San José de las Lajas (Mayabeque)/Por las mañanas, la lavandería de la Avenida 47, en San José de las Lajas, tiene un aspecto que recuerda a tantas otras instalaciones cubanas atrapadas entre dos épocas. Las paredes pintadas de azul claro, las grandes mesas de planchado, los sillones negros para esperar turno y los carteles improvisados con precios pegados en los cristales hablan de una modernización a medias. Ya no es una unidad estatal, pero tampoco parece haberse desprendido del todo de las viejas costumbres.
A la entrada, una joven permanece bajo el portal mientras aprieta varios billetes en la mano. Detrás del cristal pueden leerse algunos precios escritos en hojas blancas. El sol de la mañana cae sobre la avenida y el movimiento de bicicletas, peatones y motorinas acompaña la rutina de quienes llegan con bolsas llenas de ropa sucia, esperando que esta vez haya electricidad.
Pasar del control estatal a la gestión privada bajo el sistema de arrendamiento no siempre implica una mejoría en el servicio a la población. Abierta al público de lunes a viernes, entre las ocho de la mañana y la una de la tarde, la lavandería es de esos establecimientos que, luego de convertirse en emprendimiento particular, reproduce algunas de las deficiencias que arrastra desde su antigua administración.
“A veces creo que es el mismo perro con diferente collar”, comenta Yanely, dependienta de una bodega cercana, mientras espera junto al mostrador donde varios clientes intentan adelantar sus trámites.
“No entiendo por qué si son particulares tienen puesto un horario de atención como si pertenecieran al Estado”
El principal problema comienza con el horario. “No entiendo por qué si son particulares tienen puesto un horario de atención como si pertenecieran al Estado. La recepción de la ropa como tal la hacen de ocho a nueve de la mañana nada más, así que hay que venir desde bien temprano si uno no quiere tener que darle una propina de antemano a la empleada para no quedarse fuera, contando con la buena suerte de que haya corriente ese día”.
El interior del local muestra precisamente esa tensión cotidiana. Varias personas se agrupan alrededor del mostrador central. Algunos sostienen bolsas de ropa. Otros preguntan por encargos atrasados. Nadie parece tener demasiado tiempo. En un municipio donde buena parte de la población debe sortear los largos apagones o recorrer largas distancias para trabajar, perder una mañana esperando la apertura de una lavandería puede convertirse en un lujo inasequible.
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Aunque a simple vista las lavadoras automáticas dan la impresión de tener una considerable capacidad productiva, la realidad es mucho menos alentadora. Entre los cortes eléctricos, la escasez de detergente y las dificultades para transportar insumos desde La Habana, el rendimiento está muy por debajo de lo previsto.
Yaniris lo sabe bien. Trabaja en la lavandería y sobrevivió a una reducción de personal que eliminó el otro turno laboral.
“Hay veces que tenemos que parar porque no hay detergente ni en los centros espirituales o porque no existe el combustible para traerlo de La Habana”, explica. “La gente está en todo su derecho de reclamar un mejor servicio, pero en la mayor parte de las ocasiones la solución se escapa de nuestras manos, que somos los primeros afectados cuando no abrimos”.
“Hay veces que tenemos que parar porque no hay detergente ni en los centros espirituales o porque no existe el combustible para traerlo de La Habana”
La joven no oculta su preocupación. Para complementar sus ingresos también trabaja en una cafetería.
“Aquí el salario depende directamente de la cantidad de piezas lavadas y planchadas. Eso significa que si por algún motivo no se trabaja o si hay poca ropa, está en riesgo la alimentación de mis hijos. En las últimas semanas han habido días que no he ganado ni 500 pesos”.
Mientras habla, una de las mesas de planchado permanece inmóvil. En otra zona del local, los ventiladores intentan aliviar el calor que se acumula entre máquinas apagadas y cables eléctricos expuestos que recorren las paredes.
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“Hoy mismo vamos a lavar con un poquito de detergente que nos queda, esperando por una compra que nos prometieron y que no acaba de llegar”, añade. “Si por mí fuera estaría prestando servicio 24 horas, de lunes a domingo, pero desgraciadamente en este país todo es muy complicado”.
La incertidumbre también afecta a los clientes. Cuando Danay encuentra la puerta abierta siente un alivio inmediato.
“Si por mí fuera estaría prestando servicio 24 horas, de lunes a domingo, pero desgraciadamente en este país todo es muy complicado”
“En la casa llevamos tres días durmiendo sin sobrecama y secándonos con una toalla vieja. Ni antier ni ayer pudieron lavarme la ropa porque no había electricidad”.
Su encargo llevaba varios días de retraso.“Ya venía decidida a llevármela de cualquier manera, aunque siguiera sucia. Estoy clara de que el retraso no es culpa de los empleados, pero lo más justo es recibir un buen servicio acorde al pago que se realiza”.
La recepcionista de la Casa de Cultura recuerda que, cuando la lavandería comenzó a operar bajo gestión privada, muchos vecinos pensaron que los problemas quedarían atrás.
“Esto empezó muy bien, sin embargo ha ido perdiendo calidad. Yo era clienta fija, actualmente vengo de forma esporádica, pues no tengo la seguridad de resolver mi problema de un día para el otro”.
Esta vez tampoco encargó el planchado de las camisas y pantalones de su esposo. “No todo el mundo puede pagar 300 pesos por un kilogramo de ropa lavada ni 150 por planchar una pieza. Todo se va encareciendo rápidamente, a medida que la moneda sigue devaluándose”.
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