La novedad nos volvió locos. Muchos rentaban un buen de películas y se encerraban a piedra y lodo durante todo el fin de semana, mientras se comía lo que se conseguía por ahí con tal de no dejar de ver cine.
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¿Hace cuánto tiempo no vas al cine? Me pregunta un familiar así de pronto. Esto a la vista del anuncio, en la computadora, de películas en línea, de empresas que transmiten películas vía digital y a las que por estos días millones de seres humanos están suscritos.
Hago cuentas: no pues vi Joker, vi… vi…, vi El laberinto del fauno de Guillermo del Toro en 2006 y luego dos películas mexicanas muy buenas… y… ya no me acuerdo… Ir al cine-sala de exhibición… pues no me acuerdo… hace tanto tiempo.
Y sí, ir al cine era un gusto enorme entonces y mucho antes; un gusto de convivencia, de disfrute, de relajamiento, de estar ahí, suspirando junto con cientos de espectadores, riendo, llorando, alegrándonos juntos, carcajeando a coro, lagrimear y moquear a gusto porque ahí todo eso estaba permitido y ya se sabe Love is a many-splendored thing, con William Holden y Jennifer Jones.
Hoy, como entonces, las nuevas salas de cine, con asientos que son como los sillones de la sala de la casa, tienen su kriptonita enfrente, tienen su “Arsénico y Encaje” de Frank Capra (1944); tienen el cine digital, el avasallador sistema digital y sus aditamentos que, si nos lo permiten y “con una pequeña cuota” se puede acceder a un mundo de obras cinematográficas, de entonces y ahora. El chiste es “vea el cine en casa”, no salga: no es necesario: ya ve lo que pasa allá afuera…
Aun así el cine en sala cinematográfica es otra cosa. Ir al cine es grandioso. Y esas salas son como Ave Fénix surgen de sus cenizas. Esto porque hace algún tiempo se presagiaba el fin de los cines-salas de cine, esas enormes construcciones para cientos de espectadores que, juntos acudían para ver la película de su gusto en “cines” que exhibían una o dos o tres películas por unos cuantos pesos, dependía de la calidad de la sala y si la película en cuestión era estreno y re-exhibida.
Debió ser por los años noventa cuando de pronto apareció un sistema electrónico por el cual uno podía ver cine en la casa. Era el sistema Beta, que hacía que uno comprara el aditamento eléctrico para conectarlo a la televisión de la casa y enchufar la película, sentarse frente al televisor y ver-ver-ver por horas lo que más le gusta a uno en cine.
Pero nada es gratuito porque todo parecía estar dispuesto para el gasto gustoso: para empezar había que comprar una mejor televisión “porque la que tenemos ya está chafa y no se ve bien” … por supuesto había que comprar el aparato Beta que dependiendo de su calidad tenía diferente costo, y en ese momento no era tan barato.
Además, las películas había que rentarlas en centros a los que había que suscribirse. Cobraban por película un tanto, y las daban por 24 horas. Se tenían que devolver al día siguiente o dos días o más, con penalidad económica. Había un buen catálogo de cintas y artistas, obras de arte y churros, de todo había.
Pero pronto ese sistema Beta pasó a la historia; de un día para otro; en un tris. El equipo comprado hacía poco pasó al museo familiar de lo inservible. Ya no se conseguían películas en formato Beta porque las empresas del sistema electrónico habían “descubierto” un nuevo sistema…
Era el sistema VHS. Con una caja más grande y, por lo mismo, había que comprar el aparato acorde. Y de nuevo conectarlo a la televisión de la casa, pero como tenía una mayor definición, y “para verte mejor”, había que comprar una tele nueva-nuevita para seguir “viendo mejor”. Y se prometía un sonido ultrasónico, un sonido ambiental que “le envuelve” en la película. Si. Claro. Y ahí vamos todos a comprar el VHS y de nuevo a rentar las pelis.
El cine, ese arte novedoso con apenas poco más de un siglo es una de las artes que resume a las otras artes e intensifica nuestros sentidos, nos hace sentir parte de la historia, nos hace percibir arte en la fotografía, la imagen, las actuaciones, las voces, los diálogos, la música ambiental, los vestuarios, la teatralidad, el ritmo…
Claro, por cierto, hay películas excelentes, obras de arte hechas cine: Los olvidados, de Buñuel, por ejemplo; El ciudadano Kane de Orson Welles; El Padrino I de Francis Ford Coppola…
Hay también excelentes películas que nos motivan a seguir viendo cine porque -es cierto—el cine es adictivo si es buen cine, como Julia (1977) de Fred Zinnemann, aquella en la que Jane Fonda y Vanessa Redgrave hacen un duelo de actuación excepcional;
Casa Blanca (1942) de Michael Curtiz, en la que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se dicen todo con la mirada en tiempos de guerra mundial… Tantas más: imposible enumerar las grandes películas e imposible decir cuál es mejor que la otra, porque al final de cuentas toda película es una propuesta a veces lograda con éxito, a veces fallida. Esto es así porque el arte tiene expresiones e intensidades distintas.
