Quiero ser eterna – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, ColumnasCiudad de Mexico, 15 de marzo de 2026
Mi legado más preciado siempre será el de ellos, esos pequeños traviesos que me dicen mamá y que se convertirán en puentes ajenos.
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La esperanza de vida en Estados Unidos es de 79 años; en México apenas supera los 75. Nos mata el corazón, el azúcar o un tumor. A veces nos entierra un coraje o la tristeza. Pero, aunque el cuerpo se descomponga, debemos confesarlo, muchos tenemos el anhelo de ser eternos. La funda física no aguantará, pero ahí entra la magia del alma que nos vendieron en el catecismo o en las novelas.
Esta conversación de cuánto viviremos y cómo -si tenemos suerte- llegaremos a viejos, la hemos tenido una y otra vez en nuestro cafecito Whatsappero. Comparamos generaciones y tomamos con humor cuando nos damos cuenta de que la vida “nos ha rodado como a llantas ponchadas”. Reconocemos, entre reflexiones y trivialidad, que la vida es un ratito, uno que tendremos que soltar sin saber si hay un más allá. A mí me encantaría pensar que sí nos espera algo del otro lado y me aterra convertirme en una nada. No me queda más que especular.
Y luego pienso en la eternidad de otros y me doy cuenta de que no todos estamos hechos para esto. Quizá es esa línea, la de salida, la fecha de expiración, la idea de que todo, tarde o temprano, se acaba, es lo que le da sentido a vivir. No hay intensidad en saber que siempre habrá un mañana asegurado, que el “ahorita” puede ser un para siempre, que a todas horas se puede postergar el gozo y que los duelos mundanos puedan ser imperecederos. Así, me espanta la inmortalidad.
No quiero hablar por otros (aunque me imagino que no soy la única que lo pienso), pero ese afán de ser eterna es algo metafórico. Me gustaría que mis letras me sobrevivieran y que mis carcajadas fueran recordadas; me gustaría saber que en esto que me gasté la vida no fue en vano, que me fui descomponiendo de poquito porque mis partes fueron abonando caminos; me consuela saber que podría heredar mis ojos o mis manos pequeñas y arrugadas, o que alguien les dijera a los míos que tienen mi sonrisa chueca o la mirada pícara que siempre me delata. Es un acto de egoísmo puro, lo sé, pero quisiera solo transformarme en tanto para sentir que no fue en balde todo.
Pienso en las muchas eternidades que viven en mí, en los que ya se fueron y que, sin saberlo, me endilgaron manías, gestos, miedos, corajes y también risas. A lo mejor la eternidad se parece más a eso: a ser la suma de quienes nos usaron de puente para seguir cruzando, aunque ya no estén.
Me descubro pensando que el legado, tal vez, no son las grandes obras o los premios que se me empolvan en el librero… es la esencia que se hereda. Esa es la clase de eternidad que nos sobrevive a todos, aunque no siempre sepamos nombrarla. Por eso lo escribo hoy, para que no se me olvide si después, con otros ojos, me lo encuentro y lo leo. En estas páginas cabemos los dos: quien lee y quien escribe, sosteniendo por un momento la ilusión de que no estamos solos en esta necesidad de durar un poquito más.
Así, tecleando hoy aquí, he ido entendiendo que la eternidad no es vivir para siempre, sino seguir haciendo falta. Ser una ausencia que se nombra, una presencia que se busca en los gestos cotidianos. Estar en la carcajada que alguien suelta años después, en el regaño que se repite con las mismas palabras, en la forma de abrazar o de servir el café. No aspirar a ser estatua, sino eco.
Al final, si algo me gustaría que quedara de mí es la idea de que se puede vivir con duda y aun así elegir el compromiso; que una vida chiquita, con sus rutinas, sus miedos y sus desvelos, puede empujar, aunque sea tantito, la puerta para que otras pasen con menos miedo. Si eso alcanza para que alguien, en algún momento que yo no veré, se sienta acompañada, entonces mi obsesión con la eternidad habrá cumplido su función. No será un para siempre grandioso, pero será suficiente: un ratito más prestado, repartido en las vidas de quienes, sin saberlo, serán mi continuidad.
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