Miguel Pineda, en su artículo “Las editoriales se esfuman” (La Jornada 25 de agosto), describe con referencia al cierre de dos empresas editoras: Era en México y Ediciones de la Flor en Argentina, (que “luchaban por fortalecer la cultura y el pensamiento crítico”) la concentración monopólica que está sucediendo en la industria editorial impresa y lidereada por el capital internacional: Penguin Random House y Amazon, que han logrado “un poder absoluto en la producción de libros en papel y que cuentan con un poderoso sistema de distribución y difusión para dar a conocer a sus escritores a través de medios de comunicación tradicionales e internet”.
“Este fenómeno desarrolla un creciente número de lectores, por su gran poder de llegar a cualquier parte del mundo; pero por otro lado, genera la homogenización del pensamiento, al llevar a los lectores a consumir los mismos libros. Con ello se pierde la diversidad en la lectura y, en consecuencia, del pensamiento”.
“En paralelo a la concentración de la palabra escrita en papel está el fenómeno de las grandes bibliotecas digitales donde casi todo se encuentra. En la red el libro ya no se imprime, se desmaterializa, baja su costo, se puede consultar en cualquier lugar y, en muchos casos de forma gratuita. Además el lector acucioso puede encontrar referencias, resúmenes, palabras claves, frases célebres, temas relevantes y cualquier cosa que se le ocurra preguntar. La lectura se ha transformado y las generaciones jóvenes consultan casi todo lo que les interesa o necesitan en la red. Tanto la concentración de contenidos en las grandes editoriales como la revolución tecnológica llevan al cierre de las editoriales independientes”.
He destacado en negritas los conceptos: “pensamiento crítico”, “homogenización del pensamiento”, “diversidad en la lectura”, “desmaterialización del libro” y “transformación de la lectura”, con la intención de subrayar que estos elementos no son necesariamente opuestos, que uno (homogenización) no anula a otro (pensamiento crítico); que la desmaterialización del libro no anula la diversidad de la lectura. Y que definitivamente estamos en el principio de una revolución en la lectura, consecuencia lógica de la revolución tecnológica digital.
Por otra parte “desmaterialización del libro” por supuesto supone una ausencia de objetividad de lo que contiene una unidad intelectual subjetiva (palabras hiladas en cualquier tema), lo que no anula evidentemente esta concentración cognitiva, al contrario, la potencializa con las valiosas herramientas paralelas de lectura. Quiere decir que la revolución tecnológica transforma el concepto libro, como una manufactura, pero lo mantiene como condensación de signos.
Doy mi experiencia personal. Me considero desde hace 50 años un lector profesional (periodismo bibliográfico) y hace aproximadamente dos años, que ingresé a la lectura digital, he multiplicado varias veces la velocidad de lectura, la práctica de anotación y la eficacia de la consulta. También se ha reducido mi gasto en la compra de libros materiales y expandido mi compra de e-books, debido al algoritmo que sigue la ruta de mis intereses enriqueciéndolos con sus recomendaciones.
Realmente no se sabe aún el por qué profundo en la desaparición de estas empresas y, aunque es evidente la tendencia monopólica internacional, me parece que lo que enfrentan los editores profesionales es un contexto que exige comprender la naturaleza de esta transformación cultural y orientarse efectivamente, con una técnica que asuma este gran cambio en la percepción y “consumo” de la lectura. Entrecomillo el término porque no abarca la realidad de esta novedad, pues efectivamente, un lector digital (la IA consultada apunta que Kindle Unlimited tiene un rango aproximado en México de cien mil a 300 mil suscriptores y aproximadamente 450 mil usuarios) lee sin “consumir” -esto es sin comprar necesariamente- un espectro infinito de libros.
En estas cifras debemos considerar un número nutrido de “lectores profesionales” que acceden frecuentemente a novedades a un costo menor a la del libro impreso en librerías, y esta consideración, que seguramente están construyendo las empresas, entre su oferta impresa y su oferta digital y el resultado de ventas, debe ser muy interesante: ¿Cuántos e books se compran del mismo título impreso? ¿Cómo se equilibran los costos de producción entre un producto y otro? Etc.
Estamos hablando sin duda de un público inédito y creciente, y aceptando definitivamente que los jóvenes (los millenials y los centenials) están volcados casi totalmente en la red, lo que no supone en automático que ceda su interés por los impresos.
Estas dos editoriales que acaban de cerrar sus actividades en lo empresarial y, por ende, en lo cultural, no anulan per se el pensamiento crítico que sustentaron en su política editorial. Tomemos dos referencias: Walter Benjamín y Thedor Adorno, que conceptualizaron críticamente la transformación que la industrialización y globalización supuso para la cultura.
El pensamiento crítico no desaparece porque un autor sea ahora “comercializado” o “monetizado” en los nuevos canales tecnológicos. Hay ejemplos de nuevos intelectuales críticos. En España está el activísimo filósofo Santiago Armesilla, en México Diego Ruzarin, que escriben y difunden su pensamiento en videos y podscats, entre muchos autores serios.
Hablar de homogenización no describe realmente el fenómeno de esta revolución en la lectura. Por qué no una ¿democratización? o ¿masificación?…¿Cómo entonces los editores profesionales asumen esta oportunidad ante un público lector que se multiplica sin perder de vista necesariamente la oportunidad de leer páginas impresas, que siempre tendrán su “nicho” como podemos ver en los atractivos (y muchos espectaculares) estantes de los libreros?
Los fondos editoriales clásicos si lo son es precisamente porque son textos que soportarán la lectura de distintas generaciones y su interés es perenne. El formar parte de las enormes bibliotecas digitales y de los catálogos de las editoriales de alto rendimiento, no es óbice para que los autores (críticos o no, clásicos o efímeros) estén fluyendo entre grandes poblaciones y en distintos idiomas.
Todos, autores, editores, lectores y tecnólogos digitales, estamos ante un panorama de inusitadas repercusiones sensibles y enormes oportunidades para desplegar las vocaciones creativas.
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