¡Cuántos años de cine!… Para empezar el gusto por el cine comienza desde que uno tiene conciencia de lo que pasa alrededor. Y todo comenzó con el Cine el Portón, que se instalaba fin de semana en mi pueblo oaxaqueño.
Llegaba “el del cine”, en su camioneta desvencijada, traía su proyector y sus películas en latas como de sardinas enormes y redondas. Instalaba una gran cortina al frente y los muros de las orillas eran cortinas de tela muy delgada. La cita era a las cuatro de la tarde para ver películas “de niños”: Caperucita roja (1960) con María Gracia, el Loco Valdés como el Lobo feroz y Santanón como “el zorrillito” … ¡Qué divertidas!
Por supuesto a las ocho de la noche comenzaba lo bueno. Era cine “para adultos”, para “los mayores”. Nada de niños. Si. Pero no. Porque nos agenciábamos de tijeras para romper los mecates entre cortinas y por ahí veíamos los bailes exóticos de Meche Barba en Amor de la calle (1950), Si fuera una cualquiera (1950), Amor vendido (1951), Cuando los hijos pecan (1952). A Meche la adorábamos los escuincles admiradores también de El látigo negro (1958) que era nada más y nada menos que el pésimo actor Luis Aguilar.
Un día un tío nos llevó a su hijo, mi primo, y a mí, al cine. Teníamos unos siete años. Fuimos al Cine Mitla, en el centro de la capital oaxaqueña. Y entramos como si nada… De pronto en la pantalla mi tío vio que lo que estaban proyectando era una película de las hoy llamadas “XXX”.
Pronto nos cubrió los ojos con sus manos. Una para cada uno. “¡No se porqué exhiben estas cosas!” dijo… Y nosotros nada más oíamos lo que ahí ocurría (¡sic!). Pronto dijo “¡Vámonos!”, aunque sí tardamos unos diez minutos en salir…
En adelante y ya en la capital mexicana nuestros refugios dominicales en familia eran el cine Mariscala en la calle Aquiles Serdán (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas) que exhibía películas mexicanas, comedias y de rancheros cantarines y vengadores; lo mismo el cine “Coloso”, en la misma avenida pero en la entonces llamada San Juan de Letrán.
Nuestras preferencias por entonces eran las de esos vaqueros vagabundos que llegaban a caballo al pueblo en donde había un terrorífico cacique que azolaba a la población y quería con la muchacha bonita, quien al conocer al valiente y justiciero vaquero se enamoraba de él…
Dagoberto Rodríguez era uno de ellos, como Raúl de Anda, o Pedro Infante como “Martín Corona” (1952) y más tarde Tony Aguilar y Luis Aguilar como “Los Aguilares” … Y las muchachas bellas eran Ana Bertha Lepe, guapa entre las guapas, Rosa de Castilla, Verónica Loyo, Sara Montiel… tantas hermosas e inolvidables…
Sííí, la mayoría de estas películas serían calificadas por los críticos de mirada “superaquilina” como “churros”. Nada. Eran películas mexicanas-muy mexicanas, entretenidas, alegres, con guiones sin complicaciones y hasta predecibles, siempre con final feliz, como debiera ser la vida…
El cine nos da mucho en la vida. Y hay cine para todos los gustos. Nos da la sutileza del arte que, sin proponérnoslo, se queda en nuestra maceta y se vuelve imborrable. Esto es, en la medida en que uno se adentra en el cine, en sus películas, uno descubre la vida, las posibilidades de la vida, el sueño de muchos por ser parte de una película, nuestra propia película en la que todo, a fin de cuentas se soluciona.
El cine se mete en nuestros ojos, y los diálogos, y las actuaciones, y la dirección y el ritmo y la fotografía y la intención y la música inolvidable y los colores con los que se impregna nuestra propia vida, es un regalo del hombre y las mujeres de cine a todo el mundo: “Sepan cuántos”.
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