Nadia Haro Oliva y su lucha de fe por el teatro – El Sol de México

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Hace muchos años que tengo deseos de asistir a una función de teatro como las que había en los años 70 y 80. A uno de esos estrenos especiales que se anunciaban en una marquesina que ya no existe. Sin quererlo, mis recuerdos me llevan a evocar al Teatro Arlequín, ese refugio de elegancia y picardía que se erguía orgulloso en la calle de Villalongín, justo frente al Monumento a la Madre.

Hoy, cuando paso por ahí, debo confesarles, queridos lectores, que el corazón se me estruja. Donde antes hubo terciopelo, aplausos y el aroma al perfume francés de Nadia Haro Oliva, hoy sólo quedan el asfalto gris de un estacionamiento y el eco metálico de las llaves de los valet parking. Qué ironía tan cruel: cambiar la cultura por cajones de estacionamiento.

​Conocí a Nadia a finales de los años 70, los años dorados, cuando yo era una reportera en mi primera etapa de este querido diario El Sol de México. Ella no sólo era una actriz; era una institución. De origen francés, nacida como Albertina Charlotte Boudesoque Noblecourt, trajo a México esa sofisticación europea que mezclaba con una calidez humana que desarmaba a cualquiera. Nadia era la personificación de la disciplina.

Recuerdo nuestras charlas en su camerino, rodeadas de flores y tarjetas de felicitación. Tenía esa voz aterciopelada y una mirada que nunca perdía el brillo, incluso con los años. Entre las dos había una palabra secreta para acordarnos de los antiguos novios “¡cachacuás!”. Aún recuerdo las risas que nos causaban.

​No se puede hablar de Nadia sin mencionar a su esposo, el coronel Haro Oliva. Eran una pareja de leyenda. Él no sólo era su compañero de vida, sino el arquitecto de sus sueños. Fue él quien, por amor a ella, levantó ese teatro circular, un espacio íntimo donde la cuarta pared parecía no existir. Todos lo llamábamos “El Coronel” con un respeto casi místico.

Recuerdo verlo en los pasillos del teatro, vigilando que cada bombilla brillara y que el público se sintiera en casa. Su relación era el cimiento del Arlequín; él ponía la estructura y ella el alma. Cuando él se fue, algo en el teatro se atenuó, pero Nadia, con esa fortaleza de roble disfrazada de seda, siguió adelante.

​Cada estreno en el Arlequín era un acontecimiento social. No era sólo ir a ver una obra; era asistir a una liturgia de buen gusto. Nadia tenía un sello personal inconfundible. Ella misma solía estar cerca de la entrada, saludando con una amabilidad y una sonrisa que te hacían sentir el invitado de honor. El repertorio era exquisito, especializado en comedias finas, muchas de ellas traducidas por ella misma del francés; era el teatro de boulevard en pleno corazón de la Colonia Cuauhtémoc. Cómo evoco esas risas, eran carcajadas elegantes, genuinas, que llenaban la sala. El Arlequín tenía una acústica que abrazaba el sonido de la alegría de una manera única.

​Recuerdo una anécdota que ella me contó entre risas sobre sus inicios: en sus primeros tiempos en México, su acento francés era tan marcado que algunos críticos dudaban de su versatilidad. Lejos de desanimarse, ella, con esa garra que la caracterizaba, se pulió hasta convertirse en una de las actrices más queridas, tanto en el cine de la época de oro como en las tablas nacionales.

​Nadia mantuvo el teatro hasta su último aliento en 2014. El Arlequín era su vida. Recuerdo verla ya mayor, aún con la frente en alto, defendiendo ese espacio que era un oasis en medio del caos de la Ciudad de México. Ella sabía que el teatro es un acto de fe. “El teatro no son las paredes, es la memoria de lo que sucedió adentro”, me dijo una vez.

Sin embargo, me duele discrepar con mi querida amiga. Las paredes sí importaban. El hecho de que el Arlequín fuera demolido para convertirse en un estacionamiento es una metáfora de nuestra desmemoria urbana. ¿Cómo pudimos permitir que el lugar donde debutaron tantas estrellas y donde se gestó tanta felicidad terminara convertido en rayas blancas sobre el piso para autos que ni siquiera saben a dónde van?

​Hoy, desde mi ventana, queridos lectores, brindo por Nadia. Por su audacia de mujer empresaria en un mundo de hombres, por su belleza atemporal y por ese Arlequín que, aunque ya no tenga techo, sigue habitando en quienes tuvimos la suerte de cruzar su umbral.

Nadia, querida, el estacionamiento podrá ocupar el terreno, pero nunca podrá borrar el eco de tus pasos ni la fragancia de tu eterno perfume francés flotando frente al Monumento a la Madre. Les dejo un beso. Nadia Haro Oliva y su lucha de fe por el teatro.

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