La Habana/El Festival del Habano, considerado la gran vitrina internacional del tabaco premium cubano, quedó suspendido este sábado sin nueva fecha definida, en medio de la peor crisis energética que ha vivido la Isla en décadas. La empresa estatal Habanos S.A., monopolio de la comercialización mundial de los famosos puros, publicó un escueto comunicado en su web en el que anunció que la edición XXVI del festival, prevista entre el 24 y el 27 de febrero, queda “pospuesta” y que una nueva fecha se anunciará “oportunamente”.
El argumento oficial asegura que la decisión busca preservar “los más altos estándares de calidad y experiencia” del evento. La realidad en la Isla, sin embargo, ya toca fondo: racionamiento severo de combustible, cierres o reajustes de servicios básicos y una economía colapsada que apenas logra sostener su funcionamiento más elemental.
Una trabajadora del sector gastronómico, que ha participado en ediciones anteriores del Festival y pidió anonimato por temor a represalias, explicó a 14ymedio que la suspensión también frustró planes de ostentación aún mayores que los del año pasado. “Imagínate que la fiesta privada este año iba a ser en El Morro. El chino que organiza todo eso pretendía que, en un momento de la noche, el faro se ‘incendiara’ en la punta, todo con efectos de luces, como si fuera un enorme tabaco. Aquello se iba a ver por toda la ciudad”, relata. Según la fuente, el empresario está “bastante rabioso” por la cancelación de un evento cuyos motivos —asegura— no fueron solo la falta de combustible, sino también el impacto político negativo de celebrarlo en medio de la crisis y tras la estela de rechazo que dejó la edición anterior.
La trabajadora añade que entre muchos de los empleados involucrados existía este año un dilema que no se había vivido con tanta intensidad en años anteriores. “Por una parte, hacía mucha falta el dinero, porque pagan bien y en divisas. Pero por otra, había miedo”, confiesa. Miedo a posibles protestas, a ser señalados o increpados mientras servían copas y platos a una élite extranjera ajena al apagón y la escasez. “Después de lo que pasó con el Capitolio, nadie quería estar en el centro de una foto viral o de una bronca”, dice.
Miles de cubanos reaccionaron con ira ante el vals de millones para una élite, en contraste con una población condenada a la penumbra
La edición pasada del Festival del Habano, celebrada con una fastuosa cena de gala en el Capitolio Nacional, provocó un amplio rechazo popular que desbordó las redes sociales. Mientras el país atravesaba apagones prolongados, escasez de alimentos y un deterioro generalizado de la vida diaria, las imágenes de invitados extranjeros brindando bajo lámparas restauradas y mesas lujosamente dispuestas en uno de los edificios más simbólicos de la República fueron leídas como una provocación obscena. Miles de cubanos reaccionaron con ira ante el vals de millones para una élite, en contraste con una población condenada a la penumbra, el racionamiento y la precariedad cotidiana.
Cada año, el Festival del Habano atrae a millonarios, distribuidores globales y aficionados internacionales a una fiesta de glamour selecto en hoteles coloniales y salones de lujo en La Habana. Su subasta de humidores exclusivos –estuches artísticos que preservan tabacos legendarios– ha alcanzado cifras estratosféricas. En la edición anterior, un humidor conmemorativo de la Línea Behike marcó un récord histórico al venderse por 4,6 millones de euros, y las siete piezas subastadas sumaron más de 16 millones, destinados –según el Gobierno– al sistema de salud pública cubano.
Pero ese capital simbólico y real convive de manera grotesca con una población que enfrenta el límite de la precariedad, tras la interrupción de los suministros de petróleo que Cuba importaba, sobre todo, desde Venezuela y México. Las centrales termoeléctricas –en su mayoría obsoletas– funcionan a cuentagotas y la generación eléctrica nunca logra satisfacer la demanda nacional.
La decisión de aplazar el Festival llega en un momento en que la economía cubana atraviesa un empeoramiento acelerado por múltiples factores: la interrupción del flujo de petróleo venezolano desde la captura de Nicolás Maduro, la orden ejecutiva estadounidense del 29 de enero que amenaza con aplicar aranceles a quienes suministren combustible a la Isla y la escasez crónica de divisas que impide importar materias primas básicas.
La suspensión del evento confirma que el lujo orientado al exterior y la realidad del cubano promedio han entrado en una contradicción imposible de disimular
La crisis energética también ha servido como justificación oficial para recortes de jornadas laborales, racionamiento estricto de gasolina y diésel, cierres temporales de hoteles y alertas incluso en los aeropuertos, donde varias aerolíneas han cancelado vuelos por falta de combustible. Al mismo tiempo, el régimen ha priorizado el control interno, con ejercicios militares sistemáticos y un aumento visible de la represión.
Desde el Gobierno se insiste en culpar al embargo estadounidense y al recrudecimiento del asedio petrolero por la crisis, presentándola como un efecto casi exclusivo de la política de bloqueo. Pero esa narrativa no logra apagar la percepción general de que la economía nacional naufraga por errores internos y por insistir en un modelo fracasado. Mientras se negocia con distribuidores extranjeros y se exhiben cifras de ventas récord –como los 827 millones de dólares ingresados por el tabaco en 2024– la vida cotidiana de los cubanos transcurre entre apagones, escasez de alimentos y medicinas, y servicios de salud al borde del colapso.
En este contexto, la suspensión del evento confirma que el lujo orientado al exterior y la realidad del cubano promedio han entrado en una contradicción imposible de disimular. Mientras en los salones de gala se licitan humidores por millones, la mayoría de los barrios de La Habana y de las provincias sobreviven al límite. Es el duro contraste entre la ostentación para la vitrina y la miseria cotidiana.
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