Un día sin internet: ¿qué pasaría? – El Sol de México

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By ndh
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Un día sin internet: ¿qué pasaría? – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, Columnas

Hoy por la mañana, revisando mi teléfono, pensé en la idea de que por un día nos quedáramos sin internet. Imagina despertar un día y que, de pronto, ya no puedas conectarte.

Con objetividad y siendo realistas, internet y su conectividad dominan hoy la mayor parte de la cotidianidad; nos hemos hecho dependientes de ambos, y si nos faltaran sería complicado llevar nuestras vidas en el día a día.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA

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No es que esté lento el servicio ni que falle una app en específico. No hay conexión. Punto. El wifi no responde; los datos móviles, tampoco y cualquier intento por “reiniciar el módem” es inútil. Al principio parecería una molestia menor, casi doméstica. Pero conforme avanzan las horas, la ausencia empieza a sentirse como algo mucho más profundo.

Lo primero que se rompe es la rutina. Actualmente, gran parte de nuestras mañanas empiezan con una pantalla: revisar mensajes, noticias, redes sociales o el correo del trabajo. Sin internet, ese hábito automático desaparece y deja un vacío incómodo. ¿Qué hacemos con ese tiempo? Para muchos, la respuesta no es inmediata. La desconexión es tanto tecnológica como mental.

Después viene el impacto práctico. El internet es más que entretenimiento: es trabajo, comercio, comunicación y servicios. Oficinas enteras quedarían paralizadas. Negocios que dependen de pagos digitales no podrían operar con normalidad. Aplicaciones de transporte, entregas a domicilio y banca móvil dejarían de funcionar. En cuestión de horas, la economía cotidiana empezaría a resentirlo. No se trata de un colapso total, pero sí de una desaceleración evidente.

La comunicación sería otro punto crítico. Nos hemos habituado a la inmediatez: mensajes que llegan al instante, llamadas por aplicaciones, videoconferencias. Sin internet, muchas personas tendrían que volver a métodos más tradicionales, como llamadas telefónicas convencionales o incluso encuentros cara a cara. Paradójicamente, esto podría generar dos reacciones opuestas: frustración por la falta de rapidez, pero también un redescubrimiento del contacto directo.

En el ámbito social, el silencio digital sería ensordecedor. Las redes sociales, que hoy funcionan como una extensión de nuestra vida pública, desaparecerían por un día. Nadie sabría qué están haciendo las demás personas ni habría esa presión constante para compartir o reaccionar. Para algunos sería liberador; para otros, inquietante. La ausencia de validación inmediata podría revelar qué tanto dependemos de ella.

Pero no todo sería negativo. Un día sin internet también abriría espacios que normalmente están ocupados. La gente podría prestar más atención a su entorno inmediato: sostener conversaciones más largas, realizar actividades olvidadas y gozar de momentos sin interrupciones. Tal vez redescubriríamos el valor del aburrimiento, ese estado que hoy evitamos, pero que históricamente ha sido fuente de creatividad.

También pondría en evidencia nuestra dependencia a la tecnología y a la velocidad. Vivimos en una lógica en la que todo debe ser inmediato: respuestas, resultados, entretenimiento. Sin internet, el tiempo recupera otra dimensión. Todo tarda más, sí, pero también se procesa distinto. La paciencia, una habilidad cada vez más escasa, volvería a ser necesaria.

Sin embargo, sería ingenuo romantizarlo por completo. Un día sin internet también afectaría servicios críticos: sistemas de salud, logística, seguridad y comunicación institucional. La infraestructura moderna está profundamente interconectada, y su interrupción, aunque sea temporal, tiene consecuencias reales. Es más que una cuestión de comodidad, se trata de funcionamiento social.

Al final del día, cuando la conexión regrese —porque asumimos que lo hará—, probablemente volveríamos a nuestras rutinas casi de inmediato. Pero algo quedaría claro: internet no es solo una herramienta, es el eje invisible sobre el que gira gran parte de nuestra vida. Y justamente por eso, imaginar su ausencia, aunque sea por un día, nos obliga a hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿lo usamos nosotros, o ya dependemos de él más de lo que estamos dispuestos a admitir?

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