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La primavera siempre ha tenido algo de místico, no solo cambia el paisaje y el clima, también cambia la atmósfera emocional colectiva. En muchas culturas, la primavera se asocia con rituales de renovación , limpieza y apertura , esta asociación no es casualidad, en términos biológicos, hay más luz solar, lo que incrementa la producción de serotonina; las temperaturas más cálidas relajan el cuerpo, disminuyen la rigidez e invitan al movimiento, inclusive hay estudios que muestran cómo en esta época mejora nuestro estado de ánimo.
Esta época del año también trae consigo una reapropiación del espacio público , coincide con un aumento en actividades comunitarias, festivales, espacios culturales y activismos que comienzan a reactivarse, muchas marchas, encuentros y celebraciones , las calles se habitan y los cuerpos se hacen más visibles.
Este también es el momento del año en que vemos a la naturaleza florecer , una respuesta fisiológica específica en el ciclo vital de muchas plantas que responde a una combinación de señales ambientales que solo coinciden en esta estación, es un momento breve, preciso y condicionado por muchos factores. En términos naturales, florecer implica haber acumulado energía suficiente, haber sobrevivido a condiciones adversas y haberse adaptado al entorno. Antes del florecimiento, ocurrieron procesos invisibles, como germinación, crecimiento y desarrollo, durante semanas o meses, las plantas invirtieron una enorme cantidad de energía para llegar a este momento. Florecer implica exponerse a la mirada, al juicio y al entorno, las flores abiertas están en su momento de mayor vulnerabilidad, florecer no es permanente, la primavera pasa, las flores caen y el ciclo continúa.
Reflexionando sobre este proceso, no pude dejar de pensar en las poblaciones LGBTIQ+ , en aquellas personas que por primera vez se nombran sin miedo, que dejan de pedir perdón por como hablan, caminan o gesticulan, que se permiten sentir deseo sin culpa por primera vez, que descubren que no son raras y que son parte de una comunidad, en aquellas personas mayores que por fin encuentran palabras para su historia, en aquellas que se atreven a hablar sobre su identidad con sus familias, que deciden ser visibles en sus entornos, que dejan de esconder la mano que toman y lo hacen en público, que se visten como siempre quisieron, que probaron utilizar maquillaje por primera vez y que habitan su cuerpo sin pedir permiso, en aquellos que se han reconstruido después de que su familia se alejó, que vuelven a confiar después de relaciones violentas, que aprenden a amar sin miedo después del abandono y que construyen una familia elegida.
La primavera no crea la vida, la revela y florecer no es “volverte quien eres”, es atreverte a mostrarlo, así que aprovechemos esta época del año para resignificar nuestros propios comienzos y preguntarnos: ¿Qué quiero iniciar en este ciclo?, ¿Qué versión de mí es la que quiero mostrar al mundo?, ¿Con quién quiero compartir mis momentos?
Florecer para las personas LGBTIQ+ , es nuestra forma de insistir en la vida incluso cuando el entorno no siempre es amable. Una flor sola puede ser muy bella, pero un campo florecido transforma el paisaje y el entorno, florecer como comunidad no significa hacerlo al mismo tiempo ni de la misma manera, significa reconocer que el crecimiento colectivo se construye con cuidado, paciencia y presencia.
La naturaleza nos recuerda que no todo brote es inmediato ni permanente, y que aun así, vale la pena abrirse cuando el entorno lo permite. Que esta primavera no nos exija ser visibles todo el tiempo ni fuertes sin descanso y tampoco nos exija avanzar rápido, sino avanzar juntes, que nos permita florecer a nuestro ritmo, en comunidad y sin culpa. Porque mientras existen vidas LGBTIQ+ que se abren, afectos que se sostienen y redes que se tejen, la diversidad no solo resiste: vive, crece, se transforma y deja raíces para seguir floreciendo.
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