San José de las Lajas (Mayabeque)/Aunque Fernando y Marianne son nacidos y criados en Güines, se conocieron en la vieja terminal de trenes de San José de las Lajas, en una lucha diaria para viajar hacia su municipio. Ambos coinciden a menudo bajo el agujereado techo del andén, donde ya no se escucha el silbato de ninguna locomotora ni el rechinar de los vagones sobre los rieles. En su lugar predominan las conversaciones resignadas de quienes esperan, los gritos de los boteros anunciando destinos y el rumor de una multitud que parece instalada permanentemente en el lugar.
La antigua terminal ferroviaria se ha convertido en una especie de refugio improvisado para viajeros atrapados entre la falta de combustible, la desaparición de rutas estatales y el encarecimiento constante del transporte privado. Los raíles todavía atraviesan el terreno, pero sobresalen entre la hierba como una reliquia de tiempos mejores. Sentadas en los muros del edificio, decenas de personas esperan bajo el sol de mediodía con jabas, mochilas, cubos plásticos y hasta sacos de viandas. Algunos llevan horas allí.
“Con todo este problema de la escasez de combustible, hasta los carros particulares están perdidos. A veces pasan horas sin que aparezca algo en qué irnos”, asegura Marianne.
Como especialista de la Empresa Eléctrica de Mayabeque, la joven admite que rara vez puede cumplir con su horario laboral completo. El problema no está en el trabajo, sino en regresar a casa.
La joven admite que rara vez puede cumplir con su horario laboral completo
“Después de las dos de la tarde es prácticamente imposible embarcarse para Güines. Actualmente está saliendo un solo camión desde allá a las seis de la mañana, que es el mismo en el que me voy al mediodía. Si dejo pasar esa oportunidad tengo que pagar 600, 700 y hasta 1.000 pesos por una máquina. A ese ritmo el salario no me duraría ni una semana, y son 5.200 pesos que tienen que alcanzarme para todo el mes”.
Mientras habla, observa con inquietud la carretera. Cada vez que aparece una nube de polvo o se escucha el motor de algún vehículo, varias personas se levantan de golpe creyendo que finalmente ha llegado el camión. Casi siempre se trata de una falsa alarma.
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La espera tiene algo de ceremonia colectiva. Una anciana protege del sol una sombrilla roja ya gastada por los años. Un muchacho sostiene una rueda de bicicleta que acaba de reparar. Varias estudiantes con uniforme conversan sentadas sobre sus mochilas. Cerca de ellas, una embarazada busca sombra mientras acomoda el peso del cuerpo. Todos comparten la misma incertidumbre.
Lo más que puede hacer el único empleado que permanece en la antigua edificación es intentar organizar la cola.
“La gente en su desesperación por montarse se acoge a la ley del más fuerte, con empujones incluidos”
“Al final no vale la pena pedir el último, porque cuando el camión llega, la gente en su desesperación por montarse se acoge a la ley del más fuerte, con empujones incluidos”, se queja Marianne, preocupada al percatarse de que ya debería estar en camino a su casa. “Hoy sí que no puedo coger un almendrón. Estoy con el dinero justo”.
Las imágenes se repiten todos los días. Cuando finalmente aparece un camión adaptado para pasajeros, las personas se agrupan alrededor de la puerta incluso antes de que el vehículo termine de detenerse. El embarque se convierte en una competencia silenciosa donde cada segundo cuenta. Nadie quiere quedarse abajo para enfrentar varias horas más de incertidumbre.
Si de estrechez económica se trata, Fernando tiene sus propias historias.
“Me ha conmovido una anciana que acaba de pedirme 100 pesos para completar el pasaje. En unos pocos días el costo ha subido cuatro veces, desde 200 hasta 500 pesos. Si hoy llega el chófer y cobra más caro, no hay más remedio que darle lo que pida. Es verdad que el petróleo está difícil de conseguir, pero también es verdad que a nosotros los pobres nos están apretando por todas partes”.
Fernando viaja diariamente a San José para atender a su padre, encamado por una enfermedad crónica. Cada trayecto supone una preocupación adicional
Ingeniero industrial de formación y trabajador por cuenta propia en la actualidad, Fernando viaja diariamente a San José para atender a su padre, encamado por una enfermedad crónica. Cada trayecto supone una preocupación adicional para su presupuesto.
Es la hora del almuerzo y frente a la terminal, varios kioscos venden pizzas y refrescos. Sin embargo, pocos se acercan a comprar. Para la mayoría, cada peso debe reservarse para el transporte. Comer se ha convertido en un gasto secundario cuando existe la posibilidad de que el próximo viaje cueste aún más.
“De cinco rutas diarias de guaguas que en algún momento existieron entre Güines y San José nos hemos quedado sin ninguna”, recuerda Fernando. “Lo peor es que en este país las cosas que desaparecen nunca más regresan. Yo mismo tengo la suerte de que mis ingresos sean superiores al salario de cualquier profesional y, sin embargo, no me alcanza para alquilar un taxi con frecuencia, ni siquiera para montarme en uno durante toda la semana”.
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La crisis del transporte ha terminado modificando hábitos, horarios y hasta relaciones familiares. Muchos trabajadores salen de madrugada para asegurar el regreso. Otros han reducido las visitas a familiares enfermos o han renunciado a empleos que implican desplazarse entre municipios. La distancia entre Güines y San José de las Lajas no ha cambiado sobre el mapa, pero para quienes dependen del transporte público parece hoy mucho mayor que hace unos años.
La distancia entre Güines y San José de las Lajas no ha cambiado sobre el mapa, pero para quienes dependen del transporte público parece hoy mucho mayor
Tanto Fernando como Marianne evalúan soluciones para viajar cada vez menos. La lógica se impone sobre el deseo.
“Ya los ómnibus estatales están fuera de circulación y el precio del pasaje en carros particulares va a seguir subiendo sin límites. Entonces, lo mejor que se puede hacer es salir lo menos posible del entorno donde uno vive, porque ni teniendo el dinero en la mano se tiene la certeza de poder viajar tranquilamente”.
Mientras habla, el esperado camión finalmente aparece. La multitud se pone de pie casi al mismo tiempo. Las conversaciones se interrumpen, las jabas cambian de mano y la fila se desordena en cuestión de segundos. En la vieja terminal de trenes de San José de las Lajas, donde hace años dejaron de pasar los ferrocarriles, todavía hay personas esperando. Ya no esperan un tren. Esperan algo mucho más básico: la posibilidad de llegar a casa.
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