El Tricolor vive un K-drama pero irá a la siguiente ronda

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▲ El arquero tricolor Raúl Tala Rangel tuvo una muy buena noche con oportunas atajadas.Foto Ap

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▲ El Tricolor sufrió por momentos en demasía, pero al final salió con la victoria.Foto Víctor Camacho y Afp

Alberto Aceves

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Periódico La Jornada
Viernes 19 de junio de 2026, p. 2

Zapopan, Jal., Hay victorias que no caben en una foto. Algunas tienen la capacidad de cambiar la historia de un equipo en la Copa Mundial, de dejar a más de 45 mil 500 personas mirando una cancha vacía con la incredulidad de lograr lo que parecía imposible. Las dos veces anteriores –1970, 1986– que México abandonó el refugio del estadio Azteca para jugar de local no ganó un solo partido. Pero ayer, en una Guadalajara encendida y tan llena de color, el equipo nacional quebró la inercia con un 1-0 ante Corea del Sur, suficiente para asegurar el pase y la localía en la Ciudad de México en la siguiente ronda.

En la Perla Tapatía, los goles se gritan con una gratitud extraña, como si la gente intentara acumular recuerdos antes de que el tiempo los oxide. La jugada en la que Luis Romo definió el encuentro tuvo esa desesperación: se celebró como si valiera un título. El mediocampista de Chivas capitalizó un error del arquero Kim Seung-gyu –que intentó quedarse con un centro y soltó el balón al caer sobre su propio defensa– y remató con el arco abierto (50). Si hay lugares que logran simular que el tiempo existe, la casa del Guadalajara consiguió suspenderlo. Fue intensa, calurosa y vibrante de una manera que sólo el futbol sabe provocar.

Hubo, por supuesto, pasajes de pura claustrofobia. Pero el Tricolor aprendió a fingir que no le pasaba nada. Controló nervios, resistió los silbidos y abucheos del final del primer tiempo, y volvió a mirar de frente a su principal amenaza: Son Heung-Min, la ex figura del Tottenham, quien estuvo a nada de adelantar a los Tigres de Asia al anticipar una salida de Raúl Rangel. El sudcoreano bombeó la pelota, flotando en la ignorancia de un fuera de lugar que el árbitro uruguayo Gustavo Tejera tardaría segundos en señalar, y el capitán Edson Álvarez corrió a salvar el desastre con una chilena agónica sobre la línea de meta.

Puros nervios

Fueron minutos de puro nervio, de un murmullo que se escucha-ba en las tribunas. Desde el banco, el seleccionador nacional Javier Aguirre encontró entusiasmo sólo en Julián Qiñones. El delantero leyó temprano que Corea del Sur era un embudo, que sus compañeros se empantanaban en la circulación de la pelota, y decidió cargar con el peso del ataque durante los primeros 45 minutos. Un centro de Jorge Sánchez lo encontró solo sobre el punto penal, pero su cabezazo fue a parar directo a los guantes de Seung-gyu. Entonces, a pesar de la tensión del momento, el 1-0 funcionó más tarde como una prueba de que la historia no es algo que ya pasó, sino un guion que se escribe todo el tiempo.

Así lo comprobó el Tala Rangel, quien soportó la furia del conjunto asiático en la recta final del parti-do cuando detuvo de manera milagrosa un doble remate de los coreanos que robó el aliento al estadio y a todo el país.

Optimismo renovado

México saltó sobre el listón que tantas veces lo hizo caer en los Mundiales por errores, penales o estadios en lo que no encontró el mismo peso que el Azteca, su templo sagrado. Renovó un optimismo que estuvo a punto de desaparecer. Pero Guadalajara fue una ciudad viva. Si moverse por sus calles ya era una aventura antes del Mundial, ayer lo fue aún más. Carriles cerrados por obras de último momento, escaleras mecánicas fuera de servicio, proyectos de transporte que apenas llegaron justo a tiempo. Todo formó parte del paisaje urbano de estos días de fiebre por la Copa.

La música de mariachi acompañó la estancia de la selección nacional durante la semana. Canciones típicas, persistentes, un bucle de identidad que pintó de verde, blanco y rojo los sitios acostumbrados a la vorágine cotidiana. “De la Sierra Morena, cielito lindo, vienen bajando…”, cantaron desde restaurantes, estaciones del transporte público y a la salida del estadio de Chivas, convertido en una nueva fortaleza. A diferencia de la Ciudad de México, el ambiente en la Perla Tapatía se pareció más al de un Mundial. La afición lo comprobó con el silbatazo del árbitro.

Con las horas se mejoró la dinámica del torneo, la logística, los horarios del traslado, la certeza de haber encontrado al fin un lugar para emocionarse con el deporte que millones practicaron desde pequeños. “Lo malo es que ya no hay dónde quedarse. Ayer fuimos cerca del Akron y las habitaciones por noche estaban en 10 mil pesos”, decía uno de los asistentes entre risas. Visto a la distancia, el estadio pareció el centro de una celebración popular. A pesar de los elevados precios, la desesperación por entrar no se detuvo. Se volvió obsesión.

“¿Tienes silla de ruedas en venta o renta? Sólo necesito una para hoy”, preguntaban vía telefónica aficionados que consiguieron entradas para el partido, pero sólo en la zona exclusiva para discapacitados. “Pedí un bastón en Amazon, pero no llegó”. El mismo diálogo se repitió en centros comerciales, plazas públicas, tiendas y hoteles. En el afán por entrar al partido, decenas de personas compraron boletos asignados originalmente para el sector de movilidad de inclusión. La ética suspendida por 90 minutos.

Los instantes previos fueron un desfile de caracterizaciones. Una pasarela de identidad y folclore por donde caminan personas con sombreros de charro, camisas con textura de jerga y trajes de danzantes aztecas. Cientos de sudcoreanos integraron la multitud. Ondearon sus banderas, saltaron al grito de “Corea va a probar/ el chile nacional” sin saber que se trataba de una afrenta contra ellos. Como en otras sedes del Mundial, la reventa impuso sus leyes. Un pase de estacionamiento se cotizó en 2 mil 300 pesos, casi la mitad de lo que costaba un boleto para las zonas más baratas.

“Tengo lugares en laterales, 8 mil por cada uno”, susurraban revendedores en el circuito que abarca la Última milla, con el tono de quien ofrece un producto prohibido. Nadie se escandalizó, porque, en una Copa del Mundo, la fe mexicana se paga cara, se consume rápido y se olvida pronto, aunque nadie podrá quitarle a los miles de testigos la memoria de haber sido, al menos por una noche, parte de la historia de la selección.

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