El estadio Azteca lucha contra el reloj

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By ndh
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▲ Entre ruidosas máquinas, polvo, pintura y varillas transcurre el diario ir y venir de los trabajadores en el inmueble mundialista.Foto Alberto Aceves

Alberto Aceves

 

Periódico La Jornada
Miércoles 4 de marzo de 2026, p. a11

A 100 días de que comience la Copa Mundial de la FIFA, hay un reloj invisible que avanza más rápido que la cuenta regresiva. No existe fiesta, sino premura. “Ahí vamos, a marchas forzadas”, relata uno de los transportadores de material, con el cansancio acumulado en las botas. ¿Estará a tiempo?, se le pregunta mientras el esfuerzo por levantar un par de cubetas con 19 litros de pintura morada se le marca en los tendones del cuello. “Eso esperamos”. La puerta 1, la más cercana a calzada de Tlalpan, es la única vía que conecta con el exterior. El acceso es un ritual de desconfianza: identificaciones, nombres, áreas de trabajo y jerarquías. Nadie pasa si no pertenece al engranaje.

Alrededor del estadio Azteca, el ruido de las máquinas excavadoras es constante. Los trabajadores que caminan la explanada llevan cascos, chalecos de malla reflejante y sombreros cazadores. Son figuras anónimas que transportan el peso del mundo en carretillas cargadas de cemento, moviéndose entre una polvareda que lo iguala todo. Un muro de madera y paneles de aluminio protegen el secreto de la construcción. Debajo de un enorme letrero que renombra el lugar como estadio Banorte, tres camiones de carga distribuyen fierros y varillas de gran tamaño. Los obreros se arremolinan, se tensan, separan el acero según una geografía que sólo ellos entienden.

Para ver el monstruo completo, los peatones prefieren subir al puente de Tlalpan, donde coinciden policías, comerciantes de comida y supervisores que analizan planos de construcción. Las otras entradas están cerradas con llave, como si el estadio tuviera temor de que alguien descubriera sus entrañas antes de tiempo. Si alguna persona se detiene a mirar desde la banqueta, lo único que alcanza a ver es la bruma y una parte del torso del Citlali, icónica estructura de casi 26 metros que hoy está rodeada de escombros.

Sobre el puente peatonal del Tren Ligero, la vida se ha vuelto estrecha. Un solo carril para los que van y vienen, rodeados de barriles pintados y máquinas de corte que escupen chispas. El piso es un mapa de manchas azules, moradas y costras de cemento blanco. Desde ahí se ve el techo del Azteca, ahora Banorte, donde empiezan a colocarse paneles rojos, alusivos al color de la institución financiera. Visto desde un dron, el césped híbrido es una alfombra perfecta, aunque al bajar la mirada a las gradas laterales quedan butacas todavía por instalarse.

“La meta es terminar, pero a veces el cuerpo ya no responde. Un cable mal puesto y el retraso es de días”, afirma un grupo de traba-jadores. Al otro lado del inmueble, el caos se amontona: rollos gigantes de alambre, tambos, grúas, bidones repletos de líquido ocupan el circuito como piezas de un rompecabezas sin armar. En el exterior, la ciudad intenta maquillarse. Se repavimentan calles y la jardinería parece una ofrenda estética para millones de asistentes de todo el mundo que llegarán al primer partido de la Copa 2026 el 11 de junio, México-Sudáfrica.

El estacionamiento principal parece un depósito en ruinas. Debido a los protocolos de seguridad de la FIFA, el acceso vehicular público no estará permitido durante el torneo y se implementarán aparcamientos remotos. Su remodelación, según el empresario y propietario del recinto Emilio Azcárraga Jean, terminará hasta después del verano por la complejidad de las obras. Mientras el reloj mundialista sigue su marcha, el Tren Ligero es el medio más eficiente sobre calzada de Tlalpan. Los microbuses demoran el doble de lo habitual y las plataformas digitales de transporte dictan sentencia con sus tarifas dinámicas: 170 o 200 pesos por un servicio desde General Anaya o Tasqueña.

A menos de cuatro meses para el primer encuentro, el Azteca –el único recinto del mundo en albergar tres inauguraciones de la máxima competencia– es una promesa que se construye a golpe de cansancio. Desde mediados de 2024, la fiebre de trabajos acelerados ha generado problemas en las zonas aledañas: los vecinos denuncian escasez de agua, un repunte en la inseguridad y la sensación de abandono de las autoridades. La gentrificación también viaja con el futbol. Departamentos que antes eran accesibles hoy alcanzan los 20 mil pesos en plataformas de renta, el doble de su valor original. Las jornadas obligan, por otro lado, a reubicar a los comerciantes informales, personas que esperan el milagro de ver a este gigante llegar puntual a su cita.

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