La Habana/“La Habana amanece con ojeras”, dice un vecino de Regla, aunque aclara que no lo hace con ninguna intención poética. Las ojeras no son por una noche de fiesta, ni por la edad, sino por esa oscuridad pegajosa que cae sobre las casas cuando se va la corriente y convierte la noche en una prueba de resistencia.
En su barrio, como en tantas otras zonas de la Isla, los vecinos salieron a tocar calderos después de 27 horas sin electricidad. El ruido de los cacerolazos es la manera de alzar la voz para quienes ya no saben qué hacer contra el calor, los mosquitos, la comida echada a perder, los niños sin dormir y la rabia.
“Los calderos sonaban en todas las cuadras”, cuenta el vecino a este diario. Según confirman otros residentes del municipio habanero, el barrio llevaba más de un día sin servicio. Cuando supuestamente correspondía restablecerlo por la rotación de los bloques, apareció una avería. Después vino el “quita y pon”: unos minutos de luz, otro apagón, otro intento, otra espera. Hasta que también se apagó la paciencia.
“Al final nos daban 15 minutos de electricidad”, dice el hombre, con esas mismas ojeras. “Así, varias veces durante los últimos tres días, pero ayer fue demasiado, y todo el mundo al unísono salió a tocar su caldero”.
“Lo que refleja la Unión Eléctrica en sus mensajes por Telegram no se acerca en nada a la realidad”, asegura otro testimonio
“Lo que refleja la Unión Eléctrica en sus mensajes por Telegram no se acerca en nada a la realidad”, asegura otro testimonio. En la calle, la crisis no se mide en megavatios sino en horas sin dormir.
Una mujer del mismo barrio lo resume sin metáforas: “Dormir en Cuba se ha vuelto un privilegio”. El sueño depende de tener un ventilador recargable, de haber podido cargarlo antes, de que la batería aguante, de contar con un generador, de tener combustible, de vivir en una casa donde entre algo de aire y de que los mosquitos concedan una tregua.
“La corriente se fue a las 4:30 de la tarde y regresó a las 7:30 de la mañana”, relata una habanera. “Toda la noche sin corriente”. Pone el ventilador recargable en la velocidad mínima para estirar la batería. Pero el calor ya empieza a apretar. Abre las ventanas. A la una de la madrugada se despierta por los mosquitos, incluso viviendo en una planta alta. Cierra otra vez las ventanas. Sube la velocidad del ventilador. Entonces aparece otro problema: el ruido no la deja dormir. Dos horas después se acaba la carga.
“Entonces enciendes el generador eléctrico y pones a cargar el ventilador”, cuenta. “Y así ha pasado toda la noche hasta que viene la corriente, y has dormido solo un par de horas”.
Al amanecer no hay descanso. Los planes del día siguiente quedan cancelados antes de empezar. “Así no hay quien pueda afrontarlo”, dice. Y enseguida matiza, con una mezcla de culpa y lucidez: “Yo me considero una privilegiada. Tengo ventilador y generador. La mayoría de la gente no tiene nada”. La pregunta queda flotando en el cuarto caliente: ¿cómo duermen los demás?
Una profesora da una respuesta sencilla y devastadora. Los adultos ya no duermen. Se pasan la noche abanicando a los niños con un cartón para que no los piquen los mosquitos. Cuando vuelve la luz, ya nadie celebra. La gente corre.
Los adultos ya no duermen. Se pasan la noche abanicando a los niños con un cartón para que no los piquen los mosquitos. Cuando vuelve la luz, ya nadie celebra. La gente corre
“Cuando llega la corriente, a la hora que sea, se forma la corredera: a cargar todo, a cocinar, a poner la lavadora, siempre con el susto de que dure poco”, dice la maestra, que pasó 15 horas sin servicio. Habla desde una casa que recibe sol todo el día y donde el calor se pega a las paredes. La noche anterior intentó dormir, pero tampoco pudo. “Me quedé dormida por agotamiento, un sueño incómodo, para nada profundo”, cuenta.
“Ya sé casi tanto como Lázaro Guerra”, ironiza la mujer, en referencia al rostro oficial que da el parte diario de la crisis energética. “Hasta hace unos años era neófita en el tema de megavatios, circuitos, sincronizaciones, déficit. Ahora puedo dar yo misma el parte energético si me lo propongo”.
“Me desperté como cinco veces en la madrugada”, cuenta la misma mujer. “En todas revisé el canal de Telegram esperando ver: ‘Bloque 1 comienza el restablecimiento paulatino del servicio’”. La frase burocrática se ha convertido en una especie de oración civil. Se espera como se espera una señal.
“Para lo que hemos quedado”, dice. “Siento como que migajeo un servicio que es un derecho y que no es gratis, porque lo pago todos los meses”. La electricidad aparece así como una limosna intermitente. Una concesión que obliga a vivir con el cuerpo y el alma pendientes de un interruptor.
El deterioro material trae otro, más silencioso: el de la salud. Uno de los testimonios habla de un dolor de estómago después de pedir comida a domicilio. Sospecha que estaba en mal estado por falta de frío. “O vaya usted a saber cuántas veces esa comida se congeló y se descongeló”, dice. Lleva días sin tomar agua fría. No tiene fuerzas. Se siente “desbaratado”.
“A las 12 horas de apagón continuo mi humor cambia. Solo piensas en cómo salir de esto. No dan ganas de leer, de salir, de ver algo. Nada. El cuerpo entra en estado de supervivencia”.
“A las 12 horas de apagón continuo mi humor cambia. Solo piensas en cómo salir de esto. No dan ganas de leer, de salir, de ver algo. Nada. El cuerpo entra en estado de supervivencia”
“¿Alguien piensa en eso, en la salud mental de los cubanos?”, se pregunta su pareja. “Las ojeras ya son parte de mi look, y sin pepinos ni papas para mejorarlas”. El humor aparece, pero no salva. Apenas permite respirar en medio del fastidio. “Por eso la gente en la calle está de mal humor. La calidad del sueño determina muchas cosas”, insiste.
“Lo peor no es el calor, ni los mosquitos, ni la ansiedad, ni dar vueltas en la cama a las tres, a las cuatro, a las cinco”, dice la mujer. “Lo peor es abrir los ojos y ver todo oscuro, sentir que te traga la noche, la desidia, las mentiras de un Gobierno que piensa en sí mismo pero no en su pueblo”.
A las siete de la mañana empieza a entrar la claridad por una rendija. Pero tampoco es una señal de alivio. Es el anuncio de otro día de trabajo, colas, caminatas, comida por resolver, cansancio acumulado y supuesta normalidad. Y, al mismo tiempo, la certeza de que al caer la noche todo puede volver a repetirse. “En Cuba no se puede dormir y mucho menos soñar”, sentencia el vecino de Regla, y se lleva los dedos a sus ojeras, intentando borrarlas.
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