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Michael Jackson, baila, ensaya, canta, se apasiona en el escenario. En un momento en el que todo parece perfecto, corta el número y le da una indicación a su director Kenny Ortega, que se extiende a los músicos. Empieza un debate que raya cierta tensión. El ídolo musical se impone. Amable pero tajante.
Este breve momento, resulta una radiografía de la esencia del intérprete de “Thriller”. Pero no está en “Michael” (Antoine Fuqua, 2026), si no en “This is it” (Ortega, 2009), el concierto documental, legado casi final que dejó el también conocido como “El rey del pop”. Porque en el filme ficción sobre la vida del cantante protagonizado por Jaafar Jackson, estamos ante una edulcorada historia que banaliza la vida de uno de los personajes más complejos, ricos e importantes de la cultura del entretenimiento mundial. Un artista que redefinió el concepto de ídolo. Así de simple y complejo.
“Michael”, brilla por sus omisiones, a nivel narrativo y de ritmo -una lástima porque Fuqua es un director de capacidad probada para el relato (el imposible, hecho posible remake de “Los siete magníficos” es un ejemplo), y que en esta ocasión parece paralizado ante la complacencia: el filme es un recuento en general de los éxitos de Jackson (eso sí , interpretado de manera impecable por su sobrino el ya mencionado Jaafar, aunque en una de esas cualquier imitador de fiesta le come el mandado) y los problemas que tuvo con su cruel padre Joe (Colman Domingo, instalado en Luisito Rey), pero sobre todo en una angelical vida, con breves momentos de cúspide melodramática: su brutal accidente al filmar una campaña de Pepsi que le quemó el cuero cabelludo, la soledad, en fin.
¿Qué sabemos de Michael Jackson aquellos que en la infancia crecimos con su música? Quién sabe si todo, pero sí bastante: sus extravagancias, su amistad con Elizabeth Taylor, por supuesto -inseparable de su vida- las acusaciones de abuso infantil que le dieron un giro a su vida. Nada de esto vemos en pantalla. Por momentos parece un tibio telefilme, que en lo epidérmico y sin vitiligo, pretende quedarse. Es cierto, que la idea no es una película sobre las demandas que tuvo, pero Fuqua abusa del optimismo.
Hay ligeras insinuaciones, el director no es ningún ingenuo: Jackson adopta a Bubbles, su famoso chimpancé con el que se desahoga, y en algún momento previo acercamiento de cámara al rostro del cantante y el animal -un CGI-, Michael parece reflexionar, para en la siguiente escena ver al artista aparecer con el cirujano plástico para hacerse su primera operación estética, ante la reticencia del médico, quien lo trata de convencer que su nariz no es grande, ni anti estética, o una agria discusión con su padre que termina cuando Joe le dice a Jackson: “cuando nadie te crea, cuando estés solo, lo único que te quedará es tu familia”. Pero poco más, hasta ahí.
Nunca en pantalla, vemos al personaje complejo que fue un emblema de la década de los 70 y 80 por ejemplo. Imperdonable que Fuqua ignore a nivel narrativo el contexto histórico de estos años, pero tenemos ante nuestros ojos, al Michael que visita niños enfermos, mientras convalece de sus quemaduras, reivindica pandilleros, compra juguetes cuando sus hermanos comienzan a tener vida de jóvenes adultos normales. Todo en un tono exculpatorio, que reafirma lo que quiere negar.
¿Hay buenos momentos? Sí, por ejemplo la nula comunicación que tuvo con John Landis, el director de “Thriller”, en medio de desacuerdos, y todo a través de un intermediario, pero son ligeras probadas. O quizá, los primeros 20 minutos de su infancia, explotado, maltratado y con mucho talento.
Es fallido o malintencionado. Hay que recordar que se viene una demanda al emporio Jackson, por parte de quienes lo han señalado por abuso sexual cuando eran niños, y la intención puede ser incidir en la opinión y ánimo público a través de esta historia. Pero esto solo sí le damos el beneficio de la duda.
Michael Jackson, fue uno de los artistas más grandes del siglo XX y lo que le tocó del XXI. Su vida es más que un crisol de buenas intenciones. Lo que resulta imperdonable es que el ídolo, tuvo siempre un respeto intachable por el escenario y su público. Justo de eso, carece esta biografía.
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