Por Miguel Armando López Ramírez*
En los últimos años, México ha sido testigo de un fenómeno mediático y comercial sin precedentes en torno a los hongos silvestres. Lo que antes era un saber tradicional reservado a comunidades rurales o un campo de estudio acotado a unos cuantos laboratorios universitarios, se ha transformado en un nicho de mercado explotado por una pléyade de autoproclamados «expertos» que, para ser francos, no existían ni en ciernes en el panorama científico nacional. Esta improvisación masiva, lejos de ser una democratización del conocimiento, constituye una amenaza latente para la salud pública y un retroceso en la seriedad con la que debe tratarse la taxonomía fúngica.
Al parecer es una situación “emergente” como lo doctorados al vapor de fin de semana y que inunda a todas las instituciones mexicanas con doctores que se sienten egresados de Harvard pero que lamentablemente son solo un papel y peor aún con reconocimiento del club del SNI.
La sistemática de los hongos superiores es uno de los campos más laberínticos y especializados de la biología. No se trata de distinguir una seta bonita de una fea; implica el dominio de caracteres micromorfológicos, reacciones químicas (como el uso de KOH o el reactivo de Melzer), esporadas y la interpretación de estructuras críticas como los cistidios y la cutícula. Géneros como Entoloma, Galerina, Russula, Lactarius, Amanita, Clitocybe, Entoloma y Boletus (entre muchos otros) son auténticos quebraderos de cabeza para micólogos con décadas de trayectoria.
Por ejemplo, dentro del género Amanita conviven especies comestibles como la Amanita caesarea con las mortales Amanita phalloides y Amanita virosa, cuyas amatoxinas son hepatotóxicas letales incluso en cantidades mínimas. De igual forma, pequeñas especies de Galerina (como G. marginata) contienen las mismas toxinas que la Amanita verde (A. phalloides) y suelen confundirse con hongos alucinógenos del género Psilocybe o con Kuehneromyces. En Clitocybe e Inocybe encontramos muscarina, un alcaloide que causa síndrome colinérgico potencialmente fatal. Ni qué decir del complejo Boletus, donde la diferenciación entre los comestibles y los que causan severos trastornos gastrointestinales (como aquellos que tornan azul al corte, aunque no todos los azules son tóxicos) requiere un ojo entrenadísimo. Se promueve ampliamente el consumo de Morchella (panalitos, mazorquitas, pinitos, etc.) sin advertir que contienen una toxina que puede afectar seriamente al consumidor.
Ante esta complejidad, hoy pululan en redes sociales y plataformas digitales anuncios de «recorridos ecológicos de identificación», «talleres de cultivo casero», «muestras gastronómicas con degustación», exposiciones fotográficas y conferencias magistrales, todos impartidos por supuestos especialistas. Es alarmante que se comercialice con la ignorancia, ofreciendo certezas donde solo hay incertidumbre y prometiendo seguridad donde el margen de error es cero. La vida de un aficionado que decide recolectar y consumir un ejemplar basado en la guía de un improvisado no es un juego; es una ruleta rusa micológica.
Es común que estos «nuevos expertos» intenten validar su discurso apelando a la biología molecular, mencionando la secuenciación genética como un recurso infalible. Sin embargo, es imperativo subrayar que las secuencias de ADN, específicamente el código de barras (ITS), son herramientas viables exclusivamente en laboratorios especializados con infraestructura costosa, reactivos de alta pureza y bioinformática avanzada. Son absolutamente inviables en el trabajo de campo. En el bosque, el recolector solo cuenta con sus sentidos, una lupa de bolsillo y, en el mejor de los casos, un microscopio portátil; herramientas que, sin una experiencia empírica de años (décadas, más bien), son insuficientes.
Por eso afirmo con total contundencia: no conozco a ningún experto con la experiencia real y validada académicamente que esté detrás de esta avalancha de eventos comerciales. La verdadera micología de campo en México se construye con silencio, con años de herbolarios, de revisión de ejemplares tipo y de comparación con floras de otras latitudes. Es un conocimiento que se forja en la paciencia y en el rigor, no en un fin de semana de curso.
Hago un llamado enérgico a las autoridades ambientales, sanitarias y académicas del país para que regulen quién tiene la potestad de fungir como guía micológico y para que se advierta a la población sobre los riesgos de consumir hongos identificados por personas sin una formación robusta.
La curiosidad por los hongos es valiosa y necesaria, también el ganarse la vida debe ser algo serio y profesional, y debe estar acompañada de la humildad y el respeto que la naturaleza exige. La taxonomía no se improvisa y, en el caso de los hongos, la arrogancia intelectual puede pagarse con la vida.
*Presidente del Colegio de Biólogos de México, Capítulo Veracruz.
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