Para Trixia, en correspondencia por todo…
Por Manuel Polgar Salcedo
Atizando el fogón mismo del Sotavento veracruzano, que se extiende por la Cuenca del Papaloapan, Los Tuxtlas y las llanuras del interior, hasta el pie de la sierra en Playa Vicente, la brasa ardiente de la surada se deja sentir, plena e intensamente, sobre todo hacia el mes de mayo. Y es precisamente “cuando arrecian los calores”, como dice el verso, el momento en el que este fenómeno meteorológico -asimilado por supuesto en manifestación cultural- logra modificar hasta el comportamiento y el estado de ánimo de sus pobladores.
Así es también como La Surada, en su primer material discográfico, se vuelve son jarocho campesino con todo lo que esto significa: una ejecución repleta de armonía y sonidos parejitos de antes —renovados y retumbando—. En él se entrelazan versos sabidos con la sabiduría de los lugares de origen de sus integrantes —Tlacotalpan, Lerdo de Tejada, Playa Vicente, Coatzacoalcos, Cosamaloapan y Santiago Tuxtla— y otros recién creados por ellas mismas. Todo lo anterior nos acerca muchísimo más a la dicha del campo en flor, de los cultivos que maduran y las semillas que se dispersan en el monte, que a las temperaturas elevadas y los vientos fuertes con rachas secas de esa otra surada que nos empapa de sudor bochornoso.
Pero es que se tiene que habitar la tierra y vivir estas aguas para saber -por ejemplo- lo que significa parte del verso cantado en Las Poblanas de estas grabaciones: “la dicha y el quebranto que vienen con la surada…” Es como ese gozo enorme que significa seguir viviendo en poblados y comunidades del sur veracruzano, y llenarse de su identidad completa, y también lo duro que resulta, al mismo tiempo, quedarse y rebelarse contra muchas de sus formas y costumbres “establecidas” desde hace muchísimo tiempo. Es así que quienes —como ellas— han crecido y se han formado aquí, pueden bajar las estrellas del cielo y arremolinarlas en el infinito de la mar, cuando tocan un Siquisirí llanero como el que abre su viaje sonoro y con el que visualizo, nítidamente, a don Elías Meléndez asintiendo con la cabeza.
En este sentido, las mujeres siguen lográndolo todo. Porque si bien fueron siempre el centro del universo en el fandango jarocho, de a poco, y sumando ahora este material armonioso de La Surada, cobra nueva fuerza su presencia como instrumentistas y portadoras del canto y la palabra en la música campesina del sur veracruzano. Y no es poca cosa.
Además, o más bien primero que todo, su música hoy en el escenario y en grabaciones es el resultado de la presencia y el trabajo que cada una de ellas tiene en sus comunidades. Porque en la constancia y la convivencia en talleres, fandangos, ferias barriales y festivales comunitarios está el gozo profundo que las mueve a seguir recreando la música y la forma de vida de quienes se las compartieron antes. Y tampoco esto es poca cosa.
¿Quiénes más, entonces, si no ellas, podrían entonarnos y contarnos en un Buscapié sobre el dágame en flor, el chagane y el Señor del Rayo?, ¿quién nos contará, en un Toro Zacamandú, las vaqueadas en el Arroyo de Poposoca?, ¿quién nos cantará de la dulce caña morada de Lerdo de Tejada y quién, también, nos gritará su derecho, en El Celoso, de no dejar de tocar nunca?
Ellas. Con la brasa del aire ardiente.
Veracruz, Puerto. 2026
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