Pedro Friedeberg es considerado el último de los surrealistas / Foto: Cortesía/Trilce EdicionesAunque fue hacia finales de la década de 1950 que el artista Pedro Friedeberg —fallecido el pasado 5 de marzo en su casa en San Miguel de Allende— comenzó a tejer relaciones con las pintoras Leonora Carrington y Remedios Varo, la estética surrealista que marcó su obra le llegó varios años antes, cuando era apenas un niño que se divertía en las calles al sur de la Ciudad de México.
Él mismo lo contó en su libro autobiográfico “De vacaciones por la vida. Memorias no autorizadas del pintor Pedro Freideberg”, publicadas en 2011, bajo el sello de Trilce Ediciones. En esas páginas relata cómo fue que migró con su madre de su natal Italia, luego de que Mussolini impusiera la política de exilio a todos los judíos de aquel país, “para quedar bien con Hitler”.
Específicamente Friedeberg relata que el momento de influencia onírica fue en 1943, cuando visitó la casa de una familia de apellido Berlín, con la cual sus padres habían entablado una profunda amistad. Ésta se encontraba sobre la avenida Altavisa, en San Ángel.
“La casa que alquiló la familia Berlín era muy extraña, de una arquitectura híbrida entre porfiriana y déco. En su interior había dos misteriosos corredores paralelos, muy oscuros, comunicados por tres puertas. En ellos era fabuloso jugar a las escondidillas. Lo malo era que nunca había otros niños, y yo tenía que jugar a las escondidillas conmigo mismo, un medio perfecto para incrementar la esquizofrenia y la split personality”, se lee.
Las anécdotas del artista también refieren visitas a casas donde el número de gatos parecía multiplicarse mágicamente; casas donde los trabajadores del hogar solían contarle historias de terror y mágicas, una feria donde había “sillas voladoras” y “aburridísimos caballitos”; además de edificios históricos, como el Museo del Carmen, con momias “espeluznantes, más feas y arrugadas que las de Guanajuato” o el monumento a Álvaro Obregón.
“Otra posibilidad era visitar el monumento a Álvaro Obregón, que estaba -y sigue estando en el sitio donde asesinaron al prócer-. El lugar aún tiene el gran y meritorio atractivo de preservar en su interior, sobre un pedestal y en una vasija de cristal llena de formol, la mano que el caudillo perdió durante la batalla de Celaya.
“El guardia del lugar se entretenía contando a los niños la forma en que se suponía habían recuperado aquella extremidad extraviada durante la pelotera. Decía: ‘Después de la batalla, llevaron, y dejaron abierto a proposito, un gran cofre colmado de monedas de oro; en pocos instantes, la mano del héroe llegó volando por el aire en dirección de aquel tesoro…’.
Si uno observa las pinturas de Friedeberg y las contrasta con estos breves relatos de juventud, puede vislumbrar ecos de aquella arquitectura y elementos populares, que acompañaron su alucinante geometría infinita. “Para mí, todas estas experiencias constituyeron una manera perfecta de introducirme en el aspecto terrorífico del surrealismo o, más bien, en el aspecto natural del expresionismo”.
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