomodarlo. No se trata de acelerar la cultura, sino de hacerla más consciente de sí misma.
Los museos ofrecen un ejemplo revelador. Más del 60 por ciento de las grandes instituciones culturales en el mundo ya experimenta con inteligencia artificial para personalizar recorridos o crear experiencias inmersivas. La promesa es seductora: acceso ampliado, interacción, cercanía. Pero hay una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la experiencia cultural se anticipa a nuestros gustos? La sorpresa —ese instante irreductible— corre el riesgo de desaparecer. El museo puede volverse eficiente, incluso fascinante, pero también predecible. Y una cultura sin sorpresa deja de interpelar.
Sin embargo, no todo es pérdida. Utilizada críticamente, la inteligencia artificial puede abrir nuevas capas de interpretación, hacer visibles conexiones invisibles, ampliar la mediación sin simplificar la complejidad. La diferencia no está en la herramienta, sino en la intención que la guía.
El terreno más delicado es el del patrimonio. La digitalización promete conservar, pero también extraer. Sistemas entrenados con imágenes, textos y saberes culturales operan muchas veces sin reconocimiento ni beneficio para las comunidades que los originaron. Más del 80 por ciento de los grandes modelos de IA se entrena con datos de acceso abierto, cuya procedencia cultural rara vez se reconoce plenamente. La pregunta es inevitable: ¿estamos ante una nueva forma de colonialismo, ahora en clave de datos?
El informe de la UNESCO sugiere una respuesta clara: la gobernanza de la inteligencia artificial debe tener en el centro los derechos culturales. Porque el patrimonio no es un insumo: es memoria encarnada, experiencia compartida, sentido en movimiento.
En México, esta discusión adquiere una densidad particular. Aquí, la cultura no es archivo distante: es vida cotidiana, conflicto, identidad en transformación constante. La inteligencia artificial abre posibilidades concretas —desde la preservación de lenguas indígenas hasta la digitalización de acervos históricos—, pero también plantea riesgos evidentes: simplificar lo complejo, homogeneizar lo diverso, absorber lo comunitario en lógicas globales.
Quizá la idea más radical del informe CULTAI sea también la más sobria: la cultura no solo debe adaptarse a la inteligencia artificial; debe ponerle límites. No todo lo posible es deseable. No todo lo automatizable debe automatizarse. La cultura es, en esencia, una forma de resistencia: un espacio donde el sentido no se produce en serie y la experiencia no se reduce a cálculo.
Tal vez el verdadero valor de este momento no esté en las respuestas, sino en la calidad de las preguntas que nos obliga a formular. ¿Puede una máquina participar en la memoria sin haber vivido? ¿Cómo sostener la diversidad en sistemas que tienden a uniformar? ¿Qué significa crear en un entorno de producción algorítmica?
La inteligencia artificial calcula con una precisión extraordinaria, pero carece de memoria en el sentido humano. No recuerda porque no ha vivido; no interpreta porque no ha atravesado experiencia; no crea porque no necesita hacerlo. La cultura, en cambio, es precisamente ese exceso: la forma en que una sociedad procesa lo que le ocurre.
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