Hay algo profundamente seductor en el deporte. No solo en la destreza física o en la tensión de la competencia, sino en esa experiencia compartida que, por un instante, suspende las diferencias y nos hace sentir parte de algo más grande.
Un gol, una carrera, una medalla no son solo resultados: son momentos que nos reúnen, que nos permiten reconocernos en otros. En ese sentido, el deporte no es únicamente espectáculo; es también una forma de construir comunidad.
Quizá por eso cuesta tanto aceptar que ese espacio que solemos imaginar limpio, casi intocable, también puede ser utilizado con fines que poco tienen que ver con el juego.
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Hablar del uso político del deporte implica reconocer una realidad incómoda: gobiernos, empresas y distintos grupos de poder han encontrado en él una herramienta eficaz para mejorar su imagen pública. No lo hacen ocultando directamente los problemas, sino rodeándolos de una narrativa atractiva, capaz de desviar la atención. Grandes torneos, patrocinios millonarios o la adquisición de equipos emblemáticos funcionan como formas de proyectar prestigio, modernidad y éxito, incluso cuando detrás persisten conflictos profundos.
La exposición presentada en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco parte de una idea clara: el deporte no está separado del mundo, sino profundamente vinculado a él. A través de distintos momentos históricos, muestra cómo grandes celebraciones deportivas han coincidido con contextos de crisis, autoritarismo o tensiones sociales. No es casual que ciertos eventos se conviertan en vitrinas internacionales en momentos clave. En ellos no solo se compite: también se construyen relatos sobre lo que un país es —o quiere parecer— ante los demás.
La historia ofrece ejemplos contundentes. Los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 fueron utilizados por el régimen nazi para proyectar una imagen de orden y grandeza, mientras en el interior se consolidaba un sistema de persecución. Décadas más tarde, la Copa del Mundo de Argentina en 1978 se celebró en medio de una dictadura marcada por la represión y las desapariciones, al tiempo que el torneo ofrecía al exterior una imagen de normalidad. Más recientemente, diversos eventos internacionales han generado debate por su relación con derechos laborales, libertades civiles o el impacto social en las comunidades locales. Aunque los contextos cambian, el patrón se repite: el deporte como escaparate cuidadosamente construido.
Ese escaparate no necesariamente miente; selecciona. Muestra estadios imponentes, ceremonias deslumbrantes y relatos de progreso. Pero deja fuera otras realidades: desplazamientos de personas, endeudamientos públicos, condiciones laborales precarias. Lo que no aparece no desaparece, pero pierde visibilidad frente al brillo del espectáculo. El problema no es solo lo que se muestra, sino lo que dejamos de mirar.
Lo inquietante no es únicamente la intención de quienes impulsan estas estrategias, sino lo bien que funcionan. El deporte despierta emociones intensas, y en esa emoción se produce una especie de pausa. Durante el partido o la ceremonia, las preguntas más incómodas se aplazan. No dejan de existir, pero pasan a un segundo plano. Se establece, casi sin darnos cuenta, un acuerdo: por ahora, lo importante es celebrar.
Esa pausa tiene efectos. Cuando el entusiasmo se convierte en la única forma de mirar, la realidad se simplifica. Se vuelve más fácil aceptar discursos de progreso sin preguntarse a quién benefician realmente, o asumir que el brillo del evento refleja la vida cotidiana de un país. El problema no es la alegría que el deporte genera, sino lo que dejamos de ver mientras la sentimos.
Sin embargo, no todo puede atribuirse a decisiones tomadas desde el poder. También hay en nosotros, como espectadores, una disposición a creer en esa versión luminosa. No necesariamente por ingenuidad, sino porque necesitamos espacios de claridad. En un mundo complejo, el deporte ofrece reglas claras, resultados visibles, figuras que podemos admirar. Renunciar a esa claridad no es sencillo.
Por eso, la respuesta no puede ser el rechazo total ni la pérdida del disfrute. Se trata más bien de aprender a sostener ambas cosas: la emoción y la conciencia. De permitirnos celebrar sin dejar de hacernos preguntas. ¿Qué historias quedan fuera? ¿Quiénes no aparecen en la imagen? ¿Qué costos se esconden detrás de la fiesta?
Mirar el deporte de esta manera no lo arruina; lo vuelve más real. Lo saca de una idea idealizada y lo coloca en su contexto: un fenómeno humano, atravesado por intereses, tensiones y decisiones. Y al hacerlo, también nos recuerda que no somos solo espectadores.
Porque mirar nunca es un acto pasivo. Elegimos, incluso sin notarlo, a qué prestamos atención y qué dejamos de lado. En esa elección hay una forma de responsabilidad. Aceptar sin cuestionar lo que se nos muestra ayuda a que esa imagen se mantenga. En cambio, mirar con mayor atención abre la puerta a otras historias.
Al final, no se trata de apagar la emoción que el deporte despierta, sino de ampliarla. De dejar que junto a la euforia exista también la pregunta. Que junto al aplauso haya conciencia de lo que no se aplaude. Tal vez así el entusiasmo deje de ser una forma de olvido y se convierta en algo más completo: una manera de sentir y pensar al mismo tiempo, incluso en medio del ruido del estadio.
